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Lo más preocupante y confuso eran los chivatazos.

Las autoridades norteamericanas recibían constantemente información por esa vía, y casi nunca eran de fiar. Habitantes de chalés de lujo que querían fastidiar al vecino con incómodas investigaciones realizadas por policías de uniforme podían inventarse cosas de lo más imaginativas que afirmaban haber visto por encima de la valla: visitas sospechosas, ruidos extraños por la noche, comportamientos inusuales y almacenamiento de materiales que parecían explosivos. O tal vez incluso una bomba. A los tiburones inmobiliarios les podía ser útil y sencillo recibir ayuda del FBI para librarse de inquilinos molestos. No había límites para lo que la gente sostenía haber visto: árabes entrando y saliendo a todas horas del día y de la noche, conversaciones en lenguas extranjeras y traslado de cajas que sólo Dios sabría qué contenían. Había incluso jóvenes a los que se les podía ocurrir enviar un chivatazo acusando de terrorismo a algún compañero de estudios, por la única razón de que había sido lo bastante impertinente como para ligarse a una chica a la que tendría que haber dejado tranquila.

En esta ocasión los chivatazos parecían más bien advertencias.

Una cantidad inusual de mensajes anónimos había llegado a las field offices del FBI en las últimas horas. Unos llamaban, otros usaban el correo electrónico. El contenido no solía ser exactamente el mismo, pero todos afirmaban que iba a suceder algo, algo que dejaría a lo del 11-S en un segundo plano. La mayoría de ellos sugería que Estados Unidos era una nación débil que ni siquiera era capaz de cuidar a su propia presidenta. Ellos mismos eran responsables de tener el flanco desprotegido. En esta ocasión, la catástrofe no iría dirigida contra una zona delimitada. Esta vez, Estados Unidos sufriría del mismo modo que ellos habían hecho sufrir a otros en el resto del mundo.

It was payback time.

Lo más preocupante era que resultaba imposible localizar las llamadas telefónicas.

Era incomprensible.

Las muchas organizaciones que se encargaban de la Homeland Security creían poseer una ventaja tecnológica absoluta que les permitía rastrear cualquier llamada telefónica que se hubiera realizado en Estados Unidos o que se dirigiera a tierra norteamericana. Por lo general, tampoco les llevaba más de unos minutos conseguir identificar el ordenador de un remitente. Bajo la sombra de los amplios poderes que George W.Bush le había concedido durante los años posteriores al año 2001, la National Security Agency había construido un sistema que, según creían, garantizaba un control prácticamente total sobre la comunicación telefónica y electrónica. El hecho de que en sus esfuerzos por alcanzar la eficacia completa fueran más allá de los poderes que se les habían concedido no los preocupaba lo más mínimo. Tenían un trabajo que hacer. Tenían que cuidar de la seguridad nacional. Los pocos que habían tenido ocasión de descubrir y denunciar las ilegalidades escogieron apartar la mirada.

El enemigo era poderoso y peligroso.

Estados Unidos debía defenderse a toda costa.

Sin embargo, resultaba imposible rastrear aquellos mensajes de amenaza. Al menos no hasta el sitio correcto. Su increíble tecnología no tardaba en proporcionarles la dirección IP del remitente o su número de teléfono, pero cuando investigaban, resultaba que la información era errónea. Cuando la oscura voz de un hombre advertía por teléfono a las autoridades norteamericanas que no debían ser tan arrogantes ni acosar a ciudadanos decentes cuyo único delito era tener un padre palestino, resultaba que la llamada provenía del aparato telefónico de una anciana de setenta años de Lake Placid, Nueva York. En el momento en que la llamada llegaba a las oficinas del FBI en Manhattan, resultaba que la mujer estaba reunida con cuatro amigas tan encantadoras como ella, que tomaban el té en su casa. Ninguna de ellas había usado el teléfono, podían jurarlo por Dios, y el extracto de la compañía telefónica local indicaba que las viudas tenían razón: nadie había utilizado ese aparato telefónico a la hora en cuestión.

