– ¿Es posible que supiera lo de Mick? -les preguntó Lynley.
Al principio, nadie respondió. Se limitaron a escuchar el rugido creciente del tráfico en Sussex Gardens, a medida que los trabajadores se abrían camino hasta Edg-ware Road, terminada la jornada laboral. Un motor aceleró. En respuesta, unos frenos chirriaron. Lynley repitió la pregunta sin volverse.
– ¿Es posible que mi hermano lo supiera?
– Es posible, Tommy -contestó St. James. Cuando Lynley se volvió hacia él, prosiguió a regañadientes-. Formaba parte de la red de Londres. Sidney le vio no hace mucho en el Soho. Por la noche. En un callejón.
Calló, pensativo, recordando la información que su hermana le había proporcionado, recordando su estrafalaria descripción de la mujer a la que Peter había atacado: «Vestida de negro de pies a cabeza, y de abundante cabello negro.»
Tuvo la impresión de que lady Helen recordaba esa descripción al mismo tiempo que él, porque habló con el aparente propósito de aliviar la ansiedad de Lynley por buscar otro enfoque del asesinato.
– La muerte de Mick podría desembocar en algo diferente por completo. Lo hemos pensado desde el principio y no creo que debamos desecharlo ahora. Al fin y al cabo, era un periodista. Es posible que estuviera escribiendo un artículo. Hasta es posible que estuviera preparando algo sobre los travestidos.
St. James meneó la cabeza.
– No escribía sobre travestidos. Era un travestido. Se nota en el lujo del apartamento, en los muebles, en las ropas de mujer. No necesitaba todo eso para reunir información sobre un artículo. Piensa también en la oficina del periódico, cuando Harry Cambrey encontró aquella ropa interior en el escritorio de Mick, por no mencionar la trifulca entre ambos.
– ¿Harry lo sabía?
– Al menos, se lo habrá imaginado.
Lady Helen rozó con los dedos la servilleta del Talismán, como dispuesta a realizar un esfuerzo más por tranquilizar a Lynley.
– Pero Harry estaba seguro de que seguía una historia.
– Bien podría ser. Aún nos queda la relación con Islington-Londres.
– Quizá Mick estaba investigando alguna droga -sugirió Deborah-. Una droga que aún no estaba preparada para salir al mercado.
Lady Helen abundó en esta idea.
– Una que tuviera efectos secundarios, ya accesible a los médicos en ese momento, y defendida como inocua por la empresa.
Lynley volvió a la mesa. Todos se miraron entre sí, reconociendo la plausibilidad de esta conjetura. Recordaron la talidomida. Gracias a pruebas, regulaciones y restricciones, se había impedido hasta entonces la posibilidad de otra siniestra pesadilla teratológica. Sin embargo, a los empresarios sólo les interesan los beneficios rápidos. El hombre siempre ha sido así.
– Cabe la posibilidad de que, investigando un asunto diferente por completo, Mick se hubiera enterado de algo sospechoso -aventuró St. James-. Siguió el rastro hasta aquí. Entrevistó a empleados de Islington-Londres, y eso fue la causa de su muerte.
A pesar de sus esfuerzos, Lynley no se mostró de acuerdo con él.
– Pero ¿y la castración? -Se sentó en la cama y se frotó la frente-. Ninguna de las teorías que hemos apuntado lo explica todo.
Como para subrayar la decepción que implicaban sus palabras, el teléfono sonó. Deborah contestó. Lynley se puso en pie de un salto un segundo después de que la joven hablara.
– ¡Peter! ¿Dónde demonios estás? ¿Qué ocurre? No entiendo… Peter, por favor… ¿Que has llamado adonde? Espera, está aquí.
Lynley se precipitó hacia el teléfono.
– Maldita sea tu estampa, ¿dónde te has metido? -gritó-. ¿No sabes que Brooke…? Cállate y escúchame por una vez, Peter. Brooke está tan muerto como Mick… Me importa un bledo lo que tú quieras… ¿Qué?
Lynley calló, petrificado. Su cuerpo se puso rígido, pero su voz recobró de inmediato la calma.
– ¿Estás seguro? Escúchame, Peter, has de serenarte… Lo entiendo, pero no has de tocar nada. ¿Me has entendido, Peter? No toques nada. Déjala tal como está. Bien, dime tu dirección… Muy bien. Sí, ya la tengo. Voy enseguida.
