Porque, si Peter sabía lo de las drogas, si se las había pasado a Sasha, si la había ayudado a tomarlas, con la intención de pincharse después de volver del mercado… St. James sabía que Lynley era muy consciente de todas estas posibilidades, que podían configurar diversos grados de homicidio. Lynley quería que un equipo de confianza se responsabilizara de la investigación, por eso había llamado a la Metropolitana. St. James se preguntó qué oficial de la calle Victoria estaría telefoneando en este preciso momento a la comisaría de Bishopgate, explicando por qué el Yard invadía terreno ajeno.
Los oficiales subieron la escalera. Lynley salió a recibirlos en la puerta.
– Angus -saludó al hombre que encabezaba el grupo.
Era el inspector detective Angus McPherson, un fornido escocés que solía vestir trajes de lana antiguos que le hacían preguntarse a uno si los utilizaba por la noche como pijamas. Movió la cabeza en dirección a Lynley y caminó hacia la cama. El otro oficial le siguió. Sacó un pequeño cuaderno del bolso y un bolígrafo del bolsillo de la arrugada blusa color castañorrojizo. La sargento detective Barbara Havers, compañera de McPherson. St. James conocía a los dos.
– ¿Qué tenemos aquí? -murmuró McPherson. Rozó la sábana con las puntas de los dedos y miró hacia atrás cuando el resto del equipo entró en la habitación-. ¿Has movido algo, Tommy?
– Sólo la sábana. Estaba tapada cuando llegamos.
– Yo la tapé -dijo Peter-. Creí que estaba dormida.
Havers arqueó una expresiva e incrédula ceja. Escribió en su cuaderno. Miró a Lynley, a su hermano, y después al cadáver tendido sobre la cama.
– Fui a comprar huevos, y pan -añadió Peter-. Cuando volví…
Lynley se situó detrás de su hermano y apoyó una mano en el hombro de Peter. Fue suficiente para silenciarle. Havers volvió a mirarlos.
– ¿Cuándo volvió? -preguntó, sin la menor inflexión.
Peter miró a su hermano, como si pidiera consejo. Primero su lengua, y después sus dientes, buscaron el labio superior.
– Estaba así -dijo.
Los dedos de Lynley se apoyaron con más fuerza en el hombro de su hermano. Resultó evidente que la sargento Havers se había fijado, porque exhaló un breve bufido. Era una mujer que no poseía ninguna afinidad con Lynley, ni tampoco sentía la menor compasión por su situación. Se volvió hacia la cama. McPherson le habló en voz baja y rápida. La mujer continuó tomando notas.
Cuando McPherson hubo terminado su inspección preliminar, se reunió con Peter y Lynley. Los guió hasta el rincón más alejado de la habitación, mientras el forense ocupaba su lugar, poniéndose unos guantes de plástico. Escudriñó, tocó, palpó y examinó. Al cabo de pocos minutos, todo había concluido. Murmuró algo a Havers y dejó paso a los analistas del escenario del crimen.
St. James los observó mientras recogían pruebas, todos sus sentidos concentrados en el frasco de plata perteneciente a Sidney. Introdujeron en una bolsa y marcaron el vaso de agua que descansaba sobre la caja de fruta, al igual que la cuchara. Un fino residuo de polvo, que St. James no había visto en su primera inspección de la caja, fue cuidadosamente barrido de su superficie y guardado en un recipiente. Después, apartaron un poco la caja y recogieron el frasco. Cuando fue introducida en otra bolsa, las veinticuatro horas empezaron a contar.
St. James indicó a Lynley que iba a marcharse. Su amigo se acercó.
– Van a llevarse a Peter -dijo Lynley-. Iré con él. -Entonces, como si creyera que la intención de acompañar a su hermano desmentía su anterior decisión de que Peter afrontara su responsabilidad, añadió-: Debo hacerlo, St. James.
– Es muy comprensible.
– ¿Se lo dirás a Deborah? No tengo ni idea de cuánto tardaré.
