Выбрать главу

– Simon, por favor.

– No se puede hacer nada más.

– Puedo ayudar. Tú lo sabes.

– No es necesario, Deborah.

– Déjame ayudarte a encontrarla.

– Espera a que llegue Tommy.

– No quiero…

Se interrumpió. St. James vio que una vena latía descontroladamente en su garganta. Aguardó a que continuara, pero Deborah respiró hondo y aguantó su mirada.

– Iré a Cheyne Row.

– Eso es absurdo. Sidney no irá allí.

– No me importa. Me voy.

No tenía tiempo ni ganas de discutir con ella. Se fue, dispuesto a llevar a cabo el propósito que le había impulsado a regresar a Londres, confiando en que una visita a Islington-Londres tal vez revelara la verdad oculta tras la muerte de Mick Cambrey. Confiando en que esta tercera muerte en Whitechapel estuviera relacionada con las dos primeras. Porque relacionarlas serviría para exculpar a Sidney. Y relacionarlas significaría perseguir el fantasma de Mick Cambrey. Estaba decidido a encarnar a este espectro de Cornualles. Al parecer, Islington-Londres era su última oportunidad en este sentido.

Pero, en el asiento posterior del taxi, notó que su mente agotada perdía la batalla contra fuerzas que atacaban su calma, devolviéndole a un tiempo y un lugar que pensaba haber dejado atrás para siempre. Se encontró de nuevo en el hospital y distinguió rostros confusos que surgían de la niebla creada por los estados de conciencia alternos y la droga que apaciguaba sus sufrimientos más inmediatos. David y Andrew consultaban entre susurros con los médicos; su madre y Helen, destrozadas por el dolor; Tommy, destrozado por la culpa, y Sidney. Diecisiete años, cabello revuelto y pendientes como satélites de comunicaciones. La extravagante Sidney, que le leía el más ridículo de los periódicos londinenses, que reía a carcajada limpia de sus groseros y sensacionalistas artículos. Siempre estaba a su lado, cada día, impidiendo que se hundiera por completo en la desesperación.

Más tarde, en Suiza. Recordó la amargura con que había contemplado los Alpes desde la ventana del hospital, detestando su cuerpo, despreciando su debilidad, enfrentándose por primera vez a la incuestionable realidad de que nunca más podría caminar con facilidad por aquellas montañas (ni por ningunas otras). Pero Sidney estaba con él, arrastrándole con gritos y reprimendas hacia la curación, negándose con tozudez a dejarle morir, a pesar de que él rezaba cada noche por ello.

Al recordar todo esto, se revolvió contra los hechos que no podía negar: la presencia de Sidney en el Soho, su relación con Justin Brooke, el fácil acceso a las drogas que su clase de vida, amistades y trabajo le permitía. Mientras intentaba convencerse una y otra vez de que ella no conocía a Mick Cambrey, de que era imposible y, por lo tanto, no podía estar relacionada con su muerte de ninguna manera, no olvidaba que, como Deborah le había contado, Sidney había visto a Tina Cogin en su apartamento. La propia Sidney había visto a Peter golpeando a una mujer en el Soho, una mujer cuya descripción encajaba con la de Tina. Existía una relación, aunque tan tenue, que podía considerarse insignificante. No debía pasarla por alto. Se preguntó dónde estaba. Sidney y qué había hecho, mientras veinticinco años de historia mutua insistían en que debía encontrarla antes que la policía.

Islington-Londres ocupaba un feo edificio no lejos de Gray's Inn Road. Su aspecto era sencillo y funcional, dos virtudes muy apreciadas por los arquitectos durante la Revolución Industrial. Un pequeño patio rodeado de verjas separaba el edificio de la calle, y en él se apretujaban media docena de coches y una furgoneta en la que se veía la inscripción islington sobre un mapa de Gran Bretaña, así como estrellas blancas esparcidas en los tres países, que indicaban la localización de las sucursales. Había diez en total; la más al norte Inverness, la más al sur Penzance. Parecía una empresa sólida.

