Выбрать главу

Fin del informe.

Warren tenía hambre.

Cogió una chocolatina del minibar y abrió una botella de Coca-Cola. Ni lo uno ni lo otro le supieron bien, pero le ayudó a subir el nivel de azúcar en sangre. El leve dolor de cabeza que le provocaba la falta de sueño desapareció.

Volvió a tenderse en la cama. El grueso documento cayó al suelo. Las instrucciones decían que debía de ser destruido de inmediato. Tendrían que esperar. Cogió el delgado montón de papeles y lo sostuvo en el aire durante unos segundos. Luego apoyó el brazo en el edredón.

Aquel pequeño informe era una obra maestra.

El problema era que nadie parecía especialmente interesado en leerlo, y mucho menos en actuar conforme a él.

Warren se lo sabía casi de memoria, aunque sólo lo había leído dos veces. El informe había sido elaborado por la BS-Unit en Washington, y él mismo había contribuido tanto como le había sido posible desde aquel país dejado de la mano de Dios al que llamaban Noruega.

Warren añoraba su país. Cerró los ojos.

Últimamente se sentía mayor, cada vez con más frecuencia. No sólo mayor, sino realmente viejo. Estaba cansado y había asumido más de lo que podía al aceptar el nuevo trabajo. Quería volver a Quantico, a Virginia, con su familia. Con Kathleen, que se había mantenido a su lado a pesar de sus múltiples y humillantes aventuras durante todos aquellos años. Con sus hijos ya adultos, que tenían sus propias casas en las cercanías de la vivienda de su infancia. A su propia casa y a su jardín. Quería volver a casa; sentía una fuerte presión por debajo de las costillas que no desaparecía aunque tragara saliva varias veces.

El delgado informe era un perfil.

Como siempre, habían empezado a trabajar por las acciones y los sucesos. La BS-Unit se movía a lo largo de líneas del tiempo y en profundidad, contextualizaban los acontecimientos y analizaban las relaciones causales y los efectos. Estudiaban minuciosamente los gastos y la complejidad. Cada detalle de la sucesión de acontecimientos era contrastado con las soluciones alternativas, para así poder empezar a aproximarse a los motivos y a las actitudes de quienes estaban detrás del secuestro de Madame Président.

La imagen que se dibujaba a lo largo de las veinte páginas asustaba a Warren y sus leales colaboradores de la BS-Unit, al menos tanto como el grueso informe que tenía aterrorizado al resto del FBI.

Habían creído que tenían que dibujar el perfil de una organización, de un grupo de personas, una célula terrorista. Posiblemente un pequeño ejército en guerra santa contra la obra satánica: Estados Unidos.

Sin embargo, intuían el contorno de un único hombre.

Un único hombre.

Era obvio que no podía trabajar solo. Todo lo que había sucedido desde que la BS-Unit por primera vez viera vagos indicios de Troya, seis semanas antes, indicaba que el número de personas implicadas era alto.

El problema era que no parecía que estuvieran juntos, de ningún modo. En vez de acercarse a la descripción de una organización terrorista, la BS-Unit había avistado un único actor que utilizaba a la gente del mismo modo en que otros utilizan herramientas, y que tenía la misma falta de lealtad, u otras emociones humanas, hacia sus colaboradores que otros hubieran tenido hacia sus herramientas.

No se había hecho nada para proteger posteriormente a los diversos cómplices. Una vez que cumplían su función, no había ningún aparato de protección. Gerhard Skrøder fue arrojado a los leones, del mismo modo que el limpiador pakistaní y todas las demás piezas del enorme rompecabezas.

Cosa que necesariamente tenía que significar que no tenían la menor idea de para quién trabajaban.

Warren bostezó, sacudió la cabeza y abrió los ojos como platos a fin de detener las lágrimas. La mano que todavía sostenía el informe pesaba como el plomo. Se sobrepuso, alzó la mano y pasó los ojos por la primera página.

