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La última edición del Spokesman estaba abierta por la página editorial sobre un viejo escritorio. Un rotundo círculo rojo rodeaba la contribución de Mick. En la pared opuesta colgaba un mapa de Gran Bretaña. Cambrey indicó a St. James que se fijara en él.

– Seguí pensando en esos números -dijo-. Mick era muy sistemático en esas cosas. No habría guardado aquel papel de no haber sido importante. -Buscó el paquete de cigarrillos en el bolsillo de la camisa. Cogió uno y lo encendió antes de proseguir-. Continúo trabajando en ello, pero voy por buen camino.

St. James vio que Cambrey había clavado una hojita de papel junto al mapa. En ella había escrito parte del críptico mensaje encontrado en el escritorio de su hijo. «27500-M1 Adquisición/Transporte» y, debajo, «27500-M6 Finanzas». En el mapa, había seguido con un rotulador rojo dos autopistas, la M1, que partía de Londres hacia el norte, y la M6, que se desviaba al noroeste antes de Leicester en dirección al mar de Irlanda.

– Fíjese -dijo Cambrey-. La M1 y la M6 corren juntas al sur de Leicester. La M1 sólo llega hasta Leeds, pero la M6 continúa. Muere en Carlisle. En Solway Firth.

St. James meditó sobre esta información. Cambrey pareció excitarse cuando prosiguió.

– Mire el mapa, hombre. Fíjese en este cuadrado. La M6 permite el acceso a Liverpool, ¿no? Lleva a Preston, a Morecambe Bay, y cada una de ellas…

– Permite el acceso a Irlanda -concluyó St. James, pensando en el editorial que había leído la mañana anterior.

Cambrey fue en busca del periódico. Lo desdobló. El cigarrillo se agitó entre sus labios mientras hablaba.

– Sabía que alguien estaba pasando armas al IRA.

– ¿Cómo pudo tropezarse con una historia semejante?

– ¿Tropezarse? -Cambrey apartó el cigarrillo, sacó una hebra de tabaco de su lengua y blandió el periódico para subrayar sus palabras-. Mi chico no tropezaba. Era un periodista, no un idiota. Escuchaba. Hablaba. Aprendía a seguir pistas.

Cambrey se acercó al mapa y utilizó el periódico doblado como puntero.

– Primero, las armas han de entrar en Cornualles o, si no, por algún puerto del sur. Enviadas por simpatizantes, tal vez de África del Norte, España, e incluso Francia. Pueden introducirlas por cualquier punto de la costa sur: Plymouth, Bournemouth, Southampton, Portsmouth. Se envían desmontadas, se cargan en camiones hasta Londres y las vuelven a montar. Desde allí, por la M1 o la M6, hasta Liverpool, Preston o Morecambe Bay.

– ¿Por qué no enviarlas directamente a Irlanda? -preguntó St. James, pero ya sabía la respuesta antes de formularla. Un buque extranjero que amarrara en Belfast levantaría más sospechas que uno inglés. Sería sometido a una minuciosa inspección aduanera. Sin embargo, un buque inglés no tendría problemas. ¿Por qué iban a enviar armas los ingleses para colaborar en una revuelta contra ellos?- Había algo más en el papel que M1 y M6 -señaló St. James-. Aquellas cifras adicionales han de significar algo.

Cambrey asintió.

– Números de registro, supongo. Referencias al barco que están utilizando, o al tipo de armas que suministran. Una especie de código. No nos engañemos, Mick iba a revelar el asunto.

– ¿No ha encontrado más notas?

– Lo que he encontrado es suficiente. Conozco a mi muchacho. Sé lo que estaba preparando.

St. James reflexionó sobre el mapa. Pensó en los números que Mick había anotado en el papel. Recordó el detalle de que aquel editorial sobre Irlanda del Norte había aparecido el domingo, treinta horas después de la muerte de Mick. Si ambos hechos estaban relacionados, el asesino había sabido por anticipado el contenido del editorial. Se preguntó si cabía tener en cuenta esa posibilidad.

– ¿Guarda aquí los ejemplares atrasados del periódico? -preguntó.

– Éste no es un problema de ejemplares atrasados -replicó Cambrey.

