– Así que Capullo Inmortal es un espécimen contro?lado.
– Por el momento sí. Tiene cierta utilidad en medici?na y especialmente en cosmética. La ingestión del néctar puede producir una luminescencia del cutis, una nueva elasticidad y una apariencia de juventud.
– Pero es un veneno. Su consumo a largo plazo daña el sistema nervioso. Nuestro laboratorio lo ha confirmado.
– El arsénico también, pero las señoras finas lo toma?ban en pequeñas dosis para tener la piel más blanca y más clara. Para algunos, la belleza y la juventud son pro?blemas desesperantes. -Engrave se encogió de hombros en señal de rechazo-. En combinación con los otros ele?mentos de la fórmula, este néctar actúa como activador. El resultado es una sustancia altamente adictiva que au?menta la energía y la fuerza física, potencia el deseo se?xual y la sensación de renovada juventud. Y como, al no estar controlados, estos híbridos pueden propagarse como conejos, nuestro Capullo Inmortal puede seguir produciéndose a bajo precio y gran escala.
– ¿Se propagarían igual en las condiciones en la Tierra?
– Desde luego. La colonia Edén produce plantas y flora en general para las condiciones planetarias.
– Bien, usted tiene unas plantas -reflexionó Eve-. Y un laboratorio, las otras sustancias químicas.
– Y usted tiene una ilegal muy atractiva para las ma?sas. Pague -dijo Engrave con una sonrisa amarga-, sea fuerte, sea guapo, sea joven y sexy. El que consiguió esta fórmula sabía de química y se conocía a sí mismo; y ade?más comprende la belleza del lucro.
– Belleza letal.
– Sí, por supuesto. De cuatro a seis años de consumo regular pueden acabar con cualquiera. El sistema ner?vioso diría basta. Pero cuatro o seis años es muchísimo tiempo y alguien va a obtener, como suele decirse, pin?gües beneficios.
– ¿Cómo sabe usted tanto de esta cosa, como se lla?me, si su cultivo está limitado a Edén?
– Porque soy la mejor en mi campo, porque hago mis deberes y porque resulta que mi hija es apicultora jefe en Edén. Un laboratorio autorizado como éste, o un exper?to en horticultura pueden, con ciertas restricciones, im?portar un espécimen.
– ¿Significa eso que usted ya tenía algunas plantas de esas?
– Casi todo réplicas, simulaciones inofensivas, pero algunas genuinas. Reguladas para consumo controlado, de puertas adentro. Bueno, tengo trabajo con unas ro?sas. Lleve el informe y las dos muestras a sus chicos lis?tos de la Central. A ver si son capaces de sacar algo en claro.
– ¿Se encuentra bien, Peabody? -Eve cogió el brazo de su ayudante con mano firme al abrir la puerta del coche.
– Sí, sólo que muy relajada.
– Demasiado para conducir -dijo Eve-. Pensaba de?cirle que me dejara en la floristería. Plan B: pasamos de largo y come usted alguna cosa para contrarrestar el efecto de la esnifada floral y luego lleva usted las mues?tras y el informe de Engrave al laboratorio.
– Dallas. -Peabody apoyó la cabeza en el respaldo-. De verdad que me siento de maravilla.
Eve la miró con cautela.
– ¿No irá usted a besarme o algo así?
Peabody la miró de reojo.
– No es mi tipo. Además, no es que esté cachonda. Sólo bien. Si tomar eso es parecido a oler esa flor, la gen?te se volverá loca por probarlo.
– Sí. Creo que alguien se ha vuelto ya lo bastante loco para matar a tres personas.
Eve entró a toda prisa en la floristería. Le quedaban veinte minutos si pensaba seguir a los otros sospecho?sos, acosarlos, volver a la Central para archivar su infor?me y asistir a la rueda de prensa.
Divisó a Roarke cerca de unos árboles pequeños y floridos.
– Nuestra asesora floral nos está esperando.
– Lo siento. -Se preguntó para qué querría nadie unos árboles enanos. La hacían sentir como un mons?truo de feria-. Me he retrasado.
– Yo acabo de llegar. ¿Te ha servido de ayuda la doc?tora Engrave?
