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– Exacto, pero la historia, fuera cual fuese, aunque esté conectada con la muerte de Mick, puede que no tenga una relación directa con Trenarrow. Puede que éste sólo sea un elemento secundario.

Entonces, Lynley le miró.

– No quisiste telefonearle, St. James. ¿Por qué?

St. James miró a una mujer que empujaba un cochecito de niño por la calle. El niño aferraba el borde de su vestido. El semáforo cambió. Coches y camiones se pusieron en movimiento.

– Es posible que Mick siguiera el rastro de una historia que ocasionó su muerte. Sabes tan bien como yo que sería absurdo alertar a alguien sobre el hecho de que quizá también nosotros seguimos ese rastro.

– Por lo tanto, crees que Roderick está implicado.

– No necesariamente. Puede que en nada, pero podría haber puesto sin querer a alguien sobre aviso. ¿Para qué telefonearle y arriesgarnos?

Lynley contestó como si no hubiera escuchado las palabras de St. James.

– Si lo está, St. James, si lo está…

Giró a la derecha y se internó en Fulham Road. Dejaron atrás las tiendas de ropas y antigüedades, los bares y restaurantes del Londres de moda, donde las calles estaban concurridas por gente vestida con elegancia y damas bien parecidas de camino a sus compromisos.

– Todavía no estamos en posesión de todos los datos, Tommy. Es absurdo que te atormentes ahora.

Una vez más, St. James intuyó que sus palabras no servían de nada.

– Destrozaría a mi madre -dijo Lynley.

Entraron en el barrio de Paddington. Deborah los recibió en el pequeño vestíbulo de los apartamentos Shrewsbury Court, donde los había esperado recorriendo de un lado a otro el suelo de baldosas negras y blancas. Abrió la puerta antes de que llamaran al timbre.

– Papá me ha telefoneado para avisarme de que veníais. Tommy, ¿te encuentras bien? Papá dijo que Peter continuaba en paradero desconocido.

Como respuesta, Lynley pronunció su nombre como un suspiro y la atrajo hacia sí.

– Este fin de semana habrá sido terrible para ti. Lo siento, querida.

– Estoy bien. No pasa nada.

St. James se obligó a desviar la mirada. El letrero conciérge clavado en una puerta cercana estaba escrito a mano, pero con mala caligrafía, y el punto sobre la i era borroso y se había convertido en parte de la segunda c. Concentró su atención en la palabra, examinando cada detalle, cada letra, los ojos clavados en el letrero hasta que Deborah habló.

– Helen nos espera arriba.

Avanzó con Lynley hacia el ascensor.

Lady Helen estaba llamando por teléfono en el apartamento de Deborah. No decía nada, se limitaba a escuchar, y, a juzgar por la mirada que le dirigió y la expresión de su rostro cuando colgó, St. James comprendió a quién había intentado localizar.

– ¿Sidney? -preguntó.

– No la encuentro, Simon. Su agencia me dio una lista de nombres de amigos suyos, pero nadie sabe nada. Acabo de llamar a su apartamento. Nada. También he llamado a tu madre, pero nadie contesta. ¿Sigo intentándolo?

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de St. James.

– No. Sólo conseguirás preocuparla.

– He empezado a pensar en la muerte de Justin Brooke -intervino lady Helen.

No necesitó decir nada más. St. James adivinó la dirección que habían tomado sus pensamientos, la misma que habían seguido los suyos en cuanto ella le dijo que su hermana aún no había aparecido. Se maldijo de nuevo por haber permitido que Sidney se marchara sola de Cornualles. Si estaba en peligro, si sufría algún daño… Notó que los dedos de su mano derecha se hundían en la palma y procuró relajarlos.

– ¿Ha regresado Tina Cogin?

– Todavía no.

– En ese caso, podríamos probar la llave. -Miró a Lynley-. ¿Las has traído?

– ¿Cómo? -preguntó lady Helen, confusa.

– Harry Cambrey nos proporcionó el juego de llaves de Mick que guardaba Boscowan -explicó Lynley-. Queremos comprobar si una de ellas abre la puerta de Tina.

