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Eric dijo que estaba seguro de que la pareja que iba incluida con la casa probablemente lo tendría todo a punto.

– No me importa ir antes de que lleguéis todos vosotros, de verdad -insistió Pascale alegremente e incluso su marido sonrió. Habían preparado un plan muy atractivo.

Era casi medianoche cuando se separaron y los Morrison y los Smith compartieron un taxi hasta el East Side. Seguía lloviendo, pero estaban de muy buen humor. Anne se recostó en el asiento del taxi y les sonrió. Robert sospechó que era el único que se daba cuenta de lo cansada que parecía. Tenía aspecto de estar agotada.

– ¿Estás bien? -le preguntó Robert cariñosamente después de dejar a los Morrison.

Anne había estado más callada que de costumbre durante el trayecto y podía ver que estaba cansada. Otra vez se había estado exigiendo demasiado.

– Estoy perfectamente -dijo con menos energía que convicción-. Solo estaba pensando en lo agradable que será pasar un mes en Francia. No se me ocurre ninguna otra cosa que me gustara más hacer contigo que pasar las vacaciones así; leyendo, descansando, navegando, nadando. Me gustaría que no faltara tanto.

Parecía como si las vacaciones estuvieran todavía muy lejos.

– A mí también -respondió Robert.

El taxi los dejó frente a su casa en East Eighty-ninth Street y se apresuraron a entrar para refugiarse de la lluvia. Mientras la miraba quitarse el abrigo en su cómodo piso, pensó que su esposa parecía pálida.

– Me gustaría que te tomaras algún tiempo libre antes del verano. ¿Por qué no cogemos un fin de semana largo y nos vamos a algún sitio cálido unos cuantos días?

Se preocupaba por ella; siempre lo había hecho. Era lo más precioso de su vida. Más aún que sus hijos, Anne siempre había sido su máxima prioridad. Era su amor, su confidente, su aliada, su mejor amiga. Era el centro de su existencia.

En los treinta y ocho años que llevaban juntos, cuando estaba embarazada y en las escasas ocasiones en que había estado enferma, la había tratado como si fuera un precioso y frágil objeto de cristal antiguo. Por naturaleza, él era una persona muy cariñosa. Era algo que ella amaba en él; su ternura, su atención, la amabilidad de su carácter. Lo había percibido la primera vez que se vieron y los años le habían demostrado que no se había equivocado. En cierto sentido, ella era más resistente que él, más dura, más fuerte y, en algunas cosas, menos indulgente. Cuando defendía los derechos de sus clientes o a sus hijos, era temible, pero su corazón siempre había pertenecido a Robert. No se lo decía con frecuencia, pero el suyo era un vínculo que había vencido la prueba del tiempo y necesitaba de pocas palabras. Cuando eran jóvenes, solían hablar más, de sus esperanzas, de sus sueños y de cómo se sentían. Robert era el romántico, el soñador que imaginaba cómo serían los años venideros. Anne siempre era más práctica y más inmersa en su vida diaria. Con el paso de los años, parecía haber menos necesidad de hablar, menos necesidad de planear y mirar hacia adelante. Se limitaban a avanzar, cogidos de la mano, un año tras otro, satisfechos con lo que habían hecho, respetando las lecciones aprendidas. La única tragedia compartida fue la pérdida de su cuarto hijo, una niña, al nacer. Anne había quedado deshecha, pero se había recuperado rápidamente, gracias al apoyo y a las atenciones de Robert. Fue Robert quien lloró a la pequeña durante años y quien todavía hablaba de ella de vez en cuando. Anne había dejado atrás su duelo y, en lugar de lamentar lo que había perdido, estaba satisfecha con lo que tenía. Sin embargo, sabiendo lo profundamente que Robert sentía las cosas, tenía cuidado con sus emociones y era siempre amable. Él era la clase de persona a quien se quiere proteger de las cosas que hacen daño. Anne siempre parecía un poco más capaz que él para encajar los golpes que da la vida.

– ¿Qué quieres hacer mañana? -le preguntó él, cuando ella se metía en la cama, a su lado, con un camisón de franela azul.

