– Este frenético fin de semana ha terminado con mis fuerzas -comentó Cotter, mientras colocaba la taza de té de St. James en la bandeja que descansaba sobre la mesa contigua a la cama-. Me alegro de que De-borah haya regresado a Londres. O sea, que se haya librado de este embrollo.
Hablaba como abrigando la esperanza de que St. James abundaría en este tema de conversación, cosa que St. James no tenía la menor intención de hacer.
Cotter agitó la bata de St. James y la colgó en el ropero. Dedicó un momento a alinear cuidadosamente sus zapatos. Juntó una serie de perchas de madera y cerró los pestillos de la maleta, que descansaba sobre el estante superior.
– ¿Qué va a ser de la muchacha? -estalló de repente-. No tienen nada en común, ni pizca, y usted lo sabe. No es como en su caso, ¿verdad? No es como en su familia. Oh, son ricos, condenadamente ricos, pero no es el dinero lo que atrae a Deb. Usted lo sabe tan bien como yo. Usted ya sabe lo que atrae a la muchacha.
Belleza, risas, proyectos, los colores del cielo, una idea nueva, la visión de un cisne. Él lo sabía, siempre lo había sabido, y necesitaba olvidar. La puerta de la habitación se abrió, con la promesa de una escapatoria. Sidney entró, pero la puerta del ropero obstaculizaba su visión, y Cotter no pareció caer en la cuenta de que St. James y él ya no estaban solos.
– No me diga que no siente nada -afirmó con vigor Cotter-. Me doy cuenta de todo, desde hace miles de años, diga lo que diga usted.
– ¿Interrumpo algo? -preguntó Sidney.
Cotter cerró la puerta del ropero. Miró a St. James, a su hermana, y de nuevo a St. James.
– Voy a ocuparme del coche -dijo con brusquedad, se excusó y salió.
– ¿De qué estabais hablando? -preguntó Sidney.
– De nada.
– No me dio esa impresión.
– Te equivocaste.
– Entiendo.
Se quedó junto a la puerta, sujetando el tirador. St. James sintió una punzada de preocupación al verla. Era difícil decidir si estaba más atontada que enferma, o viceversa. El único color de la cara provenía de las profundas ojeras negroazuladas, y los ojos carecían de toda expresión; más que absorber la luz, la reflejaban. Vestía una falda de algodón descolorida y un jersey demasiado grande. Daba la impresión de que no se había peinado.
– Me voy -anunció-. Daze me llevará a la estación.
Lo que anoche le había parecido razonable dejó de serlo en cuanto vio a su hermana a plena luz del día.
– ¿Por qué no te quedas, Sid? Ya te acompañaré yo más adelante.
– Así es mejor. Tengo muchas ganas de irme. Lo prefiero.
– Pero la estación estará…
– Iré en taxi a casa. No me pasará nada.
St. James vio que los músculos de su rostro se tensaban, como en un espasmo de dolor.
– Tengo entendido que Peter ha desaparecido -dijo Sidney.
– Sí.
St. James le refirió todo cuanto había sucedido desde que la condujo a su habitación la mañana anterior. Ella escuchó sin mirarle. Mientras hablaba, St. James notó la creciente tensión de su hermana, provocada por la ira que había desencadenado su comentario sobre Peter Lynley. Después de la docilidad posterior a la conmoción, no estaba preparado para el cambio, aunque sabía que la ira de Sidney era espontánea, una necesidad de golpear y herir para que alguien, de algún modo, padeciera un poco de su mismo dolor. El peor momento de una muerte siempre era aquel en que se sabía con absoluta certeza que, por más gente que la llorara (familiares, amigos, incluso toda una nación), nadie la sentía de la misma manera. Siempre da la impresión de estar a solas con ese sentimiento. Cuánto peor para Sidney, que estaba efectivamente sola, que era la única en llorar a Justin Brooke.
– Muy oportuno -dijo, cuando St. James terminó su historia-. Cojonudamente oportuno.
– ¿Qué quieres decir?
– Que me lo dijo.
– ¿Cómo?
– Justin me lo contó, Simon. Todo. Que Peter había estado en casa de Mick Cambrey. Que Mick y Peter se habían peleado. Me lo contó. Me lo contó. ¿Te enteras? ¿Hablo claro?
