Ningún correo electrónico nuevo.
Echó la vista atrás e intentó calcular. Se acostó sobre las dos de la mañana, es decir, alrededor de las ocho de la tarde en Washington DC. Así que allí ya eran las once. Todo el mundo estaba trabajando a pleno rendimiento y nadie le había mandado nada en cuatro horas.
Intentó tranquilizarse diciéndose a sí mismo que estarían durmiendo.
Pero no lo consiguió. Era cada vez más evidente que le estaban dejando de lado. A medida que pasaba el tiempo sin que apareciera la presidenta, el papel de Warren Scifford se iba debilitando. A pesar de que todavía era el responsable de la comunicación con la Policía local, era evidente que la actividad en la embajada de la calle Drammen había bajado de intensidad sin que nadie le informara plenamente. Los detectives operativos del FBI, que habían llegado a Noruega pocas horas después de él, eran los reyes del mambo. Vivían en la embajada. Les habían proporcionado tecnología que hacía que su pequeña oficina con varios teléfonos móviles y un ordenador encriptado pareciera una triste donación a un museo técnico.
Les importaba un bledo la Policía noruega.
De todos modos, algunos seguían acudiendo a las reuniones para las que él procuraba encontrar hueco varias veces al día, en un intento de coordinar las iniciativas de los norteamericanos con lo que iba encontrando la Policía noruega, ya fueran pistas o teorías. Cuando los informó de que había sido encontrado el cadáver de Jeffrey Hunter, al menos le dedicaron algo que podía parecerse a la atención. Por lo que le había hecho entender el embajador, siguió una mínima crisis diplomática en torno a la entrega de los restos mortales del hombre.
Los noruegos querían quedárselo para investigarlo, pero en Estados Unidos simplemente no lo aceptaron.
– A mí me importa una mierda -susurró Warren Scifford restregándose la cara.
Se lo había advertido al embajador Wells.
– Se van a poner hechos una furia cuando se den cuenta de lo que os traéis entre manos -le había dicho Warren cuando se reunieron el día antes en la embajada-. Es cierto que tienen un gobierno favorable a Estados Unidos, pero por lo que tengo entendido éste es un país donde la oposición es fuerte. Son bastante testarudos, ya me lo advertiste, pero desde luego no son idiotas. No podemos…
El embajador lo había interrumpido con una mirada gélida y una voz que hizo callar a Warren:
– Soy yo quien conoce este país, Warren. Yo soy el representante de Estados Unidos en Noruega. Tengo tres reuniones diarias con el ministro de Asuntos Exteriores. El Gobierno de este país está constantemente informado de todo lo que hacemos. De todo lo que hacemos.
Era una mentira flagrante y ambos lo sabían.
Warren le dio un sorbo al té. No tenía mucho sabor, pero al menos estaba caliente, al igual que la habitación. Demasiado caliente. Se acercó al termostato de la pared para intentar bajar la temperatura. Nunca había acabado de entender el sistema Celsius. El interruptor marcaba 25 grados, y era obvio que era demasiado. Tal vez 15 fuera mejor. Puso la mano frente al filtro en la pared y el aire bajó de inmediato de temperatura.
Vaciló un momento antes de volver a apagar el ordenador. Tenía dos documentos sobre su escritorio. Uno de ellos era tan grueso como un libro. El otro apenas tenía veinte páginas. Cogió los dos, apiló todos los cojines que encontró en el cabecero de la cama y se acostó.