– Por supuesto.
St. James pensó en la manera de formular su siguiente pregunta, sabiendo que Lynley, en cuanto la escuchara, llegaría a una conclusión que tal vez le impulsara a negarse. Aun así, necesitaba enterarse de los detalles, y tenía que hacerlo sin que Lynley supiera por qué. Procedió con suma cautela.
– ¿Me proporcionarás cierta información del Yard, en cuanto la obtengas?
– ¿Qué clase de información?
– La autopsia. Lo más completa posible. Cuanto antes.
– No pensarás que Peter…
– Se darán prisa por ti, Tommy. Es lo máximo que pueden hacer, dadas las circunstancias, y lo harán. ¿Me conseguirás esa información?
Lynley miró a su hermano. Peter había empezado a temblar. McPherson rebuscó en el montón de ropa caída en el suelo hasta encontrar una camiseta a rayas que tendió a Havers, quien a su vez la inspeccionó con deliberada lentitud antes de entregarla a Peter.
Lynley suspiró. Se frotó la nuca.
– Muy bien. La conseguiré.
En el asiento trasero del taxi que se dirigía hacia St. Paneras, St. James intentó extirpar de su mente cualquier pensamiento sobre su hermana, sustituyendo su imagen por un esfuerzo infructuoso de concebir algún plan de acción. Sólo consiguió invocar una legión de recuerdos, cada uno más apremiante que el anterior, cada uno exigiendo que la salvara. Se había detenido brevemente en Paddington para comunicar a Deborah el mensaje de Lynley. Aprovechó para llamar por teléfono al piso de su hermana, a la agencia de modelos, a su casa, sabiendo que estaba repitiendo los anteriores esfuerzos de lady Helen; lo sabía pero no le importaba, ni tan siquiera lo pensaba, sólo trataba de localizarla, sin ver otra cosa que el frasco de plata en el suelo y el trabajado grabado de las iniciales que lo identificaban como propiedad de Sidney.
Era consciente de la cercanía de Deborah, que miraba y escuchaba. Estaba sola en el piso (Helen se había marchado para investigar los mensajes grabados en el contestador automático de Mick y la carpeta etiquetada como «perspectivas») y St. James leyó su preocupación en las finas arrugas aparecidas en su frente mientras él no paraba de llamar, no paraba de preguntar por su hermana, no paraba de cosechar fracasos. Descubrió que, sobre todo, quería ocultar a Deborah la auténtica naturaleza de sus temores. La joven sabía que Sasha había muerto, y pensaba que estaba preocupado por la seguridad de Sidney. St. James tenía la firme intención de que siguiera abrigando esa idea.
– ¿No hay suerte? -preguntó Deborah, cuando St. James colgó el teléfono definitivamente.
Él negó con la cabeza y se acercó a la mesa sobre la que habían dejado los papeles encontrados en el apartamento de Mick Cambrey. Los dobló y guardó en el bolsillo de la chaqueta.
– ¿Puedo hacer algo? -preguntó Deborah-. Cualquier cosa. Por favor. Me siento tan inútil… Déjame ayudarte. -Parecía afligida y asustada-. No puedo creer que alguien quiera hacer daño a Sidney. Se habrá ido a algún sitio apartado, Simon. La muerte de Justin ha sido un golpe muy duro para ella. Necesita estar sola.
St. James sabía cuan cierta era la penúltima afirmación. Había sido testigo del dolor de su hermana en Cornualles, había percibido la furia que ese dolor provocaba. Pero se había marchado, y él lo había permitido. Sería responsable en gran parte de lo que pudiera ocurrirle a Sidney.
– No hay nada que puedas hacer -dijo.
Se dirigió a la puerta, impasible. Todas sus facciones se concentraron en dar cuerpo a una máscara impenetrable. Sabía que Deborah no comprendería esta reacción a su ofrecimiento. La interpretaría como un rechazo, como una venganza infantil por lo que había pasado entre los dos desde su regreso. Pero era inevitable.