La intriga sólo duró el tiempo que tardaron en llegar al apartamento de al lado e introducir la llave apropiada en la cerradura. La puerta se abrió. Entraron.

– Muy bien. Mick tenía una llave -dijo lady Helen-. ¿Adonde nos conduce eso, Tommy? No es sorprendente. Ya sabíamos que había estado aquí. Deborah nos lo contó. Todos sabemos que Tina le consideraba lo bastante importante para entregarle una copia de la llave de su apartamento.

– Cambia la naturaleza de su relación, Helen. No se trata de una prostituta y su cliente. Las prostitutas no suelen dar su llave.

St. James, de pie cerca de la diminuta cocina, escudriñó la habitación. Los muebles eran caros, pero no decían gran cosa del inquilino. No había objetos personales a la vista; ni fotos, ni recuerdos, ni colecciones. De hecho, daba la impresión de que un decorador de hoteles había diseñado el apartamento, como si la intención de su ocupante fuera rodearlo de tanto secreto como a ella. St. James se acercó al escritorio.

La luz roja del contestador automático parpadeaba, indicando un mensaje. Apretó el botón. La voz de un hombre dijo: «Colin Sage. Llamo por el anuncio», y dio un número de teléfono. Seguía otro mensaje del mismo estilo. St. James anotó ambos números y los entregó a lady Helen.

– ¿Un anuncio? -preguntó ella-. No creo que efectuara así sus contactos.

– ¿Dijiste que habías encontrado una cartilla de ahorros? -preguntó a su vez St. James.

Deborah se acercó.

– Toma -dijo-. También había esto.

Sacó de un cajón la libreta y una carpeta de papel manila. St. James examinó esta última, y frunció el ceño al ver la lista de nombres y direcciones pulcramente mecanografiados. Sobre todo de Londres, observó. La más alejada era de Brighton. Oyó que Lynley registraba la cómoda detrás de él.

– ¿Qué es esto?

St. James se hizo la pregunta a sí mismo, pero Deborah contestó.

– Al principio, pensamos que eran clientes, pero no puede ser. Hay mujeres en la lista. Aunque no hubiera mujeres, es difícil imaginar que alguien pudiera…

Vaciló. St. James levantó la vista. Deborah se había ruborizado.

– ¿Prestar sus servicios a tantos hombres? -terminó por ella.

– Bien, ella indicó en la etiqueta que sólo eran perspectivas, ¿no? Por eso pensamos al principio que estaba utilizando la lista para…, antes de abrir la carpeta y ver… Quiero decir, ¿cómo surge la clientela de una prostituta? ¿De boca en boca? -Su rubor se intensificó-. Señor, menudo juego de palabras.

– ¿Qué pensabas que hacía con la lista, enviar folletos? -comentó St. James.

– No sirvo para estas cosas, ¿verdad? -rió Deborah-. Cientos de pistas pululando a mi alrededor y no soy capaz de distinguir ninguna.

– Pensaba que habías llegado a la conclusión de que no era una prostituta. Pensaba que todos habíamos llegado a la misma conclusión.

– Tal vez deberíamos olvidarnos de lo que sugieren las apariencias -propuso Lynley.

Estaba frente al ropero, con lady Helen a su lado. Había bajado las cuatro cajas de sombreros del estante superior. Las abrió y las dispuso en fila sobre el suelo. Se inclinó sobre una y apartó los envoltorios de papel. Extrajo del fondo una peluca. Largo cabello negro, con flequillo. La balanceó.

Deborah la miró. Lady Helen suspiró.

– Maravilloso -dijo-. ¿Esa mujer lleva una peluca? Por lo tanto, lo poco que sabemos de ella, aparte de la descripción de Deborah, no sirve de nada. Es como una quimera, ¿verdad? Uñas falsas. Cabello falso.

Echó un vistazo a la cómoda. Debió pensar en algo, porque abrió un cajón y rebuscó entre la ropa interior. Sostuvo en alto un sujetador negro.

– Todo lo demás falso.

St. James se acercó. Cogió la peluca, caminó hacia la ventana, descorrió las cortinas y examinó el postizo a la luz del día. De la textura dedujo que el cabello era auténtico.

– ¿Sabías que utilizaba peluca, Deb? -preguntó Lynley.