No se movió de donde estaba. Si hubiera cruzado el umbral de la puerta, si hubiera empezado a destrozar cortinas y sábanas, si hubiera lanzado contra la pared el único florero de la habitación, St. James se habría sentido menos inquieto. Habría sido un comportamiento típico de Sidney. Éste, no. Sólo su voz daba testimonio de su estado de ánimo, y la controlaba casi al ciento por ciento.
– Le dije que debía contároslo a ti o a Tommy -prosiguió-. Cuando detuvieron a John Penellin, le aconsejé que dijera algo. No podía seguir callado. Era su deber, le dije. Tenía que decir la verdad, pero no quería mezclarse. Sabía que le complicaría la vida a Peter, pero yo insistí. Dije: «Si alguien vio a John Penellin en Gull Cottage, quizá también os vieron a vosotros.» Mejor contar lo sucedido, antes de que la policía se lo arranque a algún vecino.
– Sid…
– Pero estaba preocupado porque había dejado solo a Peter con Mick. Estaba preocupado porque Peter se estaba enganchando cada vez más con la cocaína. Estaba preocupado porque no sabía qué había pasado después de que se marchó. Yo le convencí de que debía hablar con Tommy, y lo hizo. Ahora está muerto. Es muy oportuno que Peter haya desaparecido cuando a todos nos gustaría hacerle un montón de preguntas.
St. James cruzó la habitación y cerró la puerta.
– El DIC piensa que la muerte de Justin fue accidental, Sid. No tienen nada que sugiera un asesinato. ›
– No lo creo.
– ¿Por qué no? ¡
– Porque no.
– ¿Estuvo contigo el sábado por la noche?
– Por supuesto que estuvo conmigo. -Echó la cabeza hacia atrás y habló como ofendida por la duda-. Hicimos el amor. Él lo deseaba. Vino en mi busca. Yo no se lo pedí. Vino en mi busca.
– ¿Qué excusa te dio para marcharse después?
Las fosas nasales de la joven se ensancharon.
– Él me quería, Simon. Me deseaba. Estábamos bien juntos, pero eres incapaz de aceptarlo, ¿eh?
– Sid, no quiero discutir sobre…
– ¿Eres capaz? ¿Eres capaz?
Dos mujeres discutían en el pasillo acerca de cuál aspiraba y cuál limpiaba los baños. Sus voces aumentaron de intensidad un momento, y después se alejaron, cuando bajaron la escalera.
– ¿A qué hora te dejó?
– No lo sé. No me fijé.
– ¿Dijo algo?
– Estaba inquieto. Dijo que no podía dormir. A veces, es así. Ya le ha pasado otras veces. Hacemos el amor y se pone excitadísimo. A veces quiere hacerlo otra vez al instante.
– Pero no el sábado por la noche.
– Pensó que dormiría mejor en su habitación.
– ¿Se vistió?
– Sí… Se vistió. -Llegó enseguida a la conclusión-. Iba a encontrarse con Peter. ¿Por qué iba a vestirse, si su cuarto estaba al otro lado del pasillo? Pero se vistió, Simon. Zapatos y calcetines, pantalones y camisa. Todo, excepto la corbata. -Pellizcó la tela de la falda-. Nadie durmió en la cama de Peter. Lo he oído esta mañana. Justin no cayó. Sabes muy bien que no cayó.
St. James no discutió con ella. Reflexionó sobre las posibilidades sugeridas por el hecho de que Brooke se vistiera. Si Peter Lynley hubiera deseado sostener una conversación inocente con Brooke, lo más sensato habría sido elegir algún lugar de la mansión. Por otro lado, si quería deshacerse de Brooke, mejor citarle en un lugar donde poder fingir un accidente. Si ése era el caso, ¿por qué demonios accedió Justin a encontrarse a solas con Peter?
– Sid, es absurdo. Justin no era idiota. ¿Por qué iba a aceptar una cita con Peter en el acantilado, en plena noche? Después de su conversación con Tommy, podía suponer que Peter iría a por él. -Entonces, pensó en la escena de la playa del viernes por la tarde-. A menos, por supuesto, que Peter le atrajera con engaños. Con algún cebo.