Выбрать главу

La Corona se levantó, salió del camarote, fue a cubierta. Estaba atardeciendo. El sol, bronceado e hinchado, se hallaba muy bajo al oeste y una de las lunas acababa de salir por el norte. El cielo estaba lleno de colores: castaño rojizo, azul turquesa, violeta, ámbar, oro… Una franja de nubes casi cubría el horizonte. Valentine permaneció solo junto a la barandilla durante unos minutos, aspiró profundamente el aire salino. Todo se arreglaría con el tiempo, pensó de nuevo. Pero de forma imperceptible se sentía cada vez más sumido en la intranquilidad y el desasosiego. Parecía imposible huir de esa sensación. Jamás se había hundido con tanta frecuencia en la tristeza y el desespero. No reconocía al Valentine en que se había transformado, ese hombre mórbido siempre al borde de la tristeza. Era un desconocido.

—¿Valentine?

Carabella. Valentine hizo un esfuerzo para olvidar sus presentimientos y sonrió mientras ofrecía una mano a su esposa.

—Qué puesta de sol tan hermosa —dijo ella.

—Espléndida. Una de las mejores de la historia. Aunque aseguran que hubo otra mejor en el reinado de lord Confalume, el decimocuarto día de…

—Ésta es la mejor, Valentine. Porque es la que tenemos esta tarde. —Carabella enlazó su brazo con el de él y guardó silencio.

En ese momento Valentine juzgó difícil comprender por qué hacía tan sólo unos segundos había estado de un talante tan melancólico. Todo se arreglaría. Todo se arreglaría.

—¿Qué es aquello, un dragón marino? —dijo Carabella al cabo de unos instantes.

—Los dragones marinos jamás se adentran en estas aguas, amor.

—Entonces debe ser una alucinación. Aunque muy convincente. ¿No ves nada?

—¿Hacia dónde debo mirar?

—Hacia allí. ¿No lo ves, una mancha de color reflejada en el océano, púrpura y oro? Ahora mira un poco más a la izquierda. Allí. Allí.

Valentine forzó la vista y observó atentamente el mar. Al principio no vio nada. Después pensó que podía ser un tronco inmenso sacudido por las olas. Y finalmente uno de los últimos rayos de sol que se filtraban por las nubes iluminó el mar y Valentine lo vio con claridad: un dragón marino, cierto, un dragón sin lugar a duda, un dragón que nadaba lentamente hacia el norte, solo.

Valentine tuvo un escalofrío y se apretó el pecho con los brazos.

Los dragones marinos, por lo que él sabía, siempre iban agrupados, y seguían rutas predecibles en los océanos, siempre en aguas meridionales, de oeste a este a lo largo del sur de Zimroel, por la costa de Gihorna hasta Piliplok, hacia el este antes de llegar a la Isla del Sueño y por la tórrida costa austral de Alhanroel hasta alcanzar la seguridad de las desconocidas aguas del Gran Océano. Sin embargo había un dragón allí, sin compañía, desplazándose hacia el norte. Y mientras Valentine lo contemplaba, la enorme criatura desplegó sus impresionantes alas, batió el mar con ellas de un modo lento y resuelto, slap-slap-slap-slap, como si pretendiera hacer lo imposible: levantarse sobre el mar y salir volando cual ave titánica hacia las zonas polares cubiertas de niebla.

—Qué extraño —murmuró Carabella—. ¿Alguna vez habías visto un dragón comportándose así?

—Nunca. Nunca. —Valentine se estremeció—. Augurios y más augurios, Carabella. ¿De qué pretenden avisarme?

—Vamos. Entremos y bebamos un buen vaso de vino.

—No. Todavía no.

Valentine permaneció en cubierta como si estuviera encadenado, forzando la vista para distinguir la oscura silueta recortada en la oscuridad del mar a la luz menguante del crepúsculo. Las enormes alas fustigaron sin descanso el agua hasta que el dragón las plegó, irguió su largo cuello, echó hacia atrás su cabeza tricorne y emitió un lamento retumbante que resonó igual que la bocina de un barco abriéndose paso en las tinieblas. Después el animal se deslizó por debajo de la superficie y fue totalmente imposible seguir observándolo.