– Desde luego. Menudo carácter tiene. -Le siguió bajo un fragante emparrado-. He conocido a Anna-6.
– Ah, ya. Creo que esos androides serán un éxito.
– Sobre todo con los adolescentes.
Roarke se rió y le metió prisa.
– Mark, te presento a mi novia, Eve Dallas.
– Ah, sí. -Tenía cara de simpático, y su apretón de manos fue como el de un luchador-. A ver qué podemos hacer. Las bodas son un tema complicado, y no me han dejado mucho tiempo.
– Él tampoco me ha dejado mucho tiempo a mí.
Mark rió y se tocó el pelo plateado.
– Siéntense y relájense. Tomen un poco de té. Tengo muchas cosas que enseñarles.
A ella no le importaba. Le gustaban las flores. Sólo que no sabía que pudiera haber tantas. Pasados cinco minutos, su cabeza empezó a dar vueltas de tanta orquí?dea y lirio y rosa y gardenia.
– Sencillo -decidió Roarke-. Tradicional. Nada de imitaciones.
– Por supuesto. Tengo unos hologramas que quizá les den alguna idea. Como la boda será al aire libre, les sugiero una pérgola, glicinas. Es muy tradicional, y tie?nen una fragancia encantadora, muy al viejo estilo.
Eve estudió los hologramas y trató de imaginarse bajo una pérgola con Roarke, intercambiando prome?sas. El estómago le dio una sacudida.
– ¿Y petunias?
Mark parpadeó:
– ¿Petunias?
– Me gustan las petunias. Son sencillas y no preten?den ser más que lo que son.
– Sí, claro. Quedaría bien. Quizá habría que añadir unas azucenas. En cuanto al color…
– ¿Tiene Capullo Inmortal? -preguntó a bocajarro.
– Inmortal… -Mark abrió los ojos de par en par-. Eso sí que es una especialidad. Difíciles de importar, cla?ro, pero quedan muy espectaculares. Tengo varias imi?taciones.
– No queremos imitaciones -le recordó Eve.
– Me temo que sólo se importan en pequeñas canti?dades, y sólo a floristas y horticultores con autorización. Y para interior. Pero como la ceremonia es al aire libre…
– ¿Vende muchos?
– No, y sólo a otros expertos con licencia. Pero ten?go algo que le gustará aún más…
– ¿Guarda un registro de esas ventas? ¿Puede darme una lista de nombres? Supongo que está conectado a la red de distribución mundial.
– Naturalmente, pero…
– Necesito saber quién encargó esa planta durante los dos últimos años.
Mark miró a Roarke con cara de perplejidad, y éste se pasó la lengua por los dientes.
– Mi novia es una jardinera insaciable.
– Ya veo. Tardaré un poco en conectarme. Dice que quiere todos los nombres.
– De quienes encargaron Capullo Inmortal a la colo?nia Edén en los últimos dos años. Puede empezar por Estados Unidos.
– Si tienen la bondad de esperar, veré lo que puedo hacer.
– Me gusta la idea de la pérgola -proclamó Eve, le?vantándose de pronto cuando Mark se hubo ido-. ¿A ti no?
Roarke se puso en pie y la cogió de los hombros.
– ¿Por qué no dejas que me encargue yo de las flores? Quiero sorprenderte.
– Te deberé una.
– Claro que sí. Puedes empezar a pagarme recordan?do que hemos de asistir al desfile de Leonardo este vier?nes.
– Ya lo sabía.
– Y recordando también que has de pedir tres sema?nas de permiso para la luna de miel.
– Creí que habíamos dicho dos.
– Sí. Ahora me debes una. ¿Quieres decirme por qué de repente te fascina tanto una flor de la colonia Edén? ¿O debo suponer que has encontrado al desconocido?
– Es el néctar. Eso podría relacionar los tres homici?dios. Si consigo un momento de respiro.
– Espero que sea esto lo que está buscando. -Mark volvió con una hoja de papel-. No ha sido tan difícil como yo me temía. No ha habido muchos pedidos de Inmortal. La mayoría de importadores se contenta con imitaciones. Hay ciertos problemas con el espécimen.