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– Dos -dijo Roarke y tuvo el placer de ver que aque?lla cara se volvía blanca.

– ¿Dos qué?

– Encargó dos especímenes. Pasé por Edén de regre?so al planeta y charlé con la hija de Engrave. Le pedí si podía buscar un hueco para hacer una verificación. Red?ford encargó su primer espécimen hace nueve meses, bajo otro nombre y con una licencia falsificada. Pero los números de identificación son los mismos. Lo hizo en?viar a una floristería de Vegas II que tiene una reputación dudosa por contrabando de flora. -Hizo una pausa para echar la ceniza en un bol de mármol-. Creo que de allí la mandaron a un laboratorio a fin de destilar el néctar.

– ¿Por qué diablos no me lo has dicho antes?

– Te lo estoy diciendo ahora. Me lo han confirmado hace cinco minutos. Probablemente podrás contactar con seguridad en Vegas II y hacer que interroguen a la florista.

Eve estaba sudando cuando aporreó su enlace y dio órdenes al respecto.

– Aunque consigan arrestar a Redford, llevará sema?nas hacer los trámites burocráticos para que lo manden al planeta y yo pueda hablar con él. -Pero se frotó las manos, anticipando el placer que eso le reportaría-. Po?drías haberme dicho que estabas en esto.

– Si no sacaba nada te hubieras decepcionado. En cambio, deberías agradecérmelo. Mira, Eve, esto no cambia mucho las cosas.

– Pero significa que Redford trabajó por su cuenta más de lo que nos insinuó. Y significa… -Se dejó caer en una silla-. Sé que ella pudo hacerlo, Roarke. Ella sola. Pudo salir del apartamento de Young sin ser detectada. Pudo dejarle durmiendo, volver después. Cuando le diera la gana. O puede que él lo supiera. Él se habría sa?crificado, y además es actor. Habría arrojado a Redford a las fieras, pero no si con eso involucraba a Jerry.

Apoyó un momento la cabeza en las manos, frotán?dose la frente.

– Sé que ella pudo hacerlo. Pudo ver la ocasión y pudo entrar en el almacén. Pudo haber decidido acabar a su manera, eso encaja con su carácter. Pero no me gusta la idea.

– No puedes culparte de su muerte -dijo Roarke con voz queda-. Por la sencilla razón de que tú no tienes la culpa, y por otra razón que has de aceptar: la culpa em?paña la lógica.

– Sí, lo sé. -Se levantó otra vez, intranquila-. No he estado a la altura de las circunstancias. Primero Mavis, recordándome lo de mi padre. Se me han escapado deta?lles. Y luego todo lo demás.

– ¿Incluida la boda? -sugirió él.

Ella esbozó una débil sonrisa.

– He tratado de no pensar demasiado en eso. No te lo tomes a mal.

– Considéralo una formalidad. Un contrato, si lo prefieres, con unos cuantos accesorios.

– ¿Has pensado que hace apenas un año ni siquiera nos conocíamos? ¿Que vivimos en la misma casa, pero que la mayor parte del tiempo estamos separados? ¿Que todo esto que sentimos el uno por el otro podría no ser realmente algo que dure mucho tiempo?

Él la miró largamente.

– ¿Vas a hacer que me enfade la noche antes de que nos casemos?

– No intento hacer que te enfades. Tú has sacado el tema y puesto que ésa ha sido una de las cosas que me han distraído estos días, me gustaría dejarlo claro. Son preguntas razonables y merecen respuestas razonables.

La mirada de Roarke se ensombreció. Ella lo advir?tió y se preparó para la tormenta. Pero él se puso en pie y habló con una calma tan glacial que ella casi se estre?meció.

– ¿Te estás echando atrás, teniente?

– No. Dije que me casaría. Yo sólo creo que debería?mos… pensarlo -dijo ella, odiándose a sí misma.

– Pues piensa tú, busca tus respuestas razonables. -Consultó su reloj-. Se me hace tarde. Mavis te está es?perando abajo.

– ¿Para qué?

– Pregúntale a ella-dijo él mientras se disponía a salir.

– Maldita sea. -Eve dio una patada a la mesa hacien?do que Galahad la mirase malévolamente. Dio otra pa?tada, porque el dolor a veces tenía sus recompensas, y luego bajó renqueando a encontrarse con Mavis.