Primero ojeó el informe secreto sobre el estado de la investigación, que tenía más de doscientas páginas y no le había sido enviado por correo electrónico codificado como estaba acordado. Cuando se enteró por casualidad de su existencia, al escuchar retazos de una conversación en el cuartel general de la embajada, tuvo que pelearse para que le dieran una copia. Conrad Victory, un agente especial de sesenta años, que dirigía las fuerzas de la embajada, opinaba que a Warren no le hacía falta el documento. En situaciones como éstas operaban estrictamente según una need-to-know policy, cosa que Warren, con su experiencia, debía de entender sin problemas. Su papel consistía en hacer de enlace entre la Policía estadounidense y la noruega. El mismo se había quejado de lo difícil que era resistirse a la presión de los noruegos para tener acceso a la información de la que disponían los norteamericanos. Cuanto menos supiera, menos le podría dar la lata la Policía de Oslo.
Sin embargo, Warren no se rindió. Al ver que no le quedaba otro remedio, no evitó subrayar su cercana relación personal con la presidenta. Entre líneas, evidentemente. Pero funcionó. Por fin.
Se había arrojado a la cama a las dos de la mañana y apenas había mirado el documento hasta ese momento.
La lectura lo estaba asustando.
La intensa caza de los secuestradores de la presidenta indicaba cada vez más claramente que la desaparición iría seguida de una agresión terrorista de grandes dimensiones. Ni el FBI ni la CIA ni ninguna de las demás organizaciones bajo el abanico de Homeland Security estaban dispuestos a emplear el nombre que la BS-Unit de Warren Scifford le había dado al potencial ataque: «Troya».
Todavía no se atrevían a darle nombre alguno.
Ni siquiera se atrevían a estar seguros de que iba a ocurrir.
El problema era que nadie sabía contra quién o qué iría dirigido el ataque. La información de la que disponía era enorme, en lo referente a la cantidad de pistas e informes, especulaciones y teorías. Pero era considerablemente fragmentaria, confusa y contradictoria.
Podía tratarse de una conspiración del terrorismo islamista.
Lo más probable era que se tratara de una conspiración del terrorismo islamista.
Tenía que ser el terrorismo islamista.
Los informes indicaban que las autoridades tenían controlados a todos los criminales y agresores potenciales, además de a los terroristas en activo; en la medida en que se pudiera usar la palabra «control» en ese contexto. Pero también en los grupos de ciudadanos norteamericanos retorcidos y fanáticos, había siempre una amenaza latente, como bien demostró el veterano del Golfo y fanático de las armas Timothy McVeigh, que en 1995 mató a 168 personas con una bomba en Oklahoma City. El problema era que no había el más mínimo indicio de actividad extraordinaria en los grupos ultrarreaccionarios de Estados Unidos. Seguían vigilados, incluso después del 11-S, cuando la mayoría de la atención se dirigió hacia metas completamente distintas. Tampoco había nada que indicara que las organizaciones extremistas de protección de animales o del medio ambiente hubieran dado el paso desde sus incómodas acciones ilegales al terrorismo. Estados Unidos estaba repleto de grupos religiosos de carácter fanático, pero, por lo general, sólo suponían una amenaza contra sí mismos. Además, tampoco entre ellos parecía ocurrir nada extraordinario.
Por otro lado, secuestrar a la presidenta en una habitación de hotel en Noruega quedaba a años luz de lo que las agrupaciones estadounidenses conocidas eran capaces de hacer con sus conocimientos y sus medios.
Tenía que ser una conspiración islamista.
Warren se enderezó las gafas.
Le fascinaba la angustia que impregnaba todo el informe. En más de treinta años en el FBI, Warren Scifford nunca había leído un análisis profesional tan marcado por el pensamiento catastrofista. Era como si, por fin, todo el sistema de la Homeland Security se hubiera dado cuenta de la verdad: alguien había conseguido hacer lo imposible. Lo impensable. Alguien había secuestrado a la Commander in Chief estadounidense, y era difícil imaginarse los límites de lo que aquellas fuerzas oscuras serían capaces de hacer.
Se sospechaba que el ataque iría dirigido contra varias instalaciones en tierra norteamericana, pero no se había identificado cuáles. Se basaban en una serie de informes y sucesos, pero los informes eran deficientes y los sucesos ambiguos.