Y había odiado cada minuto de toda esa atención. Por las noches, volvía a sentir el peso del niño muerto en sus brazos, arrastrándola hacia las profundidades; recordaba la tentación de soltarlo y salvarse, y se preguntaba cuánto tiempo la habría resistido. La cicatriz en la pierna le picaba y le dolía, tanto al moverse como al quedarse quieta. La noticia de la muerte de Krystal Weedon había tenido un efecto tan alarmante en ella que sus padres habían solicitado ayuda psicológica, pero Sukhvinder no se había cortado ni una sola vez desde que la habían sacado del río; haber estado a punto de ahogarse parecía haber purgado esa necesidad.
Entonces, el primer día de su vuelta al instituto, con Fats Wall todavía ausente y con miradas de admiración siguiéndola por los pasillos, Sukhvinder había oído el rumor de que Terri Weedon no tenía dinero para enterrar a sus hijos, de que no tendrían lápidas y sólo los féretros más baratos.
—Me parece muy triste, Jolly —había comentado su madre esa noche, cuando la familia cenaba ante la pared de fotografías de los hermanos.
Su tono fue tan dulce como lo había sido el de la agente de policía; ya no había brusquedad en la voz de Parminder cuando hablaba con su hija.
—Quiero intentar que la gente dé dinero —declaró Sukhvinder.
Sus padres intercambiaron una mirada en la mesa de la cocina, sintiéndose instintivamente reacios a pedirle a la gente de Pagford que donara dinero para una causa como aquélla, pero ninguno de los dos dijo nada. Ahora que le habían visto los antebrazos, les producía cierto temor contrariar a Sukhvinder, y la sombra del orientador psicológico al que aún no conocían parecía pender sobre todas sus interacciones.
—Y me parece —prosiguió Sukhvinder con una energía febril como la de la propia Parminder— que el funeral debería hacerse aquí, en St. Michael, como el del señor Fairbrother. Cuando iba al St. Thomas, Krys asistía aquí a todos los servicios religiosos. Apuesto a que no había pisado otra iglesia en su vida.
«La luz de Dios brilla en todas las almas», se dijo Parminder, y, para sorpresa de Vikram, contestó de pronto:
—Sí, de acuerdo. Veremos qué se puede hacer.
La mayor parte de los gastos la habían afrontado los Jawanda y los Wall, pero también habían puesto dinero Kay Bawden, Samantha Mollison y un par de madres de las chicas del equipo de remo. Sukhvinder insistió entonces en acudir a los Prados en persona, a explicarle a Terri lo que habían hecho y por qué; lo del equipo de remo, y por qué el funeral Krystal y Robbie debía celebrarse en St. Michael.
A Parminder la había preocupado mucho que su hija fuera sola a los Prados, por no hablar de a aquella mugrienta casa, pero Sukhvinder estaba convencida de que todo iría bien. Los Weedon y los Tully sabían que había intentado salvarle la vida a Robbie. Dane Tully había dejado de gruñirle en las clases de lengua, y había impedido también que lo hicieran sus amigos.
Terri accedió a todo lo que le propuso Sukhvinder. Su aspecto era descarnado y sucio, y se mostró monosilábica y pasiva. A Sukhvinder la había asustado un poco, con sus brazos llenos de marcas y su boca medio desdentada; era como hablar con un cadáver.
En el interior de la iglesia, los asistentes se dividieron en dos bandos, con la gente de los Prados ocupando los bancos de la izquierda, y los pagfordianos los de la derecha. Shane y Cheryl Tully llevaron hasta la primera fila de bancos a Terri, que, con un abrigo dos tallas grande, no parecía saber muy bien dónde estaba.
Los féretros se colocaron uno junto al otro en unas andas frente al altar. Sobre el de Krystal había un remo de broncíneos crisantemos, y sobre el de Robbie un osito de crisantemos blancos.
