Quería marcharse. Quería cambiarse de ropa. Sin embargo, se obligó a avanzar hacia el carrito contiguo al escritorio de su madre. Sobre la madera descansaba una cafetera. Se sirvió una taza, serenado por el intenso y estimulante aroma que daba la impresión de expresar normalidad.
– ¿Tommy? -dijo su madre. Se había sentado en la butaca más incómoda de la habitación.
Lynley llevó su taza de café al sofá. Trenarrow permaneció donde estaba, junto a la chimenea. El fuego no consiguió aliviar el peso pegajoso de las ropas de Tommy. Miró a Trenarrow y asintió como para indicar que había escuchado su pregunta, pero no dijo nada. Quería que el otro hombre se marchara. No se imaginaba hablando de Peter delante de él. No obstante, cualquier petición de intimidad con su madre sería ma-linterpretada por ambos. Como la noche anterior, era obvio que Trenarrow estaba presente por deseo de su madre. No era una visita social que tuviera como objetivo la seducción, tal como demostraba la preocupación que se reflejó en el rostro de Trenarrow cuando miró a lady Asherton.
Por lo visto, no tenía elección. Se frotó la frente y empujó hacia atrás su cabello húmedo.
– No había nadie en la barca -empezó-. Al menos, no pudimos ver a nadie. Puede que estuvieran en la bodega.
– ¿Habéis dado aviso a alguien?
– ¿Te refieres a una lancha de salvamento? -Negó con la cabeza-. Se está hundiendo muy deprisa. Cuando llegaran, ya no quedaría nada.
– ¿Crees que fue arrojado por la borda?
Estaban hablando de su hijo y hermano, respectivamente, pero podrían estar comentando la replantación del jardín que debería efectuarse después de la tormenta. La calma de la mujer maravilló a Lynley, pero sólo la mantuvo hasta que él contestó a su pregunta.
– No hay forma de saber nada, si estaba en la bodega con Sasha o ambos cayeron por la borda. No lo sabremos hasta que encontremos los cuerpos, pero incluso entonces, si están muy destrozados, sólo podremos extraer deducciones.
Al oír esto, la mujer bajó la cabeza y se cubrió los ojos. Lynley esperaba que Trenarrow corriera a consolarla. Intuía la necesidad del otro hombre, como una corriente que crepitara en el aire, pero no hizo el menor movimiento.
– No te tortures -dijo Trenarrow-. No sabemos nada. Ni siquiera sabemos si fue Peter quien robó la barca. Escúchame, Dorothy, por favor.
Lynley recordó, con una fugaz punzada de dolor. Trenarrow era la única persona que siempre utilizaba el verdadero nombre de su madre.
– Sabes que fue él quien cogió la barca -respondió lady Asherton-. Todos sabemos por qué. Pero yo he fingido que no me daba cuenta de nada, ¿verdad? Ha estado ingresado en clínicas, seguido tratamientos. Cuatro clínicas, hasta ahora, y yo deseaba creer que lo había dejado. Pero no es verdad. Lo supe en cuanto le vi el viernes por la mañana, pero, como no podía soportar la idea de que volviera a ser un adicto, preferí olvidarlo. Rezo para que solucione solo sus problemas porque yo ya no sé cómo ayudarle. Nunca lo he sabido. Oh, Roddy…
Si no hubiera pronunciado su nombre, Trenarrow habría guardado la distancia, pero ahora se acercó a ella, le acarició el rostro, el cabello, y pronunció su nombre de nuevo. La mujer le rodeó entre sus brazos.
Lynley apartó la vista. Le dolían los músculos. Los huesos le pesaban como plomo. Quería marcharse.
– No lo comprendo -estaba diciendo lady Asherton-. Dejando aparte por qué cogió la barca, tendría que haber visto el estado del tiempo. Tendría que haberse dado cuenta del peligro. No podía estar tan desesperado. -Apartó a Trenarrow con delicadeza-. ¿Tommy?
– No lo sé -dijo Lynley, en tono cauteloso.
Su madre se levantó y caminó hasta el sofá.
– Hay algo más, ¿verdad? Algo que no me has contado. No, Roddy. -Impidió que Trenarrow se aproximara a ella-. Ya estoy bien. Dime lo que es, Tommy. Dime lo que no has querido que supiera. Anoche discutiste con él. Os oí y tú lo sabes. Pero hay más, ¿verdad? Dímelo.