La primera hoja estaba coronada por un título discreto: «The Guilty. A profile of the abductor».

El Culpable.

Warren no estaba seguro de que le gustara el nombre que habían escogido. Por otro lado, al menos era lo suficientemente neutral, sin connotaciones étnicas o nacionales. Una vez más intentó acomodarse y siguió leyendo.

I.i. The abduction.

Acostumbraban a tomar como punto de partida el suceso nuclear.

El propio secuestro de la presidenta ya proporcionaba marcadas indicaciones sobre el perfil del autor de los hechos. Desde el mismo momento en que un alterado agente lo despertó en su piso de Washington DC para contarle que al parecer la presidenta había sido secuestrada en Noruega, Warren se sentía muy aturdido. Durante todo el vuelo a Europa había estado esperando, casi deseando, encontrarse al llegar con la noticia de que la Madame Président había sido encontrada muerta.

El que pudieran encontrarla con vida quedaba completamente descartado.

La cuestión principal había sido todo el tiempo responder a una pregunta: ¿por qué un secuestro? ¿Por qué no mataron a Helen Bentley? Conforme a todas las medidas estándares, era mucho más sencillo llevar a cabo un atentado; era, además, por tanto, menos arriesgado. Era obvio que ser la Commander in Chief de Estados Unidos era una profesión de riesgo, pues era imposible proteger totalmente a un persona de los atentados repentinos y mortales de otras personas, a no ser que se la aislara por completo.

El secuestro debía de tener un valor propio. Tenía que suponer una gran ventaja mantener a Estados Unidos en la incertidumbre, antes que permitir que los norteamericanos se unieran en el luto y horror común provocado por el asesinato de una presidenta.

Una consecuencia evidente de la desaparición era que el país se volvía más vulnerable a los ataques.

Sólo de pensarlo, Warren se estremecía.

Pasó a la hoja siguiente antes de agarrar la botella de Coca-Cola y beber. Seguía teniendo un nudo en el estómago que no era capaz de definir del todo y, por un momento, se preguntó si tendría que encargar algo de comer para ver si se le pasaba. Pero el reloj del teléfono móvil indicaba las seis menos tres minutos, y renunció a la idea. Empezarían a servir el desayuno una hora más tarde.

Emplear al agente del Secret Service Jeffrey Hunter fue tan genial como sencillo. Aunque en teoría tal vez habría sido posible secuestrar a la presidenta sin ayuda de dentro, resultaba casi imposible imaginarse cómo se podría hacer algo así en la práctica. El hecho de que el Culpable contara con un apoyo en Estados Unidos capaz de llevar a cabo dos secuestros de un niño autista para asustar a un agente profesional de la seguridad a fin de que colaborara, se añadía a la serie de elementos que hacían el perfil cada vez más visible. Y al mismo tiempo, más aterrador.

Sonó el teléfono.

El ruido le pilló tan desprevenido que se le volcó la botella de Coca-Cola que tenía sujeta entre los muslos. Bramó una maldición, consiguió salvar el resto del negro líquido pegajoso y agarró el teléfono.

– Hola -jadeó mientras secaba el edredón con la mano libre.

– Warren -dijo una voz a lo lejos.

– ¿Sí?

– Soy Colin.

– Ah, hola, Colin. Te oigo muy lejos.

– Tengo que ser rápido.

– Da la impresión de que estás susurrando. ¡Habla más alto!

– Joder, Warren, escúchame. No tenemos muy buena prensa en estos momentos.

– No, yo también me doy cuenta.

Colin Wolf y Warren Scifford llevaban diez años trabajando juntos. El agente especial tenía su misma edad y había sido su primera opción cuando Warren montó la BS-Unit. Colin era de la vieja escuela. Tenía el aspecto de un oso y era minucioso, tranquilo y objetivo. En aquellos momentos su voz sonaba un poco más aguda de lo normal y era evidente que el desfase en el sonido le ponía nervioso.