Kay Bawden se acordó de la habitación de Robbie, con sus escasos y roñosos juguetes de plástico, y el programa de la ceremonia le tembló entre los dedos. Habría una investigación en el trabajo, naturalmente, porque el periódico local clamaba que la hubiese, y habían publicado ya un artículo en primera plana en el que sugerían que se había permitido que el niño viviera al cuidado de un par de yonquis y que su muerte podría haberse evitado si los negligentes asistentes sociales lo hubiesen puesto a salvo. Mattie había vuelto a pedir la baja por estrés, y se estaba valorando cómo había llevado Kay la revisión del caso. Ésta se preguntaba cómo afectaría eso a sus posibilidades de encontrar otro empleo en Londres, cuando todos los órganos municipales estaban recortando las plazas de asistentes sociales, y cómo reaccionaría Gaia si tenían que quedarse en Pagford. Aún no se había atrevido a hablarlo con ella.
Andrew miró a Gaia, sentada a su lado, e intercambiaron leves sonrisas. En Hilltop House, Ruth ya estaba preparando la mudanza. Andrew notaba que su madre, con su eterno optimismo, tenía la esperanza de que su recompensa por sacrificar la casa y la belleza del paisaje fuera un renacimiento. Su concepto de Simon seguía obviando sus ataques de ira y su deshonestidad, y confiaba en dejar todo eso atrás, como cajas olvidadas en la mudanza. Pero Andrew se dijo que al menos estaría un paso más cerca de Londres, y Gaia le había asegurado que estaba demasiado borracha para saber lo que hacía con Fats, y a lo mejor los invitaba a Sukhvinder y a él a tomar café a su casa cuando acabara el funeral…
Gaia, que pisaba por primera vez el interior de St. Michael, escuchaba a medias la cantinela del párroco y paseaba la mirada por el techo alto y estrellado y los vitrales como piedras preciosas. Pagford era un pueblo muy bonito, y ahora que se iba le parecía que quizá lo echaría un poco de menos.
Tessa Wall había preferido sentarse al fondo, sola. Eso la situaba justo debajo de la serena mirada de san Miguel, cuyo pie reposaba eternamente sobre aquel demonio que se retorcía, con sus cuernos y su cola. Tessa se había deshecho en lágrimas en cuanto había visto los dos relucientes féretros y, por más que intentaba contener el llanto, sus suaves gorgoteos eran audibles para quienes estaban cerca. Casi había esperado que alguien de la familia Weedon la reconociera como la madre de Fats y la increpara, pero no había pasado nada.
(Su vida familiar había dado un vuelco. Colin estaba furioso con ella.
—¿Que hiciste qué?
—Él quería saber lo que era la vida real, quería ver el lado sórdido de las cosas… ¿no comprendes a qué venía todo ese contacto con la pobreza?
—Así que decidiste contarle que podía ser el resultado de un incesto, y que yo intenté suicidarme porque él había entrado a formar parte de la familia, ¿es eso?
Tantos años tratando de reconciliarlos, y para conseguirlo había hecho falta la muerte de un niño y el profundo conocimiento que Colin tenía de la culpa. Tessa los había oído hablar a los dos la noche anterior en la buhardilla de Fats, y se había detenido a escuchar al pie de las escaleras.
—Ya puedes quitarte de la cabeza eso… todo eso que te contó tu madre —estaba diciendo Colin con aspereza—. No tienes ninguna anormalidad física o mental, ¿no? Bueno, pues entonces… deja de preocuparte y no le des más vueltas. Igualmente, tu orientador te ayudará con todo eso…)
Tessa sofocó los sollozos con el pañuelo empapado y pensó en lo poco que había hecho por Krystal, muerta en el suelo del cuarto de baño… Habría supuesto un alivio que san Miguel bajara de su reluciente vitral y los juzgara a todos, decretando con exactitud qué parte de culpa le correspondía a ella, por las muertes, por las vidas truncadas, por aquel cataclismo… Al otro lado del pasillo, un revoltoso niño de los Tully se bajó de un brinco del banco, y una mujer tatuada tendió un firme brazo para agarrarlo y volverlo a sentar. Los sollozos de Tessa se vieron interrumpidos por un leve jadeo de sorpresa: estaba segura de haber reconocido su propio reloj perdido en aquella gruesa muñeca.