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– No exactamente. Teniente Dallas, tenemos un pro?blema. Fitzgerald ha muerto.

– ¿Muerto? ¿Cómo que muerto?

– Pues eso, fallecido -dijo Ambrose con un esbozo de sonrisa-. Supongo que como teniente de Homici?dios, la palabra tiene que sonarle.

– Mierda. ¿Cómo ha sido? ¿Le falló el sistema ner?vioso?, ¿se ha lanzado por una ventana?

– Que sepamos, ha sido una sobredosis. La paciente consiguió hacerse con una muestra de Immortality que estábamos usando para determinar cuál era el mejor tra?tamiento para ella. Se la tomó entera, mezclada con algu?nas de las golosinas que tenemos aquí almacenadas. Lo siento, teniente. Ya no podemos hacer nada por ella. Le informaré detalladamente en cuanto llegue usted.

– ¡Y cómo! -le espetó Eve, cerrando la transmisión.

Eve examinó primero el cadáver, como para cerciorarse de que no hubiera habido un horrible error. Jerry había sido tendida en la cama, con la bata de hospital hasta me?dio muslo. Según el código de colores, le tocaba el azul de adicta en primera fase de tratamiento.

Ya nunca llegaría a la segunda fase.

El rostro blanco había recuperado su extraña y mis?teriosa belleza. Ya no tenía sombras bajo los ojos, ni arrugas de tensión en la boca. Al fin y al cabo, el mejor sedante era la muerte. Tenía pequeñas quemaduras en el pecho allí donde el equipo de reanimación había inten?tado hacer algo, y un morado en el dorso de la mano de?bido a la inyección intravenosa. Bajo la mirada de la doctora, Eve examinó el cuerpo concienzudamente sin encontrar señal alguna de violencia.

Supuso que había muerto más feliz que nunca.

– ¿Cómo? -inquirió lacónicamente.

– Una combinación de Immortality, morfina y Zeus sintético, según hemos deducido por lo que falta. La autopsia lo confirmará.

– ¿Tienen Zeus en un centro de rehabilitación? -La idea hizo que Eve se frotara la cara con las manos-. Es increíble.

– Para investigación -explicó escuetamente Ambrose-. Los adictos necesitan un período lento y supervisa?do para desengancharse.

– ¿Y dónde diablos estaba la supervisión, doctora?

– A Fitzgerald se le administró un sedante. No espe?rábamos que volviera en sí hasta las ocho de la mañana. Mi hipótesis es que como no conocemos a fondo las propiedades de Immortality, lo que quedaba de ello en su organismo contrarrestó el narcótico.

– O sea que se levantó, fue por su propio pie al alma?cén y se sirvió un combinado.

– Algo parecido, sí. -Eve casi pudo oír cómo le re?chinaban los dientes a la doctora.

– ¿Y las enfermeras, y el sistema de seguridad? ¿Aca?so se volvió invisible?

– Esto podrá usted verificarlo con su propia agente de servicio, teniente.

– Descuide, lo haré.

Ambrose de nuevo volvió a rechinar los dientes y lue?go suspiró.

– Oiga, no quiero cargarle el muerto a su agente. Hace unas horas hemos tenido problemas. Uno de los pacientes de tendencias violentas agredió a su enferme?ra de sala. Estuvimos muy ocupados durante unos mi?nutos, y su agente vino a echar una mano. De no ser por ella, la enfermera de sala estaría ahora mismo a las puertas del cielo al lado de la señorita Fitzgerald, en vez de tener la tibia rota y unas cuantas costillas fuera de sitio.

– Veo que la noche ha sido movida, doctora.

– Ojalá no se repita a menudo. -Se pasó los dedos por su rizado pelo rojizo -. Escuche, teniente, este cen?tro tiene muy buena reputación. Ayudamos a la gente. Lo que ha pasado me hace sentir tan mal como a usted. Maldita sea, la paciente tenía que haber estado durmien?do. Y esa agente no estuvo fuera de su puesto más que un cuarto de hora.

– Otra vez el sentido de la oportunidad. -Eve miró hacia Jerry e intentó sacarse de encima el peso de la cul?pa-. ¿Y las cámaras de seguridad?

– No tenemos, teniente. ¿Se imagina cuántas filtra?ciones a los media habría si grabásemos a los pacientes, algunos de los cuales son ciudadanos destacados? Esta?mos atados por las leyes de privacidad.