4

Cuando llovía, y en esa época del año siempre llovía en el valle de Prestimion, el olor acerbo a vegetación socarrada se alzaba de los abrasados campos y lo impregnaba todo. Cuando Aximaan Threysz llegó arrastrando los pies al salón municipal de reuniones del centro de la población, con su hija Heynok sosteniéndola atentamente por el codo, la gayrog percibió ese olor incluso allí, a kilómetros de las plantaciones quemadas más próximas.

Imposible eludirlo. Estaba aferrado a la tierra como el agua de una inundación. El tufo acre penetraba por cualquier puerta, por cualquier ventana. Llegaba hasta las bodegas donde estaba almacenado el vino y contaminaba los recipientes cerrados. La carne que comían apestaba. El hedor se pegaba a la ropa y era imposible eliminarlo. Se filtraba por los poros del cuerpo e infectaba la carne. Incluso entraba en el alma, empezaba a creer Aximaan. Cuando le llegara la hora de volver a la Fuente, si le permitían abandonar su interminable vida, ella estaba convencida de que los guardianes del puente la detendrían y la obligarían a retroceder, y le dirían con desprecio: «Aquí no queremos olores de viles cenizas, vieja. Recobra tu cuerpo y vete.»

—¿Quieres sentarte aquí, madre? —inquirió Heynok.

—Me da lo mismo. Cualquier sitio es bueno.

—Estos asientos son buenos. Podrás oír bien desde aquí.

Hubo una ligera conmoción en la hilera: las personas próximas se movieron para dejar sitio a Aximaan Threysz. Todo el mundo la trataba como una vieja chocha. Bien, ella era vieja, desde luego, monstruosamente vieja, una superviviente de los tiempos de Ossier, tan vieja que incluso recordaba los años juveniles de lord Tyeveras, pero su edad no era una novedad. Así pues, ¿por qué de pronto se mostraban todos tan paternales con ella? Aximaan no precisaba tratamiento especial. Aún podía andar, seguía viendo bastante bien, continuaba yendo al campo en la época de la cosecha, recogía las vainas… y recogía… e iba al campo… y… recogía…

Aximaan Threysz, algo vacilante, moviéndose con torpeza, ocupó su asiento. Oyó murmullos de saludo y correspondió de un modo distante, puesto que ya tenía dificultades para identificar nombres y caras. Cuando la gente del valle hablaba con ella en los últimos tiempos, siempre había condolencia en sus voces, como si hubiera muerto alguien en la familia de la anciana. En cierto sentido era cierto. Pero no era la muerte que ella ansiaba, la muerte que se le negaba, su propia muerte.

Quizá ese día no llegara nunca. A ella le parecía estar condenada a vivir para siempre en un mundo de ruina y desesperación, a percibir aquella peste pungente cada vez que respiraba.

Permaneció sentada en silencio, sin mirar a nadie en especial.

—Creo que es muy animoso —dijo Heynok.

—¿Quién?

—Sempeturn. El hombre que hablará esta noche. Intentaron detenerle en Mazadone, alegando que predica la traición. Pero él habló de todas formas y ahora está recorriendo las provincias agrícolas e intenta explicarnos por qué han quedado arruinadas las cosechas. Toda la gente del valle está reunida aquí esta noche. Es un acontecimiento muy importante.

—Un acontecimiento muy importante, sí —dijo Aximaan—. Sí, un acontecimiento muy importante.

Le producía cierto nerviosismo la presencia de tantas personas alrededor de ella. No había ido a la ciudad desde hacía meses. Raramente salía ya de su casa, pasaba casi todos los días sentada en su dormitorio de espaldas a la ventana, sin mirar nunca la plantación. Pero esa noche Heynok había insistido mucho. Un acontecimiento muy importante, repetía su hija.