El té ya no estaba tan caliente. Warren bebió. Durante un instante se le empañaron las gafas, como por un aliento.

Pasó deprisa por la parte más técnica del informe. No se enteraba de gran cosa, pero los detalles de esa sección tampoco le interesaban especialmente. Lo que estaba buscando eran las conclusiones, que encontró en la página 173.

No era imposible manipular los remitentes del modo en que se había hecho.

«Una conclusión bastante innecesaria -pensó Warren-. ¡Ya habéis documentado el fenómeno con 130 casos!»

Intentó colocar mejor un cojín detrás de su cabeza antes de seguir leyendo.

Una manipulación de este tipo exigía medios ingentes. Que sí. Nadie piensa que esto lo haya hecho un don nadie.

Y probablemente un satélite de comunicaciones propio, o al menos acceso a uno. Alquilado o robado.

¿Un satélite? ¿Una puta nave espacial?

A Warren le estaba entrando frío. Al parecer 15 grados Celsisus eran bastante fresco. Volvió a levantarse para corregir la temperatura. Esta vez apostó por 20 grados, y luego se sentó de nuevo en la cama para seguir leyendo.

Dado que los satélites de este tipo estaban en órbita estacionaria a unos cuarenta mil kilómetros de distancia de la Tierra, los sucesos eran compatibles con el uso de un satélite árabe. Varias de las llamadas y de los correos electrónicos estaban vinculados con teléfonos y ordenadores de la costa Este de Estados Unidos.

Era difícil que un satélite árabe pudiera adentrarse en el país más allá de eso.

Pero la costa Este sí podían manejarla.

«Rastread -pensó Warren, que siguió hojeando con impaciencia-. Con todos los miles de millones de presupuesto que tenemos, con todos los poderes y la tecnología de la que disponemos, ¿qué ha pasado con el rastreado y la reconstrucción de las llamadas y los correos?»

Warren Scifford era un profiler.

La técnica le infundía respeto, al igual que los muchos años que había pasado buscando a asesinos en serie y a sádicos asesinos sexuales le habían dotado de un profundo respeto por los forenses y su magia con la química y la física, la electrónica y la tecnología. A veces incluso veía a escondidas algún capítulo de C.S.I., debido a su profundo respeto por la materia.

Pero él no entendía de eso. Podía encender un ordenador, aprenderse unos códigos y darse por satisfecho de que otros se encargaran de la tecnología.

Su especialidad era el alma.

Y ésta no se la podía imaginar.

Siguió leyendo.

Las pistas y los chivatazos se habían interrumpido bruscamente a las 09.14 de la mañana, eastern time. En el momento exacto en que el FBI se personó en la primera dirección que habían averiguado. Según el registro de la NSA, alguien había llamado a los cuarteles generales del FBI en Quantico desde una casita de Everglades, Florida, advirtiendo de que Estados Unidos estaba a punto de caer.

En la casa vivía un hombre mayor que veía mal y que oía peor. Su aparato telefónico ni siquiera estaba conectado. Lo tenía en el sótano cubierto de polvo, pero todavía pagaba la línea porque tenía un hijo en Miami que le pagaba las facturas, sin pensárselo muy bien, por lo que se veía. Probablemente hacía años que no visitaba al viejo.

Y en ese instante se interrumpieron las llamadas.

Desde entonces no habían vuelto a tener noticias.

El informe terminaba diciendo que estaban analizando la voz y el idioma de las grabaciones. Por ahora, la investigación de las cintas con las grabaciones de las llamadas y de los casi sesenta correos electrónicos no había aportado nada valioso. Las voces estaban manipuladas, así que no era bueno albergar demasiadas esperanzas. Lo único que se podía decir con cierta seguridad era que todos los que habían llamado eran hombres. Por razones evidentes, resultaba más difícil determinar el sexo de los remitentes de los correos electrónicos.