Me saqué del bolsillo un cigarro. Tengo siempre un paquete en el bolsillo del uniforme porque de vez en cuando me dan ganas de fumarme uno a media mañana y no me gusta depender de las invitaciones. Existen los gorrones del cigarrito. No es mi caso.
Sentí cómo el humo me raspó a fondo los pulmones como una lija, pero me quitó las náuseas. Eso es algo que tengo comprobado. Todos los viernes de madrugada me pasa.
– ¿Sabes lo que te digo, Milagros? -le dije sin verla, la imaginaba engullendo el donut a dos carrillos y recogiendo vidrios-, que todos estos hijos de puta estarán ahora en la cama, que se van a levantar a la una de la tarde, y que encima ahí estará su madre con el desayuno preparado, tomarán su leche con cereales a la hora de la comida, porque éstos son de los que desayunan leche con cereales, y tú y yo, aquí, Milagros, siete horas antes, recogiéndoles la mierda… ¿Qué te parece el panorama?
– Envidia que les tienes.
– ¿Envidia yo? Qué poco me conoces, Milagros.
– Envidia de su juventud, de que se habrán puesto ciegos a beber y a meterse mano.
Envidia de su juventud, decía. Qué sabría Milagros de eso. ¿Envidia de beber hasta caer muerto, de follar en un parque, de tener que pedir dinero en casa? Quién quiere eso. Sólo los gilipollas quieren quedarse en esa fase de la vida. Los del síndrome de Peter Pan. Morsa se independizó el año pasado, ¡el año pasado!, y aún le lleva la ropa a su madre a lavar los fines de semana. La ropa sucia va en una bolsa en el maletero del coche desde Fuenlabrada a Usera todos los sábados. Morsa, le dije, eres capaz de pasear los calzoncillos sucios por la M-40 y por la M-30, sólo la imagen, le dije, me pone enferma. Y él me dijo que lo hacía por su madre. Yo le dije, eres tú, que tienes el síndrome de Peter Pan. Y me dijo, qué síndrome es ése. Qué síndrome es ése, me dijo. Con Morsa tengo limitados mis temas de conversación porque hay cantidad de cosas que le tienes que explicar desde el principio. Si se esforzara un poco no sería tan zote. En cuanto a Milagros, es natural que ella sintiera envidia de la vida juvenil, ella era una adulta a su pesar. Pero yo, qué envidia podía sentir yo, qué bobada, recuerdo que pensé.
Recuerdo el placer de ver el humo saliendo de mi boca en círculos, recuerdo la humedad de la noche que se terminaba y cubría las cosas con un manto de cristal, recuerdo el azul marino convirtiéndose poco a poco en añil. Recuerdo escuchar a Milagros a mis espaldas cantando A mi manera, partes en español y partes en un inglés inventado: «Bebí, lo disfruté, y me drogué, a cada instante / gasté, un dineral, en invitar a bogavantes / al fin, ya me ven, sólo llegué a ser barrendera / y qué, si me lo fundí: a mi manera. / did it my way…».
Recuerdo que me dio la risa. Escuchaba las rimas absurdas que hacía Milagros detrás de los setos, era una de sus costumbres, cuando quería hacerme reír muy a mi pesar, cuando estaba borracha, cuando conducía el taxi. Recuerdo haber pronunciado las siguientes palabras mirando uno de los anillos del humo que se perdían por encima de mi cabeza:
– Qué bonito es el mundo, qué bonito.
Y recuerdo escuchar mis palabras sin encontrarles un sentido, como si hubiera sido otra quien las hubiera pronunciado por mí.
– ¿No te gustaría drogarte como ellos los viernes por la noche, sosa, más que sosa? -me preguntó.
– No tengo dinero yo para gastármelo en drogas.
– No hace falta dinero, te invitan.
– Quién te invita.
– La gente.
– Pues a mí la gente no me ha invitado.
– Porque te ven la cara de sosa. Yo bien que te invitaba, acuérdate, te invitaba a los canutitos, y anda que no te gustaba, anda que no disfrutabas tú de tu petardito por las mañanas, que yo te decía, pásamelo, pásamelo, Rosario, y tú ni puto caso, parecía que lo tenías pegado a los dedos con Superglú.
– Ni me lo recuerdes. Ahí empezó mi ruina.
– Pues bien bonito que es para mí ese recuerdo. En cuanto me aprueben el teórico vuelvo al taxi -dijo con ese tono de aplomo que ponía cuando hablaba de sus planes de futuro, como si te estuviera haciendo partícipe de decisiones muy meditadas.
