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– A mí, pero Tommy sabe que he venido a verle.

– ¿Para preguntarme sobre Mick?

– En realidad, no. Tina Cogin ha desaparecido. Hemos pensado que tal vez había venido a Cornualles.

– ¿Quién?

– Tina Cogin. Apartamentos Shrewsbury Court. En Paddington. Su número de teléfono constaba en su agenda.

– No tengo ni la menor… ¿Tina Cogin, ha dicho?

– ¿Es paciente suya, o una antigua paciente?

– No tengo pacientes, aparte de algunos casos terminales que, en ocasiones, se prestan voluntarios para probar alguna droga experimental. Si Tina Cogin era uno de ésos y ha desaparecido… Perdone la frivolidad, pero sólo hay un lugar al que haya podido ir, y ése no es Cornualles.

– Quizá la haya conocido en circunstancias diferentes.

Trenarrow pareció perplejo.

– ¿ Perdón?

– Puede que sea una prostituta.

Las gafas de montura dorada del médico resbalaron levemente sobre su nariz. Las devolvió a su lugar.

– ¿Y tenía mi nombre?

– No, sólo el número de teléfono.

– ¿ Mi dirección?

– Ni siquiera eso.

Trenarrow se levantó. Caminó hacia el escritorio, hacia la ventana salediza. Dedicó un momento a contemplar la vista, y después se volvió hacia St. James, meneando la cabeza.

– Hace un año que no piso Londres. Tal vez más, pero supongo que da igual si esa chica ha venido a Cornualles. Quizá concierta citas por teléfono. -Sonrió con ironía-. Usted no me conoce, señor St. James, así que no tiene forma de saber si le estoy diciendo la verdad, pero permítame decirle que no tengo por costumbre pagar a cambio de sexo. Sé que algunos hombres lo hacen sin pestañear, pero siempre he preferido hacer el amor por otros motivos que no fueran la avaricia. Eso otro, negociar primero y pagar en metálico después, no es mi estilo.

– ¿Era el de Mick?

– ¿El de Mick?

– Le vieron salir de ese apartamento de Londres el viernes por la mañana. Quizá le dio a la chica su teléfono, tal vez para una consulta.

Los dedos de Trenarrow acariciaron los pétalos de la rosa prendida en su solapa.

– Es posible -dijo en tono pensativo-. Aunque los pacientes suelen venir derivados de otros médicos, es posible si está gravemente enferma. Mick sabía que la investigación del cáncer era mi especialidad. Me entrevistó poco después de tomar él las riendas del Spokesman. Es concebible que le haya dado mi nombre. Pero ¿Cambrey y una prostituta? Eso va a perjudicar su reputación. Su padre lleva un año, como mínimo, proclamando a los cuatro vientos la promiscuidad sexual de Mick, y créame, nunca ha dicho que Mick tuviera que pagar por los favores de una mujer. Según Harry, tantas mujeres se estaban tirando al pobre muchacho, que apenas se subía los pantalones cuando ya otra le suplicaba que se los bajara. Si la relación con una prostituta condujo al asesinato de Mick, Harry lo va a pasar muy mal. A él le gustaría que el motivo fuera una pelea con una o dos docenas de maridos celosos.

– ¿O una esposa celosa?

– ¿Nancy? -dijo Trenarrow, incrédulo-. Aparte de que parecía adorar a Mick fuera cual fuera la situación entre ellos, no la imagino haciendo daño a alguien, ¿y usted? Aunque hubiera sufrido más de lo aguantable, pues no era un secreto para nadie que Mick salía con otras mujeres, ¿cuándo pudo matarle? No pudo estar en dos sitios a la vez.

– Estuvo ausente del puesto de bebidas unos buenos diez minutos, o más.

– ¿Tiempo suficiente para volver corriendo a casa, asesinar al marido y reaparecer como si tal cosa? Es bastante absurdo, teniendo en cuenta el carácter de la chica. Otra persona le habría echado cara, pero Nancy no es una actriz. Si hubiera matado a su marido durante la noche, todo el mundo lo habría leído en su expresión.

