– ¿Cuál?
– ¿Sasha?
– No digas tonterías.
– Cocaína, pues. Fueron a buscarla a Nanrunnel. Quizá Peter utilizó esa carnada.
– No habría funcionado. Justin no iba a tomar más, sobre todo después de lo ocurrido entre nosotros en la playa. Me pidió perdón. Dijo que iba a dejarla, que no volvería a ella.
St. James no consiguió disimular el escepticismo de su expresión. Vio que la seguridad de su hermana se desmoronaba al percibir su reacción.
– Me lo prometió, Simon. Tú no le conocías como yo. No lo entiendes, pero sí lo prometió cuando estábamos haciendo el amor…, en especial cuando… le estaba haciendo lo que más le gustaba…
– Por Dios, Sidney.
La joven se puso a llorar.
– Claro. Por Dios, Sidney. ¿Qué otra cosa puedes decir? ¿Cómo lo ibas a comprender? Nunca has sentido nada por nadie. ¿Para qué? Al fin y al cabo, ya tienes la ciencia. No necesitas sentir pasión. Es mejor una actividad frenética. Proyectos, conferencias, disertaciones y la tutela de todos los futuros patólogos que te adorarán de hinojos.
St. James reconoció la misma necesidad de herir de antes, pero, aun así, le pilló por sorpresa. Tanto si el ataque era certero como si no, fue incapaz de imaginar una respuesta.
Sidney se pasó una mano sobre los ojos.
– Me voy. Cuando le encuentres, dile a Peter que quiero hablar con él de muchas cosas. Créeme, ardo en deseos de que llegue ese momento.
Resultó fácil localizar la casa de Trenarrow, porque se hallaba enclavada junto a la parte más elevada de Paul Lane, en las afueras del pueblo, y era el edificio más grande que se veía. Comparada con Howenstow, era una vivienda bastante humilde, pero mucho mayor que las casas apiladas una sobre otra en la ladera de la colina. Tenía amplias ventanas saledizas que dominaban el puerto; las paredes de sillar y la madera blanca resaltaban contra el bosquecillo de chopos que hacía las veces de telón de fondo.
Cotter conducía el Rover. St. James vio la casa en cuanto remontaron la última pendiente de la carretera de la costa e iniciaron el descenso hacia Nanrunnel. Dejaron atrás el puerto, las tiendas, los apartamentos para turistas. Al llegar a El Ancla y la Rosa se internaron en Paul Lane. Restos de la tormenta cubrían el agrietado asfalto: basuras, envoltorios de alimentos y latas, un letrero destrozado que había anunciado helados. La carretera torcía sobre sí misma y trepaba sobre el pueblo. Estaba sembrada de follaje desprendido de setos y arbustos. Charcos de agua reflejaban el cielo.
Un discreto cartel, a la entrada de un angosto sendero que nacía al norte de Paul Lane, anunciaba The Villa. Estaba flanqueado por fucsias, que se derramaban en abundancia sobre un muro de piedra seca. Detrás de éste, un jardín terraplenado ocupaba la mayor parte de la ladera. Desde allí, un sinuoso camino muy bien cuidado conducía a la casa, atravesando macizos de flox y nemesias, campánulas y ciclamen.
El camino terminaba en una curva que rodeaba un espino, y Cotter aparcó bajo él, a pocos metros de la puerta. Un pórtico de columnas dóricas la protegía; a cada lado se alzaban dos jarrones con pelargonios bermejos.
St. James examinó la fachada de la casa.
– ¿ Vive solo? -preguntó.
– Eso creo -respondió Cotter-, pero una mujer se puso al teléfono cuando llamé.
– ¿Una mujer? -St. James pensó en Tina Cogin y en que tenía el número del doctor Trenarrow en su apartamento-. Veamos qué nos dice el buen doctor.
Trenarrow no contestó a su llamada. Una joven antillana abrió la puerta y, a juzgar por la expresión de Cotter cuando habló, St. James adivinó que, definitivamente, no era Tina Cogin quien había contestado al teléfono. Por lo visto, el misterio de su paradero no residía en su presencia clandestina en casa de Trenarrow.
