Sukhvinder, que oía los sollozos de Tessa, sintió lástima por ella, pero no se atrevió a volverse. Parminder estaba furiosa con Tessa. Su hija no había podido explicar las cicatrices en sus brazos sin mencionar a Fats Wall. Le había rogado a su madre que no llamara a los Wall, pero entonces había sido Tessa quien había telefoneado a Parminder para decirle que Fats asumía toda la responsabilidad por los mensajes del Fantasma de Barry Fairbrother en la página web del concejo, y Parminder le había contestado con tal virulencia que desde entonces no se hablaban.
A Sukhvinder le había parecido extraño que Fats hiciese algo así, que asumiera la culpabilidad de su mensaje; pensó que se trataba de una manera de disculparse. Fats siempre había parecido capaz de leerle el pensamiento… ¿Sabía acaso que ella había atacado a su propia madre? Se preguntó si podría confesarle la verdad a ese nuevo orientador en quien sus padres parecían depositar tanta confianza, y si podría contárselo alguna vez a la nueva y contrita Parminder…
Sukhvinder intentaba seguir el oficio religioso, pero no le estaba siendo de mucha ayuda. Se alegraba del remo y el osito de crisantemos que había hecho la madre de Lauren; se alegraba de que Gaia y Andy hubiesen asistido al funeral, así como las chicas del equipo de remo, pero habría querido que las gemelas Fairbrother no se hubiesen negado a ir.
(—Es que le daríamos un disgusto a mamá —le dijo Siobhan—. Ella cree que papá le dedicaba demasiado tiempo a Krystal, ¿sabes?
—Ah —repuso Sukhvinder, desconcertada.
—Además —añadió Niamh—, a mamá no le gusta la idea de tener que ver la tumba de Krystal cada vez que visite la de papá, porque es muy probable que la pongan muy cerca.
A Sukhvinder, esas objeciones le sonaron triviales y mezquinas, pero le pareció un sacrilegio aplicar términos como ésos a la señora Fairbrother. Las gemelas se alejaron, absortas la una en la otra como estaban siempre últimamente; a Sukhvinder la trataban con frialdad por haber trabado amistad con la forastera, Gaia Bawden.)
Sukhvinder seguía esperando que alguien se levantara y hablara de la verdadera Krystal y de sus logros en la vida, como había hecho el tío de Niamh y Siobhan en el funeral del señor Fairbrother, pero el párroco, aparte de breves referencias a «unas vidas trágicamente cortas» y «una familia con profundas raíces en Pagford», parecía decidido a saltarse los hechos.
Y así, se puso a pensar en el día en que el equipo había competido en las finales regionales. El señor Fairbrother las había llevado en el minibús a remar contra las chicas del St. Anne. El canal atravesaba los jardines privados del colegio, y estaba previsto que se cambiaran en el gimnasio del St. Anne y la regata partiera de allí.
—Es muy antideportivo, por supuesto —les había dicho Fairbrother por el camino—. Supone una ventaja para el equipo de casa. Intenté que lo cambiaran, pero se negaron. No os dejéis intimidar y ya está, ¿de acuerdo?
—Pues yo no tengo miedo, jo…
—Krys…
—Que no tengo miedo.
Pero, cuando entraron en el recinto del colegio, Sukhvinder sí sintió miedo. Amplias extensiones de césped impecable y un gran edificio simétrico de piedra dorada, con agujas y un centenar de ventanas: no había visto nada igual en toda su vida, excepto en postales.
—¡Es como el palacio de Buckingham! —chilló Lauren desde el asiento de atrás, y la boca de Krystal formó una «o» perfecta; a veces mostraba la naturalidad de un niño.
Los padres de todas, y la bisabuela de Krystal, las esperaban en la línea de meta, donde fuera que estuviese. Sukhvinder tuvo la certeza de que no era la única que se sentía pequeña, asustada e inferior cuando se acercaban a la entrada del precioso edificio.
Una mujer con toga salió a recibir a Fairbrother, que llevaba su chándal.
—¡Deben de ser Winterdown!
—Pues claro que no lo somos —soltó Krystal en voz alta—, ¿le parecemos un puto edificio o qué?