Las afirmaciones de Trenarrow eran bastante consistentes. Desde el primer momento, las reacciones de Nancy habían llevado el sello inconfundible de la autenticidad. Su conmoción, su dolor aturdido, su creciente angustia, no habían parecido ficticios en ningún momento. Resultaba muy improbable que hubiera regresado corriendo a casa, asesinado a su marido y fingido horror después. Por lo tanto, St. James pensó en los sospechosos. John Penellin había estado en la zona aquella noche, al igual que Peter Lynley y Justin Brooke. Tal vez Harry Cambrey había visitado también la casa; y nadie sabía aún dónde había estado Mark Penellin. Sin embargo, era difícil establecer un móvil del crimen. A lo sumo, era nebuloso. Además, había que determinar claramente el móvil para comprender las circunstancias que rodeaban la muerte de Mick Cambrey.

St. James vio a Harry Cambrey en cuanto Cotter retrocedió hacia Paul Lane. Subía hacia ellos. Manoteó enérgicamente cuando se acercaron. El cigarrillo que sostenía entre los dedos lanzó un hilillo de humo al aire.

– ¿Quiénes éste?

Cotter disminuyó la velocidad.

– El padre de Mick Cambrey. Vamos a ver qué quiere.

Cotter frenó a un lado y Harry Cambrey se aproximó a la ventanilla de St. James. Asomó la cabeza dentro del coche, y sus ocupantes percibieron los olores mezclados de tabaco y cerveza. Su apariencia había mejorado algo desde que St. James y lady Helen le habían visto el sábado por la mañana. Llevaba ropa limpia, se había peinado y, aunque algunos pelos grises despuntaban en sus mejillas, se había afeitado bastante bien.

Jadeaba, y se encogió como si las palabras le hicieran daño.

– En Howenstow me dijeron que estaba aquí. Venga a la oficina. Quiero enseñarle algo.

– ¿Ha encontrado alguna nota? -preguntó St. James.

Cambrey negó con la cabeza.

– Pero lo he solucionado todo.

St. James abrió la puerta y Cambrey entró. Saludó con la cabeza a Cotter.

– ¿Se acuerda de aquellos números que encontré en su escritorio? He estado reflexionando sobre ellos desde el sábado. Ya sé qué significan.

Cotter se quedó en la taberna con la señora Swann, charlando amigablemente mientras tomaba una pinta de cerveza.

– Nunca diría que no a uno de esos huevos escoceses -dijo, mientras St. James seguía a Harry Cambrey hasta la oficina del periódico.

Al contrario que en su anterior visita al Spokesman, esta mañana todo el mundo trabajaba. Las luces estaban encendidas, lo cual contribuía a crear una atmósfera muy diferente de la anterior de penumbra, y empleados del periódico escribían a máquina o hablaban por teléfono en tres de los cuatro cubículos. Un chico melenudo examinaba una serie de fotografías desplegadas sobre un tablero, mientras a su lado el cajista se encontraba sumergido en el proceso de componer otra edición del periódico sobre una mesa verde angular. Sostenía entre los dientes una pipa apagada y daba golpecitos con un lápiz sobre un soporte de plástico para presillas. Una mujer tecleaba en el ordenador de la mesa contigua al escritorio de Mick Cambrey. Tenía el cabello liso y oscuro apartado de la cara, y una mirada inteligente en los ojos. Era muy atractiva. Julianna Vandale, decidió St. James. Se preguntó si sus responsabilidades en el periódico habían cambiado desde la muerte de Mick Cambrey.

Harry Cambrey le guió hasta uno de los cubículos. Había escasos muebles, y la decoración de las paredes sugería que no sólo era su despacho, sino que no se había intentado cambiar nada durante su convalecencia de la operación. Expresaba que, pese a los deseos de Harry Cambrey, su hijo se había negado a sustituirle en el despacho y en el trabajo. Recortes enmarcados, amarillos por la edad, aparentaban representar los artículos de los que el viejo se sentía más orgulloso: un desastroso intento de rescate marítimo en el que se habían ahogado veinte voluntarios; un accidente que destrozó a un pescador local; el rescate de un niño del pozo de una mina; una batalla campal durante una fiesta en Penzance. También había fotografías, los originales de las que habían acompañado a los artículos impresos.