Ella estaba destrozada cuando vino al desayuno, tanto es así que aplazamos la conversación para después del turno y después de ocho horas nos volvimos a encontrar en el Bar de Mauri las mismas cinco. Mauri nos había puesto la mesa en eso que él llama «el reservado», que es una mesa en el rincón del bar a la que le pone un biombo de curtipiel verde remachado en el marco de madera con chinchetas que nos deja prácticamente a oscuras, pero todo sea por la intimidad. El resto del bar come con la tele. El resto del bar, aparte del sector masculino de nuestra cuadrilla, se llena con los poceros, hombres todos, porque tenemos al lado una empresa del tema, y no puedes evitar pensar, cuando ves el conjunto que formamos a la hora de la comida que todos nos pasamos el día jaleando con mierda. El caso es que entre unos y otros estamos haciendo rico al tal Mauri, que nos prepara un menú caserito, como él dice, a muy buen precio. Nos comimos las lentejas de los lunes, que me recordaban a las lentejas del colegio, escasitas y con mucho caldo, nada que ver con las de mi madre, porque desde que mi madre perdió la cabeza, todo hay que decirlo, no he vuelto a comer como Dios manda, aunque después de pasarte la mañana en la calle, cualquier cosa caliente te sabe buena y parece que uno, a fuerza de no comer bien, va perdiendo el sentido del gusto porque si no fuera así yo no le encuentro explicación a que las lentejas que hace la mujer de Mauri me parecieran repugnantes el primer año y ahora me sepan a gloria. No tiene sentido.
La confesión: pues eso, que la cosa se prolongó, después del vino y de los cigarritos, ya sabes, viene la sobremesa, y ella lo soltó todo, hasta llegar a que Sanchís prácticamente era un eyaculador precoz. Me acuerdo que estuvimos desarrollando un buen rato el tema. Menchu se puso de pronto muy vehemente y dijo que si un tío supera los tres minutos sin correrse ya no se le puede llamar desde un punto de vista médico eyaculador precoz; hubo bastante polémica con eso, estuvimos dándole vueltas a la cuestión de la duración del polvo, minuto arriba minuto abajo. Luego, aprovechando que Menchu se levantó para ir al servicio, Milagros bajó la voz y dijo, con todas nuestras cabezas formando un pequeño círculo sobre la mesa, que la razón por la que Menchu se soliviantaba de esa manera era porque su marido duraba más o menos eso, cuatro minutos. Nos quedamos mirando a Milagros porque la revelación era sorprendente, incluso la propia Teté, que estaba tan afectada, dejó a un lado su tragedia para decirle que tenía la obligación moral de decirnos quién le había facilitado a ella esa información, y en esas estábamos, acorralándola, cuando Menchu volvió y la pregunta se quedó flotando en el aire. Cuando volvíamos a casa, ya las dos solas, le volví a preguntar a Milagros por sus fuentes pero fue de esas ocasiones extrañas que no soltaba prenda, supongo que porque quería hacerse la interesante o simplemente porque era una trola que se le había ocurrido para convertirse en el centro de la reunión. El caso es que Teté, ya dispuesta a confesarlo todo, contó que Sanchís era como Súper Ratón, ultrarrápido (con ese mote, por cierto, se ha quedado desde aquel día), y que la tenía pequeña (como Súper Ratón). Cómo de pequeña, le preguntó Menchu, y Teté estuvo con el dedo índice estirado diciendo así, bueno no, así, y en estado de erección, así, un pelín más tal vez. Yo ya estaba harta, asqueada de la conversación, y no porque yo sea una puritana, como ellas creen, ni por mis creencias religiosas, porque Dios jamás me ha condicionado mis relaciones sexuales. No hagamos a Dios culpable de lo que no es, todas mis dificultades de concentración a nivel sexual que me han impedido desde siempre tener una satisfacción plena están en mi cabeza, el fracaso es mío. Dios nos pone en el mundo, con más o con menos virtudes, pero luego nos deja a nuestro libre albedrío. Podría haberle reprochado mis escasas virtudes. No sé si son escasas, no sé si es mi pesimismo original el que ha hecho que sean escasas, puede que a otra, con las mismas cualidades y defectos que yo, le hubiera ido mejor en la vida. En el fondo, estoy diciendo aquello mismo que me repitió mi madre desde niña, aquello que no podía soportar cuando salía de sus labios porque seguramente intuía que era cierto, que es mi forma de ver las cosas la que me pone obstáculos, que soy yo mi peor enemigo, yo sola la que me he frustrado con mi actitud una vida mejor. Tal vez ese handicap de la falta de concentración venga de una hiperactividad mental que no me trataron de niña porque, sencillamente, entonces nadie se preocupaba de la capacidad de concentración de las personas. Muchas veces he pensado que, con haber nacido tan sólo una década después, mi madre, que no tenía iniciativas pero se hubiera dejado arrastrar por el entorno, me habría llevado a un especialista que me hubiera tratado lo que yo creo que es una tara de origen, que se podría resumir en falta de tranquilidad espiritual, y a partir de ahí, todo se desencadena. La vida es un castillo de naipes. Ya lo he dicho.
El hartazgo que yo sentía hacia esa tertulia del Mauri, que había degenerado hasta tener como tema central la polla de Sanchís, venía de que Sanchís no es sólo un compañero, es el capataz, y aunque yo no creo en la superioridad moral de los jefes, al contrario, creo que la única condición necesaria para llegar alto en estos oficios poco cualificados es ser el más trepa entre los trepas (aunque a veces he leído que en los oficios más cualificados pasa lo mismo y no digamos en la política), es necesario mantener un poco de distancia y de respeto hacia la persona bajo cuyo mando estás para no descojonarte en su misma cara la mayoría de las veces, pero me dirás qué cara le puedes poner tú a tu capataz cuando sabes de qué tamaño tiene la polla. A mí, por lo menos, eso me disturba. Yo ya no puedo mirar a ese tío de la misma manera porque no puedo borrar ese pensamiento de mi cabeza. ¿Problema mío? Yo creo que le pasa a todo el mundo, incluso a esos individuos que hacen corrillos en las playas nudistas y que son capaces de desnudarse delante de sus propios hijos sin detenerse a pensar por un momento en el condicionante que eso puede suponer para ese hijo a la hora de encarar la relación paterno-filial, porque no puede ser igual la relación con un padre al que has visto siempre vestido, con una dignidad, que la que tienes con un padre al que le has visto sus partes. Me parece a mí. Para mí el único momento en que a un padre o a una madre se le tiene que ver en su completa desnudez es cuando ya la enfermedad terminal de la vejez le impide lavarse o valerse por sí solo, eso es lo único que justifica esa terrible visión y puedo decir, por mi experiencia, que es algo penoso que yo no le deseo a nadie y que ojalá que el Señor me lo hubiera evitado.