Ahora había hielo en su mirada, pero debajo del mismo, asomando, Eve creyó ver algo más. Pánico no, todavía. Pero sí cautela y preocupación.
– ¿Está seguro de que la caja que describió existe, se?ñor Redford?
– Yo la vi.
– ¿Y la llave?
– ¿La llave? -Cogió un vaso de agua. La mano seguía firme, pero Eve pudo haber jurado que la mente pensaba a toda velocidad-. La llevaba colgada al cuello, de una cadena de oro.
– Ni en el cadáver ni en la escena del crimen se en?contró ninguna llave. Tampoco una cadena.
– Entonces supongo que se la llevó el asesino, ¿ver?dad, teniente?
– ¿Llevaba la llave a la vista?
– No. Pandora… -Su mandíbula estaba tensa-. Muy buena, teniente. Que yo sepa, la llevaba bajo la ropa. Pero como ya he declarado, no soy el único que veía a Pandora sin ropa.
– ¿Por qué le pagaba usted?
– ¿Cómo dice?
– En los últimos dieciocho meses usted hizo transfe?rencias por valor de más de trescientos mil dólares a las cuentas de crédito de la víctima. ¿Por qué?
Redford la miró sin expresión, pero ella vio en sus ojos, por primera vez, el miedo.
– Lo que yo haga con mi dinero es asunto mío.
– Se equivoca. Cuando hay un asesinato la cosa cam?bia. ¿Pandora le estaba chantajeando?
– Eso es ridículo.
– No crea. Ella le amenazó con algo peligroso, emba?razoso para usted, algo con lo que ella disfrutaba. Pan?dora le iba exigiendo pequeños pagos de vez en cuando, y algunos no tan pequeños. Imagino que era el tipo de persona que alardeaba de tener ese poder. Un hombre podría cansarse de esa situación. Un hombre podía ha?ber empezado a ver que sólo quedaba una solución. No era el dinero lo más importante, ¿verdad señor Redford? Era el poder, el dominio, y esa satisfacción personal que ella no dejaba de pasarle por la cara.
Redford empezó a respirar irregularmente, pero sin alterar las facciones.
– Pandora podía llegar a esos extremos, supongo. Pero no tenía nada contra mí, teniente, y yo no hubiera tolerado amenazas.
– ¿Qué habría hecho usted?
– Un hombre en mi posición puede permitirse el lujo de hacer caso omiso. En mi profesión, el éxito importa mucho más que el cotilleo.
– Entonces ¿por qué le pagaba? ¿Por el sexo?
– Eso es un insulto.
– No, imagino que un hombre de su posición no habría pagado por acostarse. Pero eso podía hacerlo to?davía más excitante. ¿Frecuenta usted el Down amp; Dirty, en el East End?
– No frecuento el East End, ni tampoco un club de segunda como ése.
– Pero sabe lo que es. ¿Estuvo alguna vez allí con Pandora?
– No.
– ¿Y solo?
– He dicho que no.
– ¿Dónde estuvo el diez de junio, aproximadamente a las dos de la madrugada?
– ¿Por qué?
– ¿Puede verificar su paradero en esa fecha y hora?
– No sé dónde estuve. No tengo respuesta.
– ¿Sus pagos a Pandora eran pagos de negocios, rega?los tal vez?
– Sí y no. -Golpeó la mesa-. Creo que ahora sí qui?siera consultar a un abogado.
– De acuerdo. Usted manda. Interrumpimos la en?trevista para dejar que un individuo ejerza su derecho a asesoría jurídica. Desconectar. -Eve sonrió-. Es mejor que se lo cuente todo. Que se lo cuente a alguien. Y si no está solo en este asunto, le aconsejo que empiece a pen?sar seriamente en hacer algo. -Se apañó de la mesa-. Afuera hay un teleenlace público.
– Tengo el mío -dijo él muy tieso-. Si es tan amable de decirme dónde puedo hablar en privado. -Cómo no. Venga conmigo.
Eve consiguió eludir a Whitney transmitiendo un infor?me de puesta al día y no apareciendo por su despacho. Luego cogió a Peabody y se dirigió a la salida.
– Ha desconcertado a Redford. De veras que sí.
– Ésa era la idea.
– Fue por la manera de atacarle desde diferentes ángu?los. Primero todo muy correcto y luego, zas, le pone la zancadilla.