Lynley levantó la vista hacia ella. Su rostro había adoptado de nuevo una calma notable, como si hubiera conseguido extraer nuevas energías. Clavó los ojos en la taza de café que calentaba la palma de su mano.
– Peter estuvo en casa de Mick Cambrey el viernes por la noche, después de la visita de John Penellin. Más tarde, Mick murió. Justin me lo contó después de que anoche detuvieran a John. Después -la miró otra vez-, Justin murió.
Lady Asherton había entreabierto los labios mientras Lynley hablaba, pero su expresión continuaba siendo imperturbable.
– ¿No pensarás que tu propio hermano…?
– No sé qué pensar. -Le dolía la garganta-. Dime qué he de pensar, por el amor de Dios. Mick está muerto. Justin está muerto. Peter ha desaparecido. ¿Qué quieres que piense de todo eso?
Trenarrow avanzó un paso, como para suavizar la energía de las palabras de Lynley, pero lady Asherton también se movió al mismo tiempo. Se sentó junto a su hijo en el sofá y le rodeó la espalda con el brazo. Apretó su mejilla contra la de él y rozó con los labios su cabello mojado.
– Querido Tommy -murmuró-. Querido, querido. ¿Por qué has de soportar el peso de todo?
Era la primera vez que le tocaba desde hacía más de diez años.
18
El cielo de la mañana, un arco cerúleo bajo el cual flotaba tierra adentro una masa de cúmulos, era una contradicción respecto a la tormenta del día anterior. Al igual que las aves marinas, que volvían a llenar el aire con sus gritos destemplados e insistentes. La tierra, sin embargo, constituía un testamento del mal tiempo, y St. James, desde la ventana de su habitación, provisto de una taza de té, inspeccionó las consecuencias de aquellas horas de lluvia y viento huracanado.
Tejas de pizarra del tejado yacían esparcidas sobre el sendero que penetraba en el patio sur, el cual dominaba desde su ventana. Una veleta retorcida había caído entre ellas, sin duda desprendida del tejado de una de las dependencias que formaban parte del muro que rodeaba el patio. Flores aplastadas creaban ocasionales alfombras de color brillante: farolillos púrpura, begonias de color rosa, tallos enteros de consueldas, y por todas partes pétalos de rosas destrozadas. Pedazos de cristal roto brillaban como joyas sobre los adoquines, y un pequeño cristal de ventana, curiosamente incólume, cubría un charco de agua, como hielo recién formado. Los jardineros ya se estaban ocupando de reparar los daños, y St. James oyó sus voces desde el parque, ahogadas por el ruido intermitente de una sierra mecánica.
Una doble llamada en la puerta dio paso a Cotter.
– Tengo lo que necesitaba -anunció-, y una buena sorpresa, de paso.
Cruzó la habitación y tendió a St. James el sobre que se había llevado del despacho de la finca después de su conversación telefónica con lady Helen Clyde.
– Es el número del doctor Trenarrow.
– ¿De veras?
St. James depositó su taza de té sobre la mesa. Cogió el sobre y le dio vueltas entre las manos con aire pensativo.
– Ni siquiera necesité marcarlo, señor St. James -continuó Cotter-. Hodge lo supo en cuanto lo vio. Por lo visto, le ha telefoneado bastantes veces a lo largo de los años.
– ¿Marcaste el número para asegurarte?
– En efecto, y es el del doctor Trenarrow. Sabe que vamos a ir.
– ¿Alguna noticia de Tommy?
– Daze me ha dicho que ha telefoneado desde Pendeen. -Cotter meneó la cabeza-. No ha encontrado nada.
St. James frunció el ceño y se preguntó sobre la eficacia del plan de Tommy, que evitaba tozudamente la participación de los guardacostas o la policía. Había partido antes del amanecer con seis hombres de granjas cercanas para inspeccionar la costa desde St. Ivés a Penzance. Utilizaban dos lanchas, una que había zarpado desde el puerto de Penzance y otra desde el otro lado de la península, en la bahía de St. Ivés. Las embarcaciones eran lo bastante pequeñas para permitirles una buena visión de la orilla, y bastante rápidas para concluir una búsqueda, siquiera superficial, en cuestión de pocas horas. Si no descubrían nada, se realizaría otra búsqueda por tierra, que duraría días, y, tanto si a Lynley le gustaba como si no, no podría llevarse a cabo sin que interviniera la policía local.