Todos supieron que la profesora del St. Anne lo había oído, y Fairbrother se volvió para mirar a Krystal con el cejo fruncido, pero advirtieron que en realidad le había parecido divertido. El equipo entero empezó a reír por lo bajo, y aún soltaban bufidos y se burlaban cuando Fairbrother las dejó en la entrada de los vestuarios.
—¡Haced estiramientos! —les recordó cuando se alejaban.
El equipo del St. Anne estaba dentro con su entrenadora. Los dos grupos se observaron por encima de los bancos. Sukhvinder se quedó impresionada por el pelo de sus rivales. Todas tenían melenas naturales y relucientes: podrían haber protagonizado anuncios de champú. En su equipo, Siobhan y Niamh llevaban cortes a lo paje, y Lauren a lo chico; Krystal siempre se recogía el pelo en una coleta alta, y la propia Sukhvinder lo tenía áspero, grueso y rebelde como crin de caballo.
Le pareció que dos chicas del St. Anne intercambiaban susurros y sonrisitas burlonas, y la confirmación de que así era le llegó cuando Krystal se irguió de pronto en toda su estatura, las miró furibunda y soltó:
—Supongo que vuestra mierda huele a rosas, ¿no?
—Perdona, ¿qué has dicho? —quiso saber la entrenadora.
—Sólo era una pregunta —repuso Krystal con tono suave, y se volvió para quitarse los pantalones de chándal.
No habían podido aguantarse la risa, y mientras se cambiaban se oyeron bufidos y carcajadas. Krystal se alejó un poco haciendo el payaso, y cuando la fila de chicas del St. Anne pasó por delante de ella, les enseñó el culo.
—Encantador —comentó la última en salir.
—¡Gracias! —exclamó Krystal—. Después te dejo echar otro vistazo, si quieres. ¡Ya sé que sois todas tortilleras, encerradas aquí dentro sin un solo tío!
Holly se reía tanto que se dobló por la cintura y se dio un cabezazo contra la puerta de la taquilla.
—Joder, ten cuidado, Hol —dijo Krystal, encantada con el efecto que estaba causando en todas—. Vas a necesitar la cabeza.
Cuando desfilaban hacia el canal, Sukhvinder comprendió por qué el señor Fairbrother había querido cambiar el sitio donde se celebraba la regata. Ellas sólo lo tenían a él para animarlas en la salida, mientras que el equipo del St. Anne contaba con montones de amigas que chillaban y aplaudían y saltaban, todas con las mismas melenas largas y brillantes.
—¡Mirad! —exclamó Krystal señalándolas al pasar—. ¡Es Lexie Mollison! Eh, Lex, ¿te acuerdas de cuando te hice saltar los dientes?
Sukhvinder se rió tanto que le dolió el estómago. Se sentía contenta y orgullosa de ir con Krystal, y notó que las demás pensaban lo mismo. La forma que Krystal tenía de enfrentarse al mundo las protegía a todas de las miradas, las banderitas que ondeaban y el edificio como un palacio que había al fondo.
Pero cuando subieron a la embarcación, Sukhvinder advirtió que incluso Krystal acusaba la presión. Ésta se volvió hacia ella, que siempre remaba detrás, para enseñarle algo que tenía en la mano.
—Mi amuleto de la suerte —dijo.
Era un llavero con un corazón de plástico rojo, y dentro había una fotografía de su hermanito.
—Le he dicho que le llevaría una medalla —añadió Krystal.
—Sí —respondió Sukhvinder con una oleada de confianza y temor—. Se la llevaremos.
—Ajá —repuso Krystal mirando al frente de nuevo, y volvió a meterse el llavero en el sujetador. Y, en voz bien alta para que todo el equipo la oyera, añadió—: Estas tías no tienen nada que hacer contra nosotras. Sólo son una panda de bolleras. ¡Acabemos con ellas!
Sukhvinder recordaba el pistoletazo de salida y los vítores de la multitud y la tensión en los músculos. Recordaba la euforia ante el ritmo perfecto que llevaban y el placer que suponía estar mortalmente serias después de las risas. Krystal había ganado la regata por todas. Krystal había anulado la ventaja del otro equipo por competir en casa. Sukhvinder pensó que ojalá fuera como Krystaclass="underline" divertida y dura, imposible de intimidar, siempre preparada para luchar.