– ¿Cuándo?
– Poco después de las seis de la mañana. Se disponía a abrir el café. Estaba ajustando las persianas del frente, así que no pudo equivocarse. Les vio zarpar del puerto.
– ¿Fue ayer, no anteayer?
– Recuerda que fue ayer porque no pudo comprender cómo alguien se hacía a la mar cuando la previsión era de lluvia.
– ¿Los vio por la mañana?
Lynley dibujó una cansada sonrisa de agradecimiento.
– Sé lo que estás pensando. Peter se fue de Howenstow la noche anterior, y por eso es menos probable que fuera él quien cogiera la barca. Te lo agradezco, St. James. No creas que no lo había pensado, pero la realidad es que Sasha y él pudieron dirigirse a Lamorna por la noche, dormir en la barca y zarpar al amanecer.
– ¿Esa mujer vio a alguien en cubierta?
– Sólo una silueta al timón.
– ¿Sólo una?
– No creo que Sasha sepa navegar, St. James. Debía estar abajo, durmiendo. -Lynley desvió la vista hacia la ensenada-. Hemos explorado toda la costa, pero hasta el momento nada. Ni una pista, ni una prenda de vestir, ni maldito rastro de ellos. -Sacó la pitillera y la abrió-. St. James, he de decirle algo a mi madre, pero no tengo ni idea de qué.
St. James había estado relacionando casi todos los hechos mientras Lynley hablaba. Abismado en sus pensamientos, no captó tanto las palabras como la desolación que desprendían. Intentó ponerle fin al instante.
– Peter no cogió la Daze -dijo-. Estoy seguro.
Lynley volvió la cabeza hacia él lentamente, como en un sueño.
– ¿Qué has dicho?
– Hemos de ir a Penzance.
El inspector detective Boscowan los condujo al comedor de oficiales. Le llamaban «el submarino amarillo», un nombre muy apropiado: paredes amarillas, linóleo amarillo, mesas de fórmica amarilla, sillas de plástico amarillas. Sólo la vajilla era de color diferente, pero, como era carmín, el efecto resultante no animaba a quedarse a charlar con los compañeros después de comer. También insinuaba la posibilidad de padecer un fuerte dolor de cabeza antes de llegar a los postres. Llevaron una tetera a una mesa desde la que se dominaba un pequeño patio, en el cual un abatido fresno intentaba florecer en un círculo de tierra color granito.
– Diseñado y decorado por chiflados -fue el único comentario de Boscowan, mientras arrastraba con el pie una silla hasta la mesa-. Se supone que sirve para distraerte del trabajo.
– Lo consigue -corroboró St. James.
Boscowan sirvió el té mientras Lynley abría tres paquetes de bizcochos digestivos y los depositaba sobre un plato. Cayeron sobre él con el estruendo de una leve descarga de artillería.
– Recién salidos del horno. -Boscowan sonrió con sarcasmo, cogió un bizcocho y lo hundió en el té-. John ha hablado con un abogado esta mañana. Me costó muchísimo convencerle. Sabía que era tozudo, pero no tanto.
– ¿Van a acusarle? -preguntó Lynley.
Boscowan examinó su bizcocho y volvió a mojarlo.
– No tengo otra alternativa. Estuvo allí. Lo ha admitido. Las pruebas lo certifican. Le vieron testigos. Otros testigos escucharon la discusión.
Boscowan rompió un pedazo de bizcocho, lo sostuvo a la altura de los ojos y cabeceó. Se limpió los dedos con una servilleta de papel y empujó el plato hacia sus dos acompañantes.
– No está mal. Depositen su fe en el té. -Esperó a que cogieran uno para proseguir-. Si John sólo hubiera estado allí, sería otra cuestión, pero, por culpa de esa discusión que la mitad del vecindario oyó…
St. James miró a Lynley, que estaba añadiendo un segundo terrón de azúcar a su té. Su dedo índice jugueteó con el asa de la taza, pero no dijo nada.
– ¿Y los móviles de Penellin? -preguntó St. James.
– Una discusión por Nancy, diría yo. Cambrey estaba atrapado en el matrimonio, y no disimulaba el odio que sentía hacia la situación. No he hablado con nadie que no me lo dijera.