– En cualquier caso, ¿los guarda?

– Algunos. Ahí fuera.

Cambrey le condujo hasta un armario situado a la izquierda de las ventanas batientes. Abrió las puertas y dejó al descubierto montañas de periódicos apilados sobre las estanterías. St. James echó un vistazo, sacó un montón y miró a Cambrey.

– ¿Puede conseguirme las llaves de Mick? -preguntó.

Cambrey pareció sorprenderse.

– Aquí tengo un juego de la casa.

– No. Me refería a todas sus llaves. Tiene un juego, ¿no? Coche, casa, oficina. ¿Puede conseguírmelo? Supongo que Boscowan lo habrá cogido, de modo que tendrá que inventarse una excusa. Quiero conservarlo durante unos días.

– ¿Porqué?

– ¿Le dice algo el nombre de Tina Cogin? -preguntó a su vez St. James.

– ¿Cogin?

– Sí. Una londinense. Al parecer, Mick la conocía. Es posible que tuviera la llave de su apartamento.

– Mick tenía las llaves de media docena de apartamentos.

Cambrey sacó un cigarrillo y le dejó con los periódicos.

El resultado de investigar los seis meses anteriores fue mancharse las manos de tocar los periódicos. Sólo pudo deducir que la conjetura de Mick Cambrey sobre el tráfico de armas era tan válida como cualquier otra extraída del periódico. Suspiró y cerró las puertas del armario. Cuando se volvió, descubrió que Julianna Vandale le estaba mirando, mientras alzaba una taza de café hasta los labios. Se apartó del ordenador y se quedó junto a una cafetera que hervía ruidosamente en un rincón.

– ¿Nada?

Dejó la taza sobre la mesa y apartó del hombro un largo mechón de cabello.

– Por lo visto, todo el mundo piensa que estaba trabajando en un artículo -dijo St. James.

– Mick siempre estaba trabajando en algo.

– ¿Llegaban a imprimirse la mayoría de sus proyectos?

La mujer frunció el ceño. Una leve arruga apareció entre sus cejas. Por lo demás, no se distinguía ni una más en su rostro. St. James sabía, por su previa conversación con Lynley, que Julianna Vandale tal vez rebasaba ya los treinta y cinco años, pero su cara negaba su edad.

– No lo sé -contestó ella-. No siempre sabía cuáles eran sus proyectos. No me sorprendería averiguar que había empezado algo para después abandonarlo. Se ausentaba a menudo, convencido de que estaba sobre la pista de un artículo sensacional que podría vender en Londres. Después, nunca lo terminaba.

St. James lo había comprobado mientras examinaba los periódicos. El doctor Trenarrow le había dicho que Mick le entrevistó en vistas a un artículo. Sin embargo, no había localizado ningún artículo relacionado con la conversación mantenida entre ambos. St. James lo comentó a Julianna Vandale.

La mujer se sirvió otra taza de café y habló sin mirarle.

– No me sorprende. Mick debió pensar que iba a convertirle en una especie de Teresa de Calcuta: «Científico de Cornualles dedica su vida a la salvación de la humanidad.» Después, descubrió que el doctor Trenarrow era tan angelical como cualquiera de nosotros.

O bien, pensó St. James, el artículo en potencia era una artimaña para lograr una entrevista con Trenarrow y reunir información, quizá para pasarla a una amiga en apuros, además del número telefónico del médico.

– Ése fue su estilo desde que se reintegró al Spokesman -continuó Julianna-. Creo que buscaba un artículo como medio de escapatoria.

– ¿No quería vivir aquí?

– Para él, significaba un paso atrás. Había trabajado como periodista independiente, y le había ido muy bien. Entonces, su padre cayó enfermo. Mick tuvo que dejarlo todo y tomar las riendas del negocio familiar.

– ¿No habría podido ocuparse usted?

– Desde luego, pero Harry quería que fuera Mick. En mi opinión, además, quería que se estableciera definitivamente en Nanrunnel.

St. James creyó adivinar las intenciones que abrigaba Harry Cambrey para después del regreso de Mick.

– ¿Cómo encajaba usted en sus planes? -preguntó, pese a todo.