– Robaron la Daze de Lamorna ayer por la mañana -intervino St. James-. Naufragó en Penberth Cove anoche.
El botón que Penellin retorcía cayó sobre la mesa. Lo recogió y le dio la vuelta con el pulgar. St. James prosiguió.
– Creo que se trata de una operación a tres bandas, con un proveedor principal y tal vez media docena de camellos. Hay dos maneras posibles de pasar la cocaína: o bien los camellos la recogen del proveedor, tal vez en las Scillys, y luego vuelven a tierra firme, o el proveedor se cita con los camellos en cualquiera de las ensenadas que jalonan la costa. Porthgwara es la primera que me viene a la cabeza. La orilla es accesible y el pueblo está demasiado alejado para que nadie repare en idas y venidas clandestinas de la ensenada. El acantilado está plagado de cuevas y escondrijos donde puede llevarse a cabo el intercambio, si parece demasiado arriesgado efectuarlo en alta mar. En realidad, no importa cómo el camello recoge el cargamento, porque, cuando lo tiene, regresa a Lamorna en la Daze y lleva la cocaína al molino de Howenstow, donde la empaqueta. Sin que nadie se entere.
– Entonces, lo sabe -dijo Penellin.
– ¿A quién intenta proteger? -replicó St. James-. ¿A Mark o a los Lynley?
Penellin introdujo la mano en el bolsillo y sacó un paquete de Dunhill. Lynley se inclinó sobre la mesa para acercarle el mechero. Penellin le miró por encima de la llama.
– Un poco a los dos, supongo -dijo Lynley-. Cuanto más tiempo guardes silencio, más se tardará en detener a Mark. Sin embargo, evitar que le detengan le deja al alcance de Peter, a menos que hagas cuanto esté en tu mano por mantenerlos alejados.
– Mark está hundiendo a Peter -dijo Penellin-. Acabará matándole si no lo impido.
– Justin Brooke nos dijo que Peter pretendía efectuar una compra en Cornualles -explicó St. James-. Mark era su camello, ¿verdad? Por eso procuró usted que no se vieran el viernes, en Howenstow.
– Pensé que Mark quería vender droga a Peter y a la chica. Sospechaba desde hacía tiempo que vendía drogas, y pensé que, si lograba averiguar dónde la escondía, dónde la empaquetaba…
Penellin hizo girar el cigarrillo entre sus dedos, nervioso. No había cenicero en la mesa, así que tiró el cilindro de ceniza al suelo y lo aplastó con el pie.
– Pensé que podría detenerle. Hace semanas que le vigilo, le sigo cuando puedo. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo en la finca.
– Las dos partes del plan eran sólidas -dijo St. James-. Utilizar la Daze como medio de recoger la cocaína. Utilizar el molino para cortarla y empaquetarla. En cierta manera, todo estaba relacionado con Howenstow, y como Peter era…, es el usuario conocido de Howenstow, él cargaría con las culpas si algo fallaba. Proclamaría su inocencia, por supuesto. Incluso culparía a Mark, en caso necesario, pero ¿quién le iba a creer? Sin ir más lejos, todos asumimos ayer que él había robado la embarcación. Nadie pensó en Mark. Fueron muy listos.
Penellin alzó la cabeza poco a poco al escuchar las últimas palabras de St. James.
– También sabe esa parte.
– Mark carecía de capital para montar el negocio -dijo St. James-. Necesitaba un inversor, y yo diría que fue Mick. Nancy lo sabía, ¿verdad? Ustedes dos lo sabían.
– Lo sospechábamos, simplemente.
– ¿Por eso fue a verle el viernes por la noche?
Penellin concentró la atención en su cigarrillo.
– Fui a buscar respuestas.
– Nancy sabía que usted iba a ir. Por eso, cuando Mick fue asesinado, temió lo peor.
– Cambrey había obtenido un préstamo bancario para modernizar el periódico -dijo Penellin-, pero invirtió muy poco dinero en eso. Luego, empezaron sus desplazamientos continuados a Londres. Después empezó a hablar de dinero a Nance. Que no había bastante, que estaban al borde de la ruina. Dinero para el alquiler, dinero para la niña. Según Mick, iban directos a la bancarrota. Pero eso era absurdo. Él tenía dinero. Había conseguido obtener el préstamo.
– Que invirtió generosamente en cocaína.