Las gruesas paredes y la mullida alfombra del vestíbulo apagaban los ruidos de la calle. Una cinta de música ambiental reproducía en estos momentos una versión orquestal de Lucy in the Sky with Diamonds. Grandes y modernos lienzos al estilo de David Hockney colgaban de las paredes, sobre los sofás de diseño. Frente a ellos, una recepcionista con aspecto de adolescente que había decidido abandonar el colegio, atacaba el teclado de un ordenador con uñas de color magenta imposiblemente largas. Se había teñido el cabello a juego. Por lo visto, distinguió la presencia de St. James por el rabillo del ojo, porque, sin desviar la vista de la pantalla, movió los dedos en dirección a una pila de papeles que había sobre el escritorio. Hizo explotar el chicle antes de decir:

– Coja una solicitud.

– No he venido a pedir trabajo.

La muchacha no respondió. St. James reparó que llevaba unos auriculares minúsculos, de los que se utilizan para recibir dictados o tragar música de rock and roll que, por suerte, nadie más puede oír. Repitió la frase en voz alta. La chica levantó la vista y se quitó los auriculares a toda prisa.

– Lo siento. Una se acostumbra a la respuesta automática. -Atrajo un libro hacia sí-. ¿Tiene cita?

– ¿La gente que viene suele haber concertado una cita?

La chica masticó el chicle con aire pensativo y lo miró como si buscara un significado oculto.

– Por lo general -contestó-. Sí.

– ¿Nadie viene a efectuar compras?

El chicle explotó en la boca de la recepcionista.

– Las ventas se realizan en el exterior. Nadie viene aquí. Algún encargo telefónico de vez en cuando, pero no es como una farmacia.

Contempló a St. James mientras éste extraía los papeles doblados del bolsillo de la chaqueta y sacaba una foto de Mick Cambrey. Se la tendió y su mano entró en contacto con las brillantes uñas, que rozaron su piel. Llevaba una diminuta nota musical pegada a la uña del dedo anular, como si fuera una joya extravagante.

– ¿Ha concertado una cita este hombre para ver a alguien? -preguntó.

La joven sonrió cuando sus ojos se posaron en la foto.

– Ha estado aquí, en efecto.

– ¿Hace poco?

La muchacha tabaleó sobre el escritorio con las uñas mientras reflexionaba.

– Es un poco difícil, ¿no? Hace unas semanas, creo.

– ¿Sabe a quién vio?

– ¿Se llama…?

– Mick, Michael, Cambrey.

– Déjeme ver.

Abrió el libro y examinó varias páginas, una actividad que pareció proporcionarle la oportunidad de exhibir ampliamente sus uñas, pues, cada vez que pasaba una página, utilizaba una diferente para seguir la columna de días y nombres.

– ¿Un registro de visitantes? -preguntó St. James.

– Todo el mundo firma al entrar y salir. Seguridad, ya sabe.

– ¿Seguridad?

– Investigación de drogas. Nunca se es demasiado precavido. Aparece algo nuevo y todo el West End se muere de ganas por probarlo esa noche con una bebida. Ah, aquí está. Firmó la entrada a Pruebas Experimentales, departamento veinticinco. -Ojeó varias páginas más-. Aquí está otra vez. El mismo departamento, a la misma hora. Justo antes de comer. -Retrocedió varios meses-. Era muy regular.

– ¿Siempre el mismo departamento?

– Eso parece.

– ¿Puedo hablar con el director del departamento?

La joven cerró el libro y compuso una expresión afligida.

– Es un poco difícil. Sin cita previa. El pobre señor Malverd se ocupa de dos departamentos al mismo tiempo. ¿Por qué no me deja su nombre?

Se encogió de hombros, como sin prometer nada.

St. James no estaba dispuesto a rendirse.

– Este hombre, Mick Cambrey, fue asesinado el viernes por la noche.

El rostro de la recepcionista reflejó un inmediato interés.

– ¿Es usted de la policía? -preguntó, y añadió, en tono esperanzado-: ¿ De Scotland Yard?

St. James pensó por un momento en lo fácil que hubiera resultado todo si Lynley le hubiera acompañado. Sacó su tarjeta y se la tendió.