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Es natural, sucede siempre cuando el que estuvo ahí cuenta lo que vio. Aunque no haya terminado la tormenta, basta haber visto y oído que se atenuaron gradualmente el viento y el ruido de la lluvia, para interpretar la tormenta como un resto de algo que fue y que pronto terminará de pasar.

Todo es distinto para quien oye. Bien instalado y asistido, uno de estos nuevos grabadores digitales de doce pistas registra una docena de fuentes de sonido simultáneamente. Un oído experto puede escucharlas en otros tantos planos sonoros, y decidir, en cada tramo, cuáles pistas conviene copiar a la matriz -el "master"- para que los técnicos purifiquen el registro, filtren interferencias y abrevien la grabación facilitando eventuales transcripciones.

Quien lea eso nunca termina de tener una idea cabal de lo que estuvo sucediendo, y lo mismo le habrá ocurrido antes al que seleccionó los materiales para grabar el master. Esto se nota bien cuando alguno de los canales del registro digital tiene captada una línea telefónica o una frecuencia de telefonía celular. En el canal telefónico, lo que se escucha viene libre de sobreentendidos a las cosas que quienes dialogan están viviendo, o viendo. Aún en diálogos reticentes, circunspectos o cifrados, la pista telefónica, cargada de registros de frases emitidas fuera del espacio, puede contener mas o menos información, y de valor mayor o menor, pero siempre mas convincente. Es como si el espacio electromagnético de la telefonía, al excluir la realidad de los cuerpos y del espacio que los contiene, librara a las cosas de los efectos distorsivos del mundo. Pero sin ellos, claro, ya no está el mundo y no siempre resulta fácil explicarse por qué a toda esta información sin mundo se le asigna más valor que al magma de cosas y acontecimientos que componen el mundo.

11

Están los acondicionadores, las libélulas muertas, los charcos de agua, el recuerdo de una frase anterior, alguien tose, otro se calza un anorak amarillo y es un bombero, otro imagina un buzo táctico que nunca estuvo allí pero que aparecía en relato de la escena, en pleno día, en la terraza. Viene un taxi haciendo guiños con las luces para garantizar al probable pasajero que va hacia él. Un hombre enciende un cigarrillo, enciende la radio para sintonizar un programa de fútbol y en cien manzanas se interrumpe la energía eléctrica.

Después vuelve a fluir la energía eléctrica, se escucha un taconeo en la vereda, no se llega a oír la voz de aquel animador, va por allí uno interpretando que el supuesto programa sobre fútbol es apenas un espacio radial destinado a comentar y a transmitir información acerca de las instituciones que administran el fútbol y nada de eso es el mundo, y decir que es un fragmento, o una "selección", es un mero decir, porque lo que se concibe como el mundo también es un fragmento, una infinita trama de omisiones.

Cierto que la noción de trama lleva a imaginar un conjunto de presencias imbricadas antes que una omisión, pero en lo que alguna vez el artesano intentó hacer cruzando filamentos de secreciones secas de gusanos de seda, o trenzando la lana -el pelo- de otro animal, igual que en la trama de gestiones que programa quien planifica un complejo negocio de inversión, lo que se omite cuenta tanto como lo que efectivamente se realiza, es decir, lo que efectivamente se vuelve real y queda puesto en alguna forma de espacio y cargado con la pretensión de ser todo lo que hay.

Eso es lo peor de la realidad, su eterna pretensión de ser todo lo que hay. Y esto, que es lo primero que debería aprender un responsable de escuchas, figura en los manuales, pero como siempre sucede, hay tanta información en los manuales, -ítems, capítulos, referencias, diagramas e ilustraciones-, que en el proceso de capacitación se borran las diferencias entre lo indispensable y lo anecdótico. Hasta los mismos autores, -agentes retirados o redactores de folletería explicativa del instrumental- ceden a lo inevitable y se resignan a exponer sus conocimientos sabiendo que nunca serán debidamente asimilados.

Con el tiempo, se espera, la práctica profesional irá completando los vacíos que, por fuerza de las cosas, el aprendizaje no alcance a cubrir.

Pero con la práctica sucede lo mismo. Pasan años hasta que un personal capacitado en escuchas se libra de las ideas erróneas que contrajo antes de ser reclutado. Un jefe decía que esto era causado por la televisión, pero otro igual, hace cincuenta años, lo habría imputado al cine, y un siglo atrás, otro habría culpado al teatro, aunque en esa época poca gente estuviera expuesta a los espectáculos y aunque no hubiera habido reclutamiento ni dispositivos electrónicos de escucha que requiriesen tanto personal especializado. En verdad, la fuente del error del recluta, que tantos años lleva superar, no es la televisión ni la cultura de la imagen sino la vida misma. Y la causa del error de ese jefe que cavila sobre las dificultades de la capacitación y las imputa al nuevo medio electrónico que envolvería a los jóvenes, es también la vida misma, que en su caso, y en el de todos los funcionarios de su promoción y el de la gente de su categoría social, sobreabunda en indicios y pistas falsas que imponen atribuir a la televisión ser fuente de lo que sería apenas un circunstancial reflejo, como fueron el cine durante casi medio siglo, el teatro por decenas de siglos y la vida misma por todo el resto del tiempo sin espectáculos que habitaron los humanos.

El jefe siempre repetía que lo mas difícil de desactivar en los reclutas es la idea falsa de justicia, que, según decía, inculca la televisión. Héroes, detectives, inspectores y los característicos abogados de las series de televisión se desenvuelven en un combate interminable entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo que se debe o no se debe hacer, y todos ellos actúan -en la serie, pero particularmente en la realidad que ella pretende representar- convencidos de que lo justo, lo debido y lo bueno deben permanecer unidos, siempre coincidiendo en el mismo lugar.

Según él, y dicho en nuestras palabras, esta locura de la televisión se contagia al público, especialmente a los más jóvenes, y por eso el reclutamiento se llenaba de despistados. "Despistado" era aquel que a pesar de los manuales y de las reuniones grupales donde se analizaban casos bajo la supervisión de un cuadro superior, seguía encadenado a la ilusión de que las escuchas y los registros fotográficos son compilaciones de pruebas para incriminar a alguien en un juicio oral ante la corte americana de la última escena de alguna de sus series predilectas.

Y la corte no existe, decía el jefe, esas cosas suceden solamente en la televisión y el Estado no invierte fortunas en tecnología y personal para buscar culpables sino porque necesita saber, no culpar. No hay buenos ni malos, pero, ¡atención!, decía: aquí no está prohibido creer que puede haber buenos y malos, acá se exige que cada cual crea lo que quiere, pero que no pierda tiempo ni lleve a otros a perder tiempo calculando si el cliente actuó mal, o actuó bien. Aquí, decía, se invierten más de cien millones por año para saber lo que está sucediendo.