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– Pobre Tommy. Pobre Daze. ¿Cómo se lo han tomado?

– Relativamente bien.

– ¿YSid?

– Fatal. ¿La cuidarás, Helen? ¿Irás a verla mañana por la noche, cuando regrese?

– Por supuesto. No te preocupes. Ni pienses en ello.

Vaciló un momento. St. James volvió a captar la música, delicada y sutil, como una fragancia en el aire.

– Simon, los deseos no lo provocaron -dijo por fin.

Qué bien le conocía.

– Cuando le vi en la playa, cuando supe que estaba muerto…

– No seas tan duro contigo.

– Podría haberle matado, Helen. Bien sabe Dios que lo deseaba.

– ¿Quién puede decir que jamás ha sentido esos impulsos, en algún momento? No significa nada, querido. Necesitas descansar un poco. Todos lo necesitamos. Los últimos dos días han sido espantosos.

Sonrió al escuchar su tono. Madre, hermana, amiga abnegada. Aceptó la efímera absolución que ella le ofrecía.

– Tienes razón, por supuesto.

– Pues vete a la cama. Confiemos en que no ocurra nada más hasta mañana.

– Confiemos.

Colgó y permaneció un momento de pie, contemplando la tormenta. La lluvia azotaba las ventanas. El viento atormentaba los árboles. En algún lugar, una puerta se abrió y cerró con gran estrépito. Salió del despacho.

Sopesó la posibilidad de subir la escalera suroeste para pasar el resto de la noche en su habitación. Se sentía falto de energías, incapaz de pensar, sin el menor deseo de entablar una educada conversación que evitaría, deliberadamente, aquello que obsesionaba a todo el mundo. Peter Lynley. Sasha Nifford. Dónde estaban. Qué habían hecho. Sin embargo, sabía que Lynley le esperaría para conocer el motivo de la llamada de lady Helen; por lo tanto, se encaminó de nuevo hacia el comedor.

Cuando se acercaba a la cocina, voces procedentes del pasillo noroeste llamaron su atención. A pocos metros del vestíbulo de la servidumbre, Jasper se encontraba conversando con un hombre de aspecto tosco, de cuyo sombrero caía agua que mojaba el suelo. Al ver a St. James, Jasper le hizo señas de que se aproximara.

– Bob ha encontrado la barca -anunció-. Naufragó en Cribba Head.

– Es la Daze, estoy seguro -afirmó el otro hombre-. Es inconfundible.

– ¿Había alguien…?

– Parece que no había nadie. Me parece imposible, sobre todo considerando el estado en que ha quedado.

17

St. James y Lynley siguieron al herrumbrado Austin del pescador en el Morris de la finca. Los faros iluminaban los estragos causados por la incesante tormenta. Rododendros recién desmembrados flanqueaban la carretera, sembrada de una gruesa alfombra de flores púrpura que los neumáticos de los vehículos aplastaban. Una enorme rama de sicómoro, arrancada de cuajo, casi bifurcaba la carretera. Hojas y ramas volaban en todas direcciones, mientras tremendas ráfagas de viento desprendían guijarros del camino y los disparaban como balas contra los coches. Los postigos del pabellón golpeaban airadamente contra las paredes de piedra. El agua chorreaba de los aleros y goteaba de las cañerías. Rosas trepadoras, segadas de sus espalderas, formaban montoncitos mojados sobre las losas y la tierra.

Lynley frenó el Rover y Mark Penellin salió corriendo para unirse a ellos. Nancy Cambrey los observaba desde el umbral de la puerta, el cuello protegido por un chal, mientras el viento agitaba el vestido alrededor de sus piernas. Gritó algo que el temporal ahogó. Lynley bajó la ventanilla unos centímetros cuando Mark saltó al asiento posterior del coche.

– ¿Saben algo de Peter?

Nancy aferró la puerta antes de que el viento la empujara contra la pared. El débil llanto de la niña surgió de la casa.

– ¿Puedo ayudar en algo?

– Quédate al lado del teléfono -gritó Lynley-. Quizá necesite que avises a mi madre.

La joven asintió, agitó la mano y cerró la puerta. Lynley arrancó. El coche traqueteó sobre un charco de agua y un montículo de barro.