Una hora después, la estaban arrastrando al Down amp; Dirty. Había soportado las órdenes de Mavis para que se cambiara de ropa, para que se arreglara el pelo, la cara. Incluso la actitud. Pero cuando la música y el ruido la impactaron como un gancho largo, Eve se plantó.

– Caray, Mavis, ¿por qué aquí precisamente?

– Porque es feo, por eso. Las despedidas de soltero se supone que son feas. Eh, mira a ese del escenario. Con esa polla tan grande hasta podría clavar clavos. Menos mal que le dije a Crack que nos reservara una mesa bue?na. Esto está hasta los topes, y apenas son las doce de la noche.

– Mañana he de casarme -dijo Eve, encontrando por primera vez que era una excusa buena.

– Exactamente. Por Dios, Dallas, tranquilízate. Mira, ahí llegan.

Eve estaba acostumbrada a los sustos. Pero aquello era el no va más. No podía creer que estuviera sentada a una mesa justo debajo de un meneapollas con Nadine Furst, Peabody, una mujer que debía de ser Trina y, San?to Dios, la doctora Mira.

Antes de poder cerrar la boca, Crack apareció por detrás y la hizo levantarse.

– Qué tal, rostro pálido. Esta noche hay fiesta. Te traeré una botella de champán de la casa.

– Si en este tugurio hay champán, me como el tapón.

– Eh, y con burbujas y todo. ¿Qué te habías creído? -Crack la hizo girar provocando exclamaciones de aprobación entre el público, la cazó al vuelo y la deposi?tó de nuevo en la silla-. Señoras, a divertirse o se van a enterar.

– Qué amigos más interesantes tiene, Dallas -dijo Nadine entre el humo de su cigarrillo. Allí nadie iba a preocuparse por la prohibición de fumar-. Tómese algo. -Levantó una botella de una cosa desconocida y sirvió un poco en lo que parecía un vaso bastante limpio-. No?sotras llevamos ventaja.

– He tenido que obligarla a cambiarse. -Mavis se acomodó en una silla-. Y no ha parado de protestar. -Se le hizo un nudo en la garganta-. Pero lo ha hecho por mí. -Tomó la copa de Eve y la apuró-. Queríamos sor?prenderos.

– Lo ha conseguido. Doctora Mira. Usted es la doc?tora Mira, ¿verdad?

Mira sonrió alegremente.

– Lo era cuando he entrado. Me temo que ahora mis?mo estoy un poco confusa.

– Hemos de brindar. -Peabody, inestable, sobre sus tacones, utilizó la mesa como punto de apoyo. Consi?guió levantar su copa sin derramar más de la mitad en la cabeza de Eve-. Por la poli más cojonuda de esta maloliente ciudad, que va a casarse con el tío más sexy que he conocido, y que, como es más lista que el ham?bre, ha hecho que me asignen de forma permanente a Homicidios. Que es donde debo estar, como podría decirles cualquier gilipollas. Salud. -Apuró el resto y cayó de nuevo sobre su silla, sonriendo como una tonta.

– Peabody -dijo Eve y agitó un dedo delante de su nariz-. Nunca me había emocionado tanto.

– Estoy beoda, Dallas.

– Las pruebas así lo indican. ¿Podemos pedir algo de comer que no tenga ptomaína? Me muero de hambre.

– La futura novia quiere comer. -Todavía sobria como una monja, Mavis se puso en pie de un salto-. Yo me encargo de eso. No os levantéis.

– Ah, Mavis. -La hizo sentar y le murmuró al oído-: Tráeme algo de beber que no sea letal.

– Dallas, esto es una fiesta.

– Y pienso disfrutarla, de veras. Pero mañana quiero tener la mente clara. Es importante para mí.

– Oh, qué romántico. -Sollozando de nuevo, Mavis apoyó la cara en el hombro de Eve.

– Sí, me usan como edulcorante artificial. -Hizo girar a Mavis y la besó directamente en la boca-. Gracias. A nadie más se le habría ocurrido esto.

– A Roarke sí. -Mavis se secó los ojos con los volan?tes que le colgaban de la manga-. Lo hemos preparado juntos.

– Claro. -Sonriendo un poco, Eve echó una nueva ojeada prudente a los cuerpos desnudos que evoluciona?ban en el escenario-. Eh, Nadine. -Llenó el vaso de la periodista-. Ese de las plumas rojas en el rabo no le qui?ta ojo de encima.