– Sí, por supuesto. -Ella quería decir tonterías, inti?midades-. Yo también voy a estar bastante ocupada. Te veré cuando regreses.
– Deberías pasar por tu despacho, teniente. Mavis ha intentado ponerse en contacto contigo varias veces. Pa?rece ser que no has ido a la última prueba. Leonardo está… desquiciado.
Eve hizo lo que pudo para ignorar la risita de Casto.
– Tengo otras cosas en la cabeza.
– Y quién no. Busca un momento para ir a verle, cari?ño. Hazlo por mí. A ver si así sacamos a toda esa gente de casa.
– Haberlo dicho antes. Pensaba que a ti te gustaba te?ner compañía.
– Y yo pensaba que era hermano tuyo -murmuró Roarke.
– ¿Qué?
– Nada, un viejo chiste. A mí no me gusta tener tanta gente en casa. Están todos pirados. Acabo de encontrar a Galahad escondido debajo de la cama. Alguien le ha cubierto de cuentas y lacitos rojos. Es una tortura, para los dos.
Ella se mordió la lengua para contener una carcaja?da. Roarke no parecía divertido.
– Ahora que sé que te están volviendo loco, me sien?to mucho mejor. Los sacaremos de casa.
– Hazlo. Ah, y me temo que algunos detalles sobre lo del próximo sábado tendrás que solucionarlos tú sola. Summerset tiene las notas. Me están esperando. -Eve le vio hacer señas a alguien fuera de pantalla-. Hasta dentro de unos días, teniente.
– Sí. -El monitor se apagó mientras ella refunfuña?ba-. No te vayas a perder por el espacio.
– Caray, Eve. Si necesita ir al modisto o llevar el gato al terapeuta, Peabody y yo podemos ocuparnos de esta menudencia de asesinato.
Eve estiró los labios esbozando una sonrisa per?versa:
– Cuidado, Casto.
Pese a sus muchas e irritantes cualidades, Casto tenía verdadero instinto. Redford no se iba a derrumbar así como así. Eve lo trabajó a fondo y tuvo la dulce satis?facción de colgarle el asunto de las drogas ilegales, pero una confesión de asesinato múltiple no era tan sencilla de conseguir.
– A ver si lo he entendido bien. -Se puso en pie. Ne?cesitaba estirar las piernas. Fue a servirse café-. Pandora fue quien le habló de Immortality. ¿Cuánto hace de eso?
– Como le dicho, hará cosa de un año y medio, quizá un poco más. -Ahora estaba absolutamente frío, con?trolando la situación. Sabía que podía salir airoso, sobre todo desde el ángulo en que había enfocado el asunto-. Me vino con una propuesta de negocios. Así lo llamó Pandora, al menos. Aseguró que tenía acceso a una fór?mula que revolucionaría la industria de los cosméticos.
– Un producto de belleza. Y no aludió a que era ile?gal ni que tenía efectos peligrosos.
– Entonces no. Necesitaba un patrocinador para po?ner en marcha el negocio. Pretendía lanzar una línea de productos bajo su nombre.
– ¿Le enseñó a usted la fórmula?
– No. Ya le he dicho antes que me engañó, me hizo promesas. De acuerdo, por mi parte fue un fallo. Yo te?nía una adicción sexual hacia ella, y ella explotó esa de?bilidad. Al mismo tiempo, el negocio en sí parecía bue?no. Ella estaba consumiendo el producto en forma de tabletas. Los resultados parecían impresionantes. Se la veía más joven, más en forma. Su energía física y sexual iba en aumento. Bien introducido en el mercado, un producto así podía generar enormes beneficios. Yo que?ría dinero para ciertos proyectos comercialmente arries?gados.
– Y como quería el dinero, le seguía pagando a Pan?dora en pequeñas dosis sin estar del todo informado so?bre el negocio.
– Durante un tiempo. Pero me impacienté. Ella me prometió más cosas. Empecé a sospechar que Pandora intentaba hacerlo sola o que trabajaba con alguien más. Así que cogí una muestra para mí.
– ¿Cogió una muestra?
Redford tardó un poco en contestar, como si estu?viera buscando las palabras adecuadas.
– Le cogí la llave mientras estaba dormida y abrí la caja donde guardaba las tabletas. Pensando en proteger mi inversión, cogí unas cuantas para hacerlas analizar.
