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– ¿ Ah, sí? -Nadine se volvió para mirar con ojos tur?bios.

– A que no.

– A que no ¿qué? ¿Que no subo ahí? Bah, eso es pan comido.

– Pues hágalo. -Eve le sonrió-. Un poco de acción no nos vendrá mal.

– Cree que no lo haré. -Nadine se levantó a duras pe?nas, se enderezó como pudo-. Oye, tío bueno -le gritó al que tenía más cerca-. Ayúdame a subir.

A la gente le encantó. Sobre todo cuando Nadine se puso a su altura y se quedó en bragas color morado. Eve suspiró ante el agua mineral. Sabía cómo escoger a sus amigos, sí señor.

– ¿Cómo va eso, Trina?

– Estoy en plena experiencia ultracorpórea. Ahora mismo creo estar en el Tibet.

– Ya. -Eve miró de reojo a la doctora Mira. Por la forma en que estaba vitoreando, daba la impresión de que podía saltar al escenario de un momento a otro. Eve no creía que ninguna de las dos quisiera guardar esa ima?gen en los archivos de su memoria-. Peabody. -Hubo de pincharle el brazo con los dedos para obtener una vaga reacción-. Vamos a buscar más comida.

– Eso también puedo hacerlo yo -gruñó Peabody.

Siguiendo la dirección de su mirada, Eve vio a Nadine meneando las caderas frente a un negro de más de dos metros con el cuerpo pintado.

– Seguro que sí. Seguro que echaría la casa abajo.

– Lo que pasa es que tengo un poco de tripa. -Se tambaleó, pero Eve la sostuvo por el brazo-. Jake lo lla?ma gelatina. Estoy ahorrando para que me la succionen.

– ¿Está segura? Haga más abdominales.

– Es hereditaria.

– ¿Hereditaria?

– Sí. -Peabody iba dando tumbos mientras Eve la guiaba entre la gente-. En mi familia todos tienen tripa. A Jake le gustan flacas, como usted.

– Pues que le jodan.

– Ya lo he hecho. -Peabody se rió como una tonta y luego se apoyó pesadamente en una barra auxiliar-. Fo?llamos hasta matarnos. Pero usted sabe que eso no basta, Evie.

Eve suspiró.

– Peabody, no me gusta pegar a un agente cuando está en inferioridad de condiciones. Así que no me llame Evie.

– Vale. ¿Sabe cómo se consigue eso?

– Comida -encargó Eve al androide que servía-. Lo que sea y en cantidad. Mesa tres. ¿Cómo se consigue qué, Peabody?

– Pues eso. Lo que usted y Roarke tienen, eso. Cone?xión. Relaciones internas. El sexo sólo es un añadido.

– Claro. ¿Tiene problemas con Casto?

– No. Sólo que ahora que el caso está cerrado no te?nemos mucha conexión. -Peabody meneó la cabeza y antes sus ojos explotaron mil y una luces-. Jo, estoy trompa. He de ir al lavabo.

– Le acompaño.

– Puedo hacerlo sola. -Con cierta dignidad, Peabody se zafó de la mano de Eve-. No me gusta vomitar delan?te de un oficial superior, si a usted no le importa.

– Como quiera.

Pero Eve la vigiló todo el tiempo que Peabody invir?tió en cruzar la pista. Llevaban casi tres horas en el club. Y aunque un día era un día, Eve iba a tener que meter algo en el estómago de sus amigas y ver que todas llega?ran sanas y salvas a sus casas.

Se acodó en la barra, sonriendo, y vio a Nadine to?davía en bragas, sentada a la mesa charlando animada?mente con la doctora Mira. Trina había apoyado la cabe?za en la mesa y seguramente estaba conversando con el Dalai Lama.

Mavis, brillantes los ojos, estaba subida al escenario y vociferaba una melodía improvisada que hacía mover?se a toda la pista.

Maldita sea, pensó al sentir que le quemaba la gar?ganta. Cuánto quería a aquel hatajo de borrachas. Pea?body incluida, pensó, y entonces decidió ir a echar un vistazo al servicio para asegurarse de que su ayudante no se hubiera desmayado u otra cosa.

Había cruzado casi medio club cuando notó que al?guien la agarraba. Como había estado haciendo a lo lar?go de la velada a medida que los parroquianos se dedica?ban a buscar pareja, ella empezó a zafarse.