– El doctor no atiende a nadie aquí-dijo la mujer, mirando primero a Cotter y después a St. James. Las palabras parecían ensayadas; quizá las pronunciaba a menudo y no siempre con paciencia.
– El doctor Trenarrow sabe que veníamos a verle -dijo St. James-. No es una visita médica.
– Ah.
La joven sonrió, exhibiendo unos grandes dientes que contrastaban como marfil con su piel color café. Abrió la puerta de par en par.
– En ese caso, adelante. Está mirando sus flores. Cada mañana en el jardín antes de ir a trabajar. Lo mismo. Iré a buscarle.
Los condujo al estudio. Cotter dirigió una mirada de inteligencia a St. James.
– Creo que también a mí me apetece dar una mirada a ese jardín.
Sin más, siguió a la mujer cuando salió de la habitación. St. James sabía que Cotter averiguaría todo cuanto pudiera sobre la mujer y el motivo de su presencia en la casa.
Ya a solas, paseó su mirada por la estancia. Era la clase de estudio que le gustaba en particular, con su tenue aroma a viejas butacas de cuero, librerías llenas hasta el límite de su capacidad, un hogar con tizones nuevos, dispuesto para ser encendido. Un escritorio ocupaba el mirador que dominaba el puerto, pero estaba orientado hacia la habitación, como si la vista distrajera del trabajo. Sobre el escritorio había una revista abierta y un bolígrafo abandonado en el pliego central, como si hubieran interrumpido al lector en mitad de un artículo. St. James, presa de la curiosidad, se acercó a examinar la portada.
Cáncer Research; una revista norteamericana. La foto de la portada reproducía a una mujer en bata blanca. Estaba apoyada junto a un inmenso microscopio electrónico. Debajo de la fotografía estaba escrito Scripps Clinic, Lajolla, junto con la frase «Poniendo a prueba los límites de la investigación biológica».
St. James volvió a la página del artículo, un tratado técnico sobre una proteína matriz extracelular llamada proteoglycans. Pese a sus extensos conocimientos científicos, no entendió casi nada.
– No es una lectura para pasar el rato, ¿verdad?
St. James levantó la vista. El doctor Trenarrow estaba en el umbral. Vestía un terno hecho a medida. Se había prendido una rosa en el ojal.
– Me sobrepasa -reconoció St. James.
– ¿Alguna noticia de Peter?
– Todavía no, me temo.
Trenarrow meneó la cabeza con gravedad y se acarició el mentón. Cerró la puerta e indicó con un gesto a St. James que ocupara un sillón de orejas.
– ¿Café? -preguntó-. He descubierto que es una de las escasas especialidades de Dora.
– No, gracias. ¿Es su ama de llaves?
– Utilizando la palabra en su acepción más imprecisa.
Sonrió levemente, sin alegría. El comentario pareció un esfuerzo por mostrarse desenvuelto, pero desechó ese esfuerzo con sus siguientes palabras.
– Tommy nos contó anoche que Peter había visto a Mick Cambrey la noche que éste murió. También nos contó lo de Brooke. Ignoro dónde encaja usted en todo esto, pero conozco a ese chico desde que tenía seis años. No es un asesino. Es incapaz de recurrir a la violencia, en especial la del tipo sufrido por Mick Cambrey.
– ¿Conocía bien a Mick?
– No tanto como a otros habitantes del pueblo. Le conocía como casero. Le alquilé Gull Cottage. -¿ Cuánto hace de eso?
Trenarrow se dispuso a contestar de manera automática, pero luego frunció el entrecejo, como si le intrigara la naturaleza de la pregunta:
– Unos nueve meses.
– ¿ Quién vivía antes de él?
– Yo. -Trenarrow se removió un momento en su silla, revelando su irritación-. Señor St. James, no habrá venido en visita de cortesía a estas horas de la mañana. ¿Le ha enviado Tommy?
– ¿Tommy?
– Estoy seguro de que conoce los hechos. Hace años que existe un contencioso entre nosotros. Me ha preguntado sobre Cambrey. Me ha preguntado sobre la casa. ¿A quién se le han ocurrido estas preguntas? ¿A usted o a él?