Era una mujer atractiva, no guapa, pero sí distinguida, elegante y bien parecida. En algunos aspectos, pensaba que era, ahora, incluso más atractiva que cuando se casaron. Tenía ese aspecto que mejora con el paso del tiempo. Se conservaba bien, su compañera de toda la vida.

– Mañana, quiero dormir hasta tarde y luego leer el periódico -respondió ella, bostezando-. ¿Quieres que vayamos al cine por la tarde?

Les gustaba el cine; por lo general, películas extranjeras o melodramas que, la mayoría de veces, hacían llorar a Robert. Cuando eran jóvenes, Anne solía burlarse de él. Ella nunca lloraba en el cine, pero adoraba la ternura de su marido y su bondadoso corazón.

– Suena bien.

Lo pasaban bien juntos, les gustaban las mismas personas, disfrutaban de la misma música y de los mismos libros, de la mayoría de las mismas cosas, más aun ahora que en sus primeros años juntos. Al principio, había más diferencias entre ellos, pero Robert había compartido tanto con ella a lo largo del tiempo, que sus gustos habían confluido y sus diferencias, desaparecido. Lo que compartían ahora era enormemente confortable, como una enorme cama de plumas en la que se sumergían, cogidos de la mano, totalmente a sus anchas.

– Me alegro de que Pascale haya encontrado la casa -dijo Anne mientras se iba quedando dormida, acurrucada contra él-. Creo que este verano que viene lo vamos a pasar bien de verdad.

– Me muero de impaciencia por ir a navegar contigo -dijo él, atrayéndola hacia sí.

Se había sentido excitado, unas horas antes, mientras se vestían para ir a casa de los Donnally, pero ahora, ella parecía tan cansada que le habría parecido injusto tratar de que hicieran el amor. Trabajaba demasiado, se exigía demasiado. Tomó nota mentalmente de hablarle de ello al día siguiente; no la había visto tan agotada desde hacía años. Ella se quedó dormida entre sus brazos, casi instantáneamente. Unos minutos después, también él dormía, roncando con suavidad.

Eran las cuatro de la madrugada cuando se despertó y oyó a Anne en el baño; tosía y parecía que estuviera vomitando. Veía la luz por debajo de la puerta y esperó un poco para ver si volvía a la cama, pero al cabo de diez, minutos no se oía nada y ella seguía sin salir del baño. Finalmente se levantó y llamó a la puerta, pero ella no contestó.

– Anne, ¿estás bien? -Esperaba oírle decir que no le pasaba nada y que volviera a la cama, pero de allí dentro no salía sonido alguno-. ¿Anne? Cariño, ¿te encuentras mal?

La cena que Pascale había preparado era deliciosa, pero sustanciosa y muy condimentada. Esperó un par de minutos más y, luego, giró suavemente el pomo y miró al interior. Lo que vio fue a su esposa, caída en el suelo, con el pelo desordenado y el camisón torcido. Era evidente que había estado vomitando; estaba inconsciente y tenía la cara gris, con los labios casi azules. Verla así lo aterrorizó.

– Oh, Dios mío… Oh, Dios mío…

Le tomó el pulso y notó que todavía latía, pero no veía que respirara. No estaba seguro de si tenía que intentar reanimarla o llamar al 911. Finalmente, corrió a buscar su móvil, volvió al lado de su esposa y llamó desde allí. Trató de sacudirla, mientras la llamaba por su nombre, pero Anne no daba señales de recuperar el conocimiento y Robert veía que los labios se le iban volviendo de color azul oscuro. La telefonista del 911 ya estaba al teléfono. Le dio su nombre y dirección y le dijo que su esposa estaba inconsciente y que apenas respiraba.

– ¿Se ha dado un golpe en la cabeza? -preguntó la telefonista con un tono profesional y Robert luchó por contener sus lágrimas de terror y frustración.

– No lo sé… Haga algo… por favor… envíe a alguien enseguida…

Acercó la mejilla a la nariz de ella, sin soltar el teléfono, pero no notó respiración alguna y, esta vez, cuando le buscó el pulso, pensó que había desaparecido y, aunque luego lo encontró de nuevo, apenas podía notarlo. Era como si se estuviera alejando rápidamente de él y él no pudiera hacer nada para evitarlo.