– Nance no quería creer que Mick estuviera mezclado en eso. Decía que él no se drogaba, sin comprender que no es preciso tomar drogas para venderlas. Quería pruebas.
– Justo lo que usted perseguía cuando fue a la casa el viernes por la noche.
– Me olvidé de que era uno de los viernes en que hacía los sobres de las nóminas. Pensé que no estaría en casa y que podría registrarla, pero estaba. Nos peleamos.
St. James sacó del bolsillo la servilleta del Talismán.
– Creo que esto es lo que usted buscaba -dijo, y la tendió a Penellin-. Estaba en la oficina del periódico. Harry la encontró en el escritorio de Mick.
Penellin echó un rápido vistazo al papel y se lo devolvió. -No sé lo que buscaba -dijo, y lanzó una breve carcajada-. Creo que buscaba una confesión mecanografiada.
– Más que un esquema, esto es una confesión -admitió St. James.
– ¿Qué quiere decir?
– Sólo Mark podría confirmarlo, pero creo que representa el trato pactado entre los dos. «1 K 9400» significa el coste de la compra de cocaína. Nueve mil cuatrocientas libras el kilo. Se la dividieron para venderla, como nos dice la segunda línea: quinientos gramos para cada uno a cincuenta y cinco libras el gramo. El beneficio asciende a veintisiete mil quinientas libras para cada uno. A continuación del beneficio, el talento que cada uno de ellos aportaría al plan. Peter proporcionaría el transporte para obtener la droga. Cogería la Daze para citarse con el proveedor. MC, Mick, proporcionaría el financiamiento inicial gracias al préstamo bancario obtenido para, en teoría, comprar maquinaria nueva para el periódico. Mick se protegió, comprando algunos aparatos, para no levantar las sospechas de nadie.
– Pero fracasó -dijo Penellin.
– Tal vez. Es posible que la cocaína no se vendiera tan bien como pensaban y perdieran dinero. Tal vez los socios no se entendieron. O puede que se haya producido alguna traición.
– Aún queda otra -dijo Penellin-. Adelante, explíquela.
– Por eso estás aquí, John. ¿Verdad? -preguntó Lynley-. Por eso no dices nada. Por eso asumes la culpa.
– Debió de descubrir lo fácil que era -respondió Penellin-. No necesitaba a Mick después de la compra inicial, ¿verdad? ¿Para qué compartir los beneficios con otra persona?
– Dios mío -exclamó Lynley-. John, no pretenderás declararte culpable de la muerte de Cambrey.
– Mark sólo tiene veintidós años.
– Eso no importa. Tú no…
Penellin le interrumpió, dirigiendo la palabra a St. James.
– ¿Cómo averiguó que era Mark?
– Por la Daze. Pensamos que Peter la había cogido para huir de Howenstow, pero la embarcación, encallada en las rocas de Penberth Cove, apuntaba al noreste. Por lo tanto, no salía de Howenstow, sino que volvía. Ya llevaba varias horas allí cuando nosotros llegamos, de modo que Mark tuvo mucho tiempo para abandonarla, regresar a Howenstow y estar dispuesto, algo maltrecho, cabe decir, a colaborar en la búsqueda de Peter.
– Debió de verse forzado a abandonarla -dijo John Penellin, aturdido.
– La cocaína era un buen motivo para ello. Si alguien de Penberth telefoneaba a los guardacostas, se vería metido en serios problemas. Era mejor arriesgar la vida, lanzándose al mar cerca de la orilla, que arriesgarse a una condena en la cárcel por ser detenido con un kilo de cocaína en la embarcación.
– John -insistió Lynley-, has de confesar la verdad a Boscowan. Toda la verdad. Lo que ocurrió el viernes por la noche.
Penellin le miró a los ojos.
– ¿Qué le pasará a Mark? -preguntó.
Lynley no respondió. Las facciones de Penellin reflejaron una inmensa angustia.
– No puedo hacer lo que me pide. No puedo. Se trata de mi hijo.
Nancy estaba trabajando frente al pabellón, mientras Molly balbuceaba en un cochecillo cercano, entretenida con una hilera de patos de plástico brillante que su madre había suspendido sobre ella. Cuando Lynley frenó el coche en el camino particular, Nancy levantó la vista. Estaba removiendo con un rastrillo las ramas, flores, guijarros sueltos y desperdicios que el viento había empujado hacia la casa.