– Sabrá levantarse. Aún me queda el pago que le hizo a Fitzgerald para pincharle, pero ahora estará sobre aviso.
– Sí, y ya no le va a subestimar. ¿Cree que lo hizo él?
– Pudo hacerlo. Odiaba a Pandora. Si podemos rela?cionarlo con la droga… ya veremos. -Tantas cosas que explorar, pensó ella, y el tiempo se estaba agotando, ca?mino de la audiencia previa al proceso contra Mavis. Debía descubrir algo decisivo antes de un par de días-. Quiero identificar ese elemento X. Necesito saber quién es la fuente. Es la clave de todo.
– ¿Ahí es donde piensa hacer intervenir a Casto? Es una pregunta profesional.
– Puede que él tenga mejores contactos. En cuanto hayamos aclarado lo de la sustancia desconocida, habla?ré con él. -Su enlace pitó. Eve dio un respingo-. Mierda, mierda y mierda. Es Whitney, seguro. -Se puso seria y respondió-. Aquí Dallas.
– ¿Qué diablos está haciendo?
– Verificando una pista, señor. Voy camino del labo?ratorio.
– Dejé orden de que estuviera en mi despacho a las nueve en punto.
– Lo siento, comandante. No he recibido esa transmisión. No he pasado por mi despacho. Si tiene mi in?forme, verá que esta mañana he estado liada en Interro?gatorios. El hombre está ahora mismo consultando a sus abogados. Creo que…
– Pare el carro, teniente. He hablado con la doctora Mira hace unos minutos.
Eve notó que la piel se le ponía tiesa, fría como el hielo.
– Señor.
– Me decepciona usted, teniente. -Habló despacio, con dureza-. Es una lástima que haya hecho perder tiempo al departamento por este asunto. No tenemos la menor intención de investigar formalmente ni de hacer ningún tipo de pesquisa sobre el incidente. El asunto está cerrado, y así se va a quedar. ¿Lo ha comprendido, teniente?
Alivio, culpa, gratitud: todo revuelto.
– Señor, yo… Sí. Comprendido.
– Muy bien. La filtración a Canal 75 ha originado bastantes problemas en la Central.
– Sí, señor. -Devuelve el golpe, pensó. Piensa en Mavis-. No me cabe duda.
– Usted conoce de sobra la política del departamento sobre filtraciones no autorizadas.
– Perfectamente.
– ¿Cómo está la señorita Furst?
– En pantalla se la veía bastante bien, comandante.
Whitney frunció el entrecejo, pero en su mirada apareció un brillo inequívoco.
– Ándese con ojo, Dallas. Y preséntese en mi despa?cho a las seis en punto. Tenemos una condenada rueda de prensa.
– Buen regate -la felicitó Peabody-. Y todo es ver?dad menos lo de que íbamos camino del laboratorio.
– Pero no he dicho de cuál.
– ¿Y el otro asunto? El comandante parecía mosqueado. ¿Tiene alguna cosa más entre manos? ¿Algo relacio?nado con este caso?
– No; es agua pasada. -Contenta de haber superado el mal trago, Eve fue hacia la puerta de Futures Labora?tories amp; Research, subsidiaria de Industrias Roarke-. Teniente Dallas, policía de Nueva York -anunció por el escáner.
– La están esperando, teniente. Diríjase a la zona de aparcamiento azul. Deje allí su vehículo y tome el trans?porte C hasta el complejo este, sector seis, nivel uno.
Allí los recibió una androide del laboratorio, una morena atractiva de piel blanca como la leche, ojos azul claro y una placa que la identificaba como Anna-6. Su voz era tan melodiosa como unas campanas de iglesia.
– Buenas tardes, teniente. Espero que no haya tenido problema para encontrarnos.
– No, ninguno.
– Muy bien. La doctora Engrave les recibirá en el solárium. Es un sitio muy agradable. Si quieren se?guirme…
– Es un androide -murmuró Peabody por lo bajo, y Anna-6 se volvió sonriendo con toda simpatía.
– Soy un modelo nuevo, experimental. Sólo hay otros nueve como yo, y todos trabajamos aquí, en este complejo. Esperamos estar en el mercado dentro de seis meses. Se ha investigado mucho para fabricarnos y, por desgracia, el precio aún es prohibitivo. Confiamos en que las grandes industrias juzgarán útil ese gasto has?ta que podamos ser producidos en masa a un precio com?petitivo.