– Fantástico. O sea que nadie la vio en su último pa?seo. ¿Dónde está el almacén de drogas donde Jerry tomó la sobredosis?

– En este ala, un nivel más abajo.

– ¿Y ella cómo lo sabía?

– Lo ignoro, teniente. Como tampoco puedo expli?car cómo logró abrir la cerradura, no sólo de la puerta sino de las propias bodegas. El caso es que lo hizo. El vigilante nocturno la encontró cuando hacía su ronda. La puerta estaba abierta.

– ¿Abierta o no cerrada con llave?

– Abierta -confirmó Ambrose-. Y dos almacenes también. Ella estaba en el suelo, muerta. Se intentaron los métodos habituales de reanimación, teniente, pero más por hábito que porque hubiera esperanza.

– Necesitaré hablar con todo el personal de este ala; y con los pacientes también.

– Teniente…

– Al cuerno la privacidad, doctora. Me la paso por el culo. Quiero ver al vigilante nocturno. -De pronto, la compasión se impuso a los nervios-. ¿Entró alguien a verla? ¿Vino alguien interesándose por su estado?

– La enfermera de sala lo ha de saber.

– Entonces empecemos por ella. Usted reúna a los demás. ¿Hay alguna habitación donde pueda entrevistar a la gente?

– Utilice mi despacho. -Ambrose se volvió para mi?rar el cadáver, silbó entre dientes-. Era muy guapa. Jo?ven, famosa y rica: las drogas curan, teniente. Alargan la vida y la calidad de la misma. Erradican el dolor, calman la mente atribulada. Yo me esfuerzo en recordar todo eso cuando veo qué otros efectos pueden tener. Si quiere saber mi opinión, y ya sé que no, ella estaba destinada a acabar así desde el día en que probó ese líquido por pri?mera vez.

– Ya, pero ha sido mucho más rápido de lo que se su?ponía.

Eve salió de la habitación y divisó a Peabody en el pasillo.

– ¿Y Casto?

– He hablado con él. Viene hacia aquí.

– Esto se ha complicado, Peabody. Hay que hacer algo para aclarar las cosas. Procure que este cuarto… Eh, usted. -Vio a la agente que había estado de guardia al fondo del corredor. Su dedo la señaló como una flecha. Comprobó que había hecho diana cuando la agente de uniforme dio un respingo antes de palidecer y avanzar hacia su superior.

La agente no tenía por qué saber que Eve no iba a pedir acciones disciplinarias contra ella. Que sudara un poco.

Eve examinó el feo arañazo que la agente, ahora pá?lida y sudorosa, tenía en la clavícula.

– ¿Eso se lo hizo el violento?

– Señor, antes de que pudiera sujetarlo.

– Haga que se lo miren. Está usted en un centro de salud. Y quiero esta puerta bien cerrada. ¿Lo ha entendi?do bien? Que nadie entre ni salga.

– Sí, señor. -La agente se puso firmes. Para Eve tenía el patético aspecto de un cachorro apaleado. Apenas tenía edad de que le dejaran pedir cerveza en un bar, pensó meneando la cabeza.

– Siga vigilando, agente, hasta que yo no ordene que le releven.

Dio media vuelta e hizo señas a Peabody de que la siguiera.

– Si alguna vez se enfada mucho conmigo -dijo Pea?body con su mansa voz-, prefiero un puñetazo en la cara que una reprimenda como ésa.

– Tomo nota. Casto, me alegro de que esté con noso?tros.

Casto llevaba la camisa arrugada, como si se hubiera puesto lo primero que tenía a mano. Eve conocía esa ru?tina. Su propia camisa parecía haber estado metida en un bolsillo durante una semana.

– ¿Qué demonios ha pasado aquí?

– Eso es lo que vamos a averiguar. Nuestro cuartel general es el despacho de la doctora Ambrose. Interro?garemos al personal de uno en uno. En cuanto a los pa?cientes, es probable que nos pidan que lo hagamos ha?bitación por habitación. Lo quiero todo grabado, Peabody, desde ya.

Peabody sacó su grabadora y se la prendió de la so?lapa.

– Grabando, señor.

Eve hizo una señal a Ambrose y la siguió más allá de las puertas de vidrio reforzado por un pequeño pasillo hasta un despacho pequeño.