– Llama a otra puerta, tío. No me interesa. ¡Eh! -El breve pellizco en el brazo le causó menos daño que en?fado.

Pero su vista empezó a nublarse mientras la condu?cían a la fuerza por entre la multitud hasta meterla en un cuarto privado.

– He dicho que no me interesa, caray. -Hizo ademán de enseñar su placa, pero no llegó a encontrarse el bol?sillo.

Alguien le dio un pequeño empujón y Eve cayó de espaldas sobre una cama estrecha.

– Tómeselo con calma. Tenemos que hablar. -Casto se tumbó a su lado y cruzó los pies.

Roarke no estaba de humor para fiestas, pero como Feeney se había tomado la molestia de crear una atmósfera marcadamente hedonista, decidió representar su papel. Era una especie de salón repleto de hombres, a muchos de los cuales les sorprendía verse metidos en aquel ritual pagano. Pero Feeney, con su pericia electrónica, había conseguido dar con algunos de los socios más próximos a Roarke, ninguno de los cuales había querido ofender a alguien de su prestigio negándose a asistir.

Conque allí estaban los ricos, los famosos y los de?más, embutidos en una sala mal iluminada con pantallas tamaño natural en las que aparecían cuerpos desnudos en diversos e imaginativos actos de frenesí sexual, un terceto de bailarinas de striptease ya desnudas, y cerveza y whisky suficientes como para hundir la Séptima Flota.

Roarke hubo de admitir que había sido un gesto simpático y hacía lo posible por estar a la altura de las expectativas de Feeney como soltero en su postrera no?che de libertad.

– Tenga, muchacho, otro whisky para usted. -Tras haber tomado varias copas de irlandés, Feeney había adoptado cómodamente el acento de un país que jamás ni siquiera sus tatarabuelos habían pisado nunca-. Vivan los rebeldes.

Roarke enarcó una ceja. Él sí había nacido en Dublín y pasado casi toda su juventud vagando por sus callejue?las. Sin embargo no tenía el apego sentimental de Feeney hacia aquella tierra y sus sublevaciones.

– Slainte -brindó en gaélico para complacer a su amigo.

– Así me gusta. Bueno, Roarke, deje que le diga, las señoras que hay aquí son sólo para mirar. Nada de toqueteos.

– Me contendré.

Feeney sonrió y le dio a Roarke un manotazo en la espalda que casi le hizo trastabillar.

– Está como un tren, ¿eh? Nuestra Dallas…

– Bueno… -Roarke miró ceñudo su vaso de whisky-. Sí.

– Esa Dallas nos hace estar a todos siempre alerta. Sabe más que Merlín, la muy jodida. Es de las que no para cuando se le mete una cosa entre ceja y ceja. Le diré una cosa, este último caso la ha dejado hecha polvo.

– Todavía está en ello -murmuró Roarke, y sonrió fríamente cuando una rubia desnuda le acarició el pe?cho-. Prueba suene con ése -le dijo, señalando a un hom?bre de mirada vidriosa y traje gris de rayas finas-. Es el dueño de Stoner Dynamics.

Al ver que ella no entendía, Roarke se desembarazó de las manos que empezaban bajar alegremente hacia su entrepierna.

– Está forrado -dijo.

La chica se alejó bamboleándose, mientras Feeney la miraba con más deseo que esperanza.

– Soy casado y feliz, Roarke.

– Eso me han dicho.

– Es degradante confesar que estoy un poco tentado de darme un revolcón en un cuarto a oscuras con una cosa guapa como ésa.

– Usted merece algo mejor, Feeney.

– Eso es verdad. -Suspiró largamente y luego reto?mó el anterior tema de conversación-. Dallas se va unas semanas. Creo que dejará el caso y se meterá en el si?guiente.

– A ella no le gusta perder, y tiene esa sensación. -Roarke trató de restarle importancia. Maldita la gracia que le hacía pasar la víspera de su boda hablando de ho?micidios. Maldiciendo por lo bajo, llevó a Feeney hasta un rincón tranquilo-. ¿Qué sabe usted de ese camello al que mataron en el East End?

– Cucaracha. No hay mucho que decir. Traficante, bastante hábil, bastante estúpido. Es curioso que tantos traficantes sean las dos cosas a la vez. No salía de su te?rritorio. Le gustaba el dinero fácil y rápido.