– ¿Ah sí? No me lo habías dicho.
– Porque lo acabo de pensar ahora mismo. En el taxi no se pasa frío -pasó un rato sin decir nada, un rato en el que estuvo sopesando los pros y los contras-. Te salen almorranas, eso sí, pero no pasas frío.
– Hemorroides.
– Lo que tú digas, prima. A mi tío le tuvieron que operar de las almorranas y lo pasó muy mal, pero que muy mal en el postoperatorio.
– Ay, Milagros, no me cuentes más cosas de tu tío que me da mucho asco. A saber por qué coño me tengo que enterar de los detalles más desagradables de tu tío.
– Sólo una cosa, sólo una: yo creo que se ha liado con la ecuatoriana.
– ¿Por qué lo sabes?
– Porque le vi una caja de condones en el cajón de la mesilla de noche, y luego, no sé, me pareció que a la ecuatoriana se la ve más contenta. Se ve que habrán llegado a un acuerdo.
– ¿Y por qué le mirabas tú a tu tío en el cajón de la mesilla?
– Yo qué sé, por gusto. Pasé por allí de camino al servicio y voy y me digo, a ver qué tiene éste en la mesilla, y eso le vi, la caja de condones abierta.
– Anda que te iba a dejar yo que zascandilearas tú sola por mi casa.
– Eh, eh, cuidadito, que yo en tu casa nunca he fisgado nada, yo a ti te tengo mucho respeto. No te compares con mi tío Cosme.
– Aggg, qué asco, Milagros, una jeringuilla -ahí estaba, al lado de mis botas chirucas-. Qué gente más marrana.
– De eso no le eches la culpa a la juventud, Rosario, que la juventud hoy en día ya no se pincha, gracias a Dios. Ahora todo se lo meten por la boca.
Al lado de la jeringuilla había un vaso de plástico y más allá una litrona.
– El más pequeño de la casa bebe y toma pastillas, el papá se pica y el abuelo se emborracha. ¿Qué te parece, Milagros? Estoy hecha una antropóloga -me daba la risa al decirlo-, la basurera antropóloga. ¡Milagros!, ¿oyes lo que te digo? La antropóloga de la basura.
Pero Milagros no me contestó, estaba inmersa en su ocupación favorita, en su vicio. En vez de dejarla, como me había propuesto tantas veces y como debería haber hecho, me levanté como si tuviera un resorte en el culo y salí corriendo, saltando la pequeña valla que protegía el césped, con la agilidad repentina que me entra cuando noto que me sube la rabia a las venas del cuello.
– Pero, ¿se puede saber qué haces?
Milagros tenía en la mano una parrilla, una parrilla negra, sin brillo y rugosa. Una parrilla que había cumplido su misión, a la vista estaba, durante muchos años. No sé por qué agarré la parrilla por el otro extremo, lo hice con decisión, pensando que de un solo tirón se la arrancaría de las manos, pero no, Milagros tenía mucha más fuerza que yo y nos quedamos las dos, absurdamente, agarradas cada una de un lado de aquel artilugio, como si nos estuviéramos peleando por una ganga en el primer día de las rebajas.
– Suelta de ahí -me dijo-, quiero llevarme esta parrilla.
– Ya sé que quieres llevarte esta parrilla, pero no te vas a llevar esta parrilla.
Entonces ella, que no hubiera sido capaz, de hacerme daño en una situación normal, tiró de la parrilla con tanta furia que me la arrancó de las manos. Noté un fuerte dolor en el dedo corazón, como si me lo hubiera roto.
– Idiota, bestia, que eres una burra, una burra y una loca.
– Sí digo que me la llevo, me la llevo -y lanzó la parrilla sin más al carro de la basura, como dando el asunto por concluido. La parrilla hizo tal ruido al caer al fondo del cubo que las dos nos pegamos un susto.
– A ver si lo entiendes, Milagros, este carro es para qué vayas echando la basura. ¡No es el carrito del Pryca, no es el carro de la compra!
– Me hace falta una parrilla.
– …
– ¿Qué te pasa, te has hecho daño?
– No, no, yo no me he hecho daño: me has hecho daño. Mira, tengo un raspón, ay, cómo me duele, en el mejor de los casos me habrás roto el dedo, en el peor, a lo mejor me da el tétanos.
– Si quieres te acompaño a que te pongan la vacuna.