Colgó el teléfono. Los demás tuvieron la impresión de que pasaba un minuto entero antes de que se volviera hacia ellos.
– Algo le ha pasado a Sasha.
– Creo que está colocado -dijo Lynley.
Lo cual explicaba, pensó St. James, por qué Lynley había insistido en que Deborah y lady Helen se quedaran en el apartamento. No quería que ninguna de las dos, en especial Deborah, viera a su hermano en ese estado.
– ¿Qué ha pasado?
El coche se adentró en Sussex Gardens, y Lynley maldijo cuando un taxi le cortó el paso. Se dirigió hacia Bayswater Road, atajando por la plaza Radnor y media docena de calles laterales para evitar los embotellamientos de las tardes.
– No sé. Gritaba sin cesar que Sasha estaba en la cama, que no se movía, que estaba muerta.
– ¿Por qué no le dijiste que llamara al teléfono de urgencias?
– Hostia, St. James, ¿y si está alucinando? Parecía que tuviera el mono. ¡Me cago en el puto tráfico!
– ¿Dónde está, Tommy?
– En Whitechapel.
Tardaron casi una hora en llegar, abriéndose camino entre una auténtica maraña de coches, camiones, autobuses y taxis. Lynley conocía la ciudad lo bastante bien para utilizar incontables calles laterales y callejones, pero cada vez que desembocaban en una arteria importante, su avance volvía a verse frustrado.
– Es por mi culpa -dijo Lynley, cuando circulaban por la calle New Oxford-. Sólo me ha faltado comprarle las drogas.
– No digas tonterías.
– Quería que tuviera lo mejor. Nunca le exigí que se lo ganara con su esfuerzo. Este es el resultado. Es culpa mía, St. James. El auténtico enfermo soy yo.
St. James miró por la ventanilla mientras meditaba una respuesta. Pensó en la energía que malgastaba la gente en evitar aquello que más necesitaba enfrentar. Llena sus vidas de distracciones y negativas, para descubrir al final que no existe escapatoria. ¿Desde cuándo intentaba evitar Lynley lo inevitable? ¿Desde cuándo hacía él lo mismo? Se había convertido en una costumbre para ambos. Al evitar escrupulosamente decirse mutuamente lo que debían, habían aprendido a adoptar la evasión en todos los planos significativos de sus vidas.
– No puedes responsabilizarte de todo en la vida, Tommy -dijo.
– Mi madre dijo prácticamente lo mismo la otra noche.
– Tenía razón. Te castigas cuando la responsabilidad recae también sobre otros. No lo hagas ahora.
Lynley le dirigió una rápida mirada.
– El accidente. Eso también, ¿verdad? Has intentado aliviarme de esa carga durante todos estos años, pero nunca lo conseguirás por completo. Yo conducía el coche, St. James. No importa que otros hechos atenúen mi culpabilidad; lo principal perdura. Yo conducía el coche aquella noche. Después, yo salí por mi propio pie, y tú no.
– No te culpé.
– No hizo falta. Ya me culpé yo.
Se desvió de la calle New Oxford e iniciaron otra serie de atajos por calles laterales y callejones, acercándose a la City y a Whitechapel, que estaba detrás.
– Debo culparme por lo de Peter; de lo contrario me volvería loco. El mejor paso que puedo dar a tal efecto en este momento es jurarte que, independientemente de lo que descubramos cuando lleguemos, será responsabilidad de Peter, no mía.
Encontraron el edificio en una calle angosta que partía de Brick Lane, donde un ruidoso grupo de niños paquistaníes jugaban al fútbol con una pelota de trapo. Utilizaban cuatro bolsas de plástico para basura como postes, pero una bolsa se había roto y su contenido estaba esparcido sobre la acera, aplastado y pisoteado por los pies de los niños.
Al ver el Bentley se interrumpió bruscamente el partido. Un círculo de rostros curiosos rodeó a Lynley y St. James cuando salieron del coche. Una atmósfera enrarecida flotaba en el ambiente, no sólo por la aprehensión que acompaña la aparición de extraños en un barrio cerrado en sí mismo, sino por el olor de posos de café, verduras podridas y frutas estropeadas. Los zapatos de los pequeños jugadores contribuían en gran medida al penetrante olor, como si estuvieran incrustados de deshechos orgánicos.