– ¿La barca está en Cribba Head? -preguntó Mark Penellin. Tenía el cabello empapado de agua.

– Eso nos han dicho -contestó Lynley-. ¿Qué te ha pasado?

Mark acarició con los dedos el parche que llevaba sobre la ceja derecha. Presentaba erosiones en los nudillos y el dorso de la mano. Meneó la cabeza con modestia.

– Intenté inmovilizar los malditos postigos para que la niña dejara de llorar. Casi me dejan sin sentido -Se subió el cuello del impermeable y lo abrochó hasta el último botón-. ¿Está seguro de que es la Daze?

– Eso parece.

– ¿Ninguna noticia de Peter?

– Nada.

– Maldito loco -dijo Mark.

Sacó un paquete de cigarrillos y lo extendió hacia Lynley y St. James. Ante su negativa, encendió uno para él, pero lo apagó al cabo de un minuto.

– ¿Tú no has visto a Peter? -preguntó Lynley.

– Desde el viernes por la tarde. En la ensenada.

St. James miró al muchacho.

– Peter dijo que no te vio.

Mark enarcó una ceja, parpadeó, tocó el parche.

– Me vio -contestó, y añadió, dirigiendo una mirada cautelosa a Lynley-: Quizá se olvidó.

El Rover traqueteaba detrás del Austin por el estrecho sendero. Aparte de las luces de los vehículos y el destello ocasional procedente de alguna ventana, la oscuridad era absoluta. Esta penumbra, combinada con la tormenta, exigía que su avance fuera lento. El agua cubría la carretera. Los setos se inclinaban peligrosamente hacia los coches. Los faros arrancaban destellos de la lluvia torrencial. Se detuvieron dos veces para despejar la carretera de obstáculos, y tardaron cincuenta minutos en recorrer una distancia que solía cubrirse en menos de un cuarto de hora.

Ya en las afueras de Trenn se desviaron por la pista irregular de Cribba Head, deteniendo los coches a unos veinte metros del sendero que descendía hasta Penberth Cove. Mark Penellin, desde el asiento posterior, tendió a Lynley un impermeable de pescador, que se puso sobre su raído chaquetón gris.

– Será mejor que esperes aquí, St. James.

A pesar de que se encontraban dentro del coche, Lynley tuvo que alzar la voz para hacerse oír sobre el viento y el rugido que batía la orilla. El Rover se meció ominosamente, como un juguete de escaso peso.

– El descenso es duro.

– Llegaré hasta donde pueda.

Lynley asintió y abrió su puerta de un empujón. Los tres salieron a la tormenta. St. James tuvo que aplicar todo el peso de su cuerpo para cerrar su puerta después de que Mark Penellin saltara fuera.

– ¡Jesús! -gritó el joven-. Menudo tiempecito.

Ayudó a Lynley a sacar cuerdas, chalecos salvavidas y flotaduras del maletero del coche.

El pescador había dejado conectados los faros de su vehículo, que iluminaban la distancia hasta el risco. Cortinas de lluvia, que el poderoso viento desviaba, se materializaban en el arco de luz. El pescador empezó a caminar, debatiéndose con las malas hierbas que se aferraban a sus piernas. Portaba un rollo de cuerda.

– Está en la ensenada -gritó cuando se acercaron-. A unos cincuenta metros de la orilla. Proa a tierra, en las rocas, dirección noreste. Temo que ha perdido casi todos los palos y vergas.

Caminaron con gran dificultad hacia el borde del risco, inclinados para defenderse del viento, que no sólo era feroz, sino helado, como si lo hubiera generado una tormenta ártica. Un angosto sendero, resbaladizo y peligroso a causa de la lluvia, descendía en pendiente pronunciada hacia Penberth Cove, donde brillaban las luces de las pequeñas casas de granito que se alzaban al borde del agua. Algunas linternas que destellaban cerca del oleaje indicaban que unos pocos lugareños habían tenido la valentía de desafiar a la tempestad para contemplar la destrucción del balandro naufragado. No había forma de llegar a la embarcación. Incluso si un pequeño esquife hubiera podido hacerse a la mar con aquel oleaje, el arrecife que estaba destrozando la Daze habría dado buena cuenta de él. Además, olas levantadas por el viento rompían sobre un espolón natural de granito, enviando penachos de espuma hacia el cielo.