– ¿Por qué se casó con ella? ¿Por qué no se negó? ¿Por qué no sugirió un aborto?
– Según John, la chica no quería ni oír hablar de abortos. Harry Cambrey no quería ni oír hablar de que Mick se negara a casarse.
– Pero Mick era un adulto…
– Con un padre enfermo y en peligro de muerte después de la operación. -Boscowan vació su taza de té-. Harry Cambrey sabía aprovecharse de las circunstancias, y lo hizo para que Mick se quedara en Nanrunnel. El chico se vio atrapado. Empezó a engañar a su mujer. Todo el mundo lo sabe, incluyendo a John Penellin.
– Pero usted no puede creer que John… -dijo Lynley.
Boscowan levantó una mano al instante y la dejó caer sobre la mesa.
– Conozco los hechos. Son nuestras únicas herramientas de trabajo. Lo demás no importa, y usted lo sabe muy bien. ¿Qué más da si John Penellin es mi amigo? Su yerno ha muerto y hay que investigarlo, tanto si me gusta como si no.
Boscowan pareció avergonzarse, como si su exabrupto le hubiera sorprendido. Continuó hablando, ahora en tono más sereno.
– Le he ofrecido la libertad bajo fianza, pero se ha negado. Es como si quisiera quedarse aquí, como si quisiera ser juzgado. -Cogió otro bizcocho, pero, en lugar de comerlo, lo desmenuzó-. Es como si él lo hubiera hecho.
– ¿Podemos verle? -preguntó Lynley.
Boscowan vaciló. Miró a Lynley, después a St. James, y por fin desvió la vista hacia la ventana.
– Es irregular. Ya lo sabe.
Lynley extrajo su tarjeta de identificación. Boscowan la descartó con un gesto.
– Sé que es usted de Scotland Yard, pero este caso no es del Yard, y debo tener en cuenta la susceptibilidad de mi superior. Nada de visitantes, salvo familiares y el abogado, cuando se trata de un homicidio. Es el procedimiento habitual en Penzance, independientemente de lo que permitan en la Metropolitana.
– Una amiga de Mick Cambrey ha desaparecido de Londres -explicó Lynley-. Quizá John Penellin nos pueda ayudar.
– ¿Están trabajando en ese caso?
Lynley no contestó. Una muchacha vestida con un uniforme manchado empezó a recoger los platos de una mesa cercana, apilándolos en una bandeja metálica. Los platos entrechocaron. Un poco de puré cayó al suelo. Boscowan observó sus movimientos. Golpeó la mesa con un bizcocho duro.
– Oh, mierda -murmuró-. Vengan conmigo. Lo arreglaré de alguna manera.
Los dejó en una sala de interrogatorios, situada en otra ala del edificio. El único mobiliario consistía en una mesa y cinco sillas, aparte de un espejo en una pared y una luz en el techo, desde la cual una araña estaba tejiendo aplicadamente su tela.
– ¿Crees que lo admitirá? -preguntó Lynley mientras aguardaban.
– No le queda otra elección.
– ¿Estás seguro, St. James?
– Es la única explicación razonable.
Un agente uniformado introdujo a John Penellin en la sala. Cuando éste vio quiénes eran sus visitantes, dio un paso atrás, como si quisiera marcharse. Sin embargo, la puerta ya se había cerrado a sus espaldas. Tenía una mirilla a la altura de los ojos, y aunque Penellin la miró como si considerase la posibilidad de indicar al agente que le devolviera a su celda, no hizo ademán de intentarlo. Se acercó a ellos. La mesa, que se sostenía sobre unas patas irregulares, se ladeó cuando Penellin se sentó.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó, con aire de preocupación.
– Justin Brooke sufrió una caída en Howenstow la madrugada del domingo -dijo Lynley-. La policía piensa que es un accidente. Puede que sea así, pero, en caso contrario, o bien hay un segundo asesino suelto, o tú eres inocente y no hay otro asesino. ¿Qué te parece más probable, John?
Penellin retorció un botón de la manga de su camisa. Su expresión no se alteró, aunque un músculo se contrajo bajo su ojo derecho, tan fugaz como un tic.