– ¿Y cuándo robó la droga, pensando en proteger su inversión?
– El robo no está demostrado -intervino la aboga?da-. Mi cliente había pagado de buena fe por el producto.
– Está bien, lo diré de otra manera. ¿Cuándo decidió interesarse más activamente en su inversión?
– Hace como seis meses. Llevé las muestras a un con?tacto que tengo en un laboratorio químico y le pagué para que me hiciera un informe privado.
– ¿Y qué fue lo que supo?
Redford se miró los dedos.
– Que el producto tenía, en efecto, las propiedades que Pandora había afirmado. Sin embargo, creaba adición, lo cual le daba automáticamente la categoría de ile?gal. También supe que era potencialmente letal si se to?maba regularmente.
– Y como es un hombre honrado, valoró los contras y se retiró del negocio.
– Ser honrado no es un requisito legal -dijo Red?ford-. Y yo tenía una inversión que proteger. Decidí in?vestigar por mi cuenta para ver si los efectos secundarios podían disminuirse o erradicarse. Creo que lo consegui?mos, o casi.
– Utilizó a Fitzgerald como conejillo de indias.
– Eso fue un error. Quizá me puse nervioso porque Pandora no dejaba de pedirme dinero y de insistir en que iba a lanzar el producto. Yo quería cogerle la delan?tera, y sabía que Jerry sería la persona ideal. A cambio de dinero, accedió a probar el producto que mi equipo ha?bía reelaborado. En forma líquida. Pero la ciencia come?te errores, teniente. La droga seguía siendo, como supi?mos demasiado tarde, altamente adictiva.
– ¿Y fatal?
– Eso parece. El proceso ha sido ralentizado, pero sí, creo que aún existe el riesgo de perjuicio físico a largo pla?zo. Un posible efecto secundario del cual yo informé a Jerry hace semanas.
– ¿Antes o después de que Pandora descubriese que usted quería engañarla?
– Creo que fue después, justo después. Por desgra?cia, Jerry y Pandora se pelearon por un puesto. Pando?ra hizo ciertos comentarios sobre su antigua relación con Justin. Por lo que yo sé, y esto es de segunda mano, Jerry le lanzó a la cara el trato que habíamos hecho.
– Y Pandora se lo tomó muy mal.
– Como es lógico, se puso furiosa. En ese momento nuestra relación era, por decir poco, tormentosa. Yo ya había conseguido un espécimen de Capullo Inmortal, resuelto a eliminar los efectos secundarios de la fórmula. No tenía la menor intención, teniente, de introducir en el mercado una sustancia peligrosa. Eso puede respal?darlo mi historial como productor.
– Dejaremos que Ilegales se ocupe de eso. ¿Le ame?nazó Pandora?
– Pandora vivía de amenazas. Uno se acostumbraba a ellas. Yo creía estar en buena posición para ignorarlas. -Redford sonrió, más confiado ahora-. Si ella hubiera ido más lejos, sabiendo qué propiedades contenía esa fórmula yo podía haberla arruinado. No tenía motivos para hacerle daño.
– Su relación era tormentosa y sin embargo usted fue a su casa aquella noche.
– Con la esperanza de llegar a algún acuerdo. Por eso insistí en que Justin y Jerry estuvieran presentes.
– Se acostó con ella.
– Pandora era hermosa y deseable. Sí, me acosté con ella.
– Ella tenía tabletas de esa droga.
– En efecto. Como le he dicho, las guardaba en una caja, en su tocador. -Volvió a sonreír-. Le conté lo de la caja y las tabletas porque supuse, correctamente, que la autopsia revelaría rastros de la sustancia. Me pare?ció bien ser amable. No hice otra cosa que cooperar.
– Cosa fácil, si sabía que yo no iba a encontrar las ta?bletas. Una vez muerta Pandora, usted volvió a por la caja. Para proteger su inversión. No habiendo más pro?ducto que el que usted tenía, y tampoco competidor, las ganancias iban a ser mucho mayores.
– Yo no volví a su casa después. No tenía motivo para hacerlo. Mi producto era superior.
– Ninguno de esos productos podía irrumpir en el mercado, y usted lo sabía. Pero en la calle, el de Pandora hubiera tenido mucho éxito, más que su versión refina?da, aguada, y seguramente muy cara.