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– Vale, vale. Cuando yo tenía seis años, mi madre me dejó aquí con los abuelos para ir a ver por octava vez el Fantasma de la ópera.

– Adoro los espectáculos de Andrew Lloyd Webber -afirma mi madre sin disculparse, dirigiéndose a Roman, quien se encoge de hombros.

– Alfred y Tess estaban en un campamento de verano…

– El campamento Don Bosco -aclara Tess.

– Y Jaclyn, que era un bebé, estaba en Queens con mi padre. Así que tenía a los abuelos para mí. Vine a jugar a la terraza, primero monté una merienda con té. Las herramientas fueron mi vajilla y con el lodo hice bizcochos. Luego decidí ser como la abuela, fui hacia las plantas de tomates y empecé a excavar en la tierra, pero cuando alcé la vista no había tomates. Bajé corriendo las escaleras hasta la tienda de zapatos y dije: «Alguien ha robado los tomates», y empecé a llorar.

– Casi sufre un colapso nervioso -dice la abuela con ironía.

– ¡Estaba preocupada! No había tomates -sale Chiara en mi defensa.

– Así es. Entonces el abuelo me explicó que a veces las plantas no tienen frutos, que no importa cuánto las cuides, no hay suficiente humedad para que den tomates. Las plantas son sabias, saben cuándo no deben florecer, porque si lo hicieran, los tomates saldrían pálidos e insípidos y eso ¿qué tendría de bueno?

– Le dije a Valentine que tendríamos que esperar hasta el próximo verano para que los tomates crecieran. Estaba desconsolada. -La abuela levanta su copa de vino.

Retomo la historia de nuevo y miro a Roman, que está tan inmerso en el relato del destino de los tomates como los niños, o quizá sólo está siendo educado.

– El domingo siguiente, todos vinieron a cenar y la abuela dijo: «Sube a la terraza, Valentine, no creerás lo que verán tus ojos».

– ¡Y todos subieron corriendo las escaleras! -exclama Chiara.

– Así es -digo yo, poniendo las manos sobre los hombros de Rocco y Alfred hijo-. Todos llegamos a la terraza para mirar qué había sucedido. Y al llegar aquí descubrimos un milagro, había tomates por todas partes. Pero no eran tomates para hacer salsa, eran de terciopelo, hechos con tela roja y verde, y colgaban de las plantas yermas, como adornos. Incluso estaba el alfiletero en forma de tomate del taller. Saltamos de contento, como si fuera la mañana de Navidad, aunque era el día más caliente del verano. Le pregunté al abuelo cómo había sucedido, y él me respondió: «¡Magia!». Y así celebramos la cosecha de los tomates de terciopelo.

Mi madre me mira mientras sube los pulgares y asiente con la cabeza. Los niños comen nubes y nosotros bebemos vino. Echo un vistazo a mi familia, me siento plena y bendecida. Pamela sigue pegada a la cadera de mi hermano, como una funda de pistola; la abuela descansa con los pies sobre la tumbona; Tess y Jaclyn tiran de mi madre para que observe la perezosa entrada de un crucero noruego en el puerto de Nueva York. Miro a Roman, que parece encajar en mi chiflada familia sin mucho alboroto. La luna asoma entre los rascacielos que nos rodean y se parece muchísimo a una moneda de la suerte.

Mi padre levanta su copa de plástico con ilustraciones de mujeres sexys vestidas de elfos y dice:

– Quisiera hacer un brindis. Por el doctor Buxbaum, de la clínica Sloan, que analizó los valores de mi prostrada de arriba a abajo, lo cual está muy bien.

– ¡Por el doctor Buxbaum! -brindamos. Mi padre está logrando vencer el cáncer de próstata y aún no pronuncia bien la palabra.

– Por muchos, muchos años, Dutch -dice mi madre, levantando su copa de nuevo-. Tenemos muchos atardeceres que mirar y muchos lugares adonde ir. Todavía me tienes que llevar a Williamsburg.

– ¿En Virginia? -pregunta Tess.

– ¿Ése es el viaje de vuestros sueños? -dice Jaclyn-. Se puede llegar ahí en coche.

– Creo que hay que ponerse objetivos que se puedan cumplir. Con pocas expectativas se construye una vida feliz. Puedo morirme sin ir a Bora-Bora. Además, me encanta el vidrio soplado, la arquitectura georgiana y las recreaciones de los episodios de guerra. Apuntad siempre hacia lo asequible, chicas.

– Parece que de verdad lo crees -digo yo, balanceando mi copa de vino.

– Lo creo por completo. He soñado con lo alcanzable y lo alcanzable me ha encontrado. Quería un chico italiano con buenos dientes y lo conseguí.

– Todavía conservo todos mis dientes -asiente papá.

– Piensas que las cosas pequeñas no importan hasta que prestas atención a los dientes -dice la abuela, brindando con mi padre desde la tumbona.

Bebemos el vino mientras reflexionamos sobre la manera de morder de papá y el sueño del Williamsburg colonial de mamá. El único sonido que se escucha es la tenue explosión de las nubes cuando se inflaman con llamas anaranjadas, sólo para tornarse azules antes de carbonizarse. Roman supervisa la operación y parece divertirse. Me mira y me guiña un ojo.

Los niños se han ido abajo a jugar con esas muñecas minúsculas, las Polly Pocket, mientras los adultos permanecemos en la terraza, sentados alrededor de la vieja mesa y acabándonos el vino. El viento frío aviva el fuego de la parilla y luego lo extingue. Recojo las copas y cuando estoy a punto de dirigirme a las escaleras para lavar los platos, Alfred se inclina hacia la abuela y oigo que le dice:

– La oferta de Scott Hatcher sigue en pie.

– Ahora no, Alfred.

Sabía que esto llegaría. Casi no he podido mirar a Alfred durante la noche, sabiendo que él estaba calculando metros cuadrados y tasas de interés a cada bocado de manicotti. Hace observaciones y suelta indirectas hasta que me harta por completo. Me vuelvo hacia él y le digo:

– ¡Es Navidad! Ella no quiere hablar de Scott Hatcher y de su oferta en metálico y, además, nos habías dicho que Hatcher era el agente, no el comprador.

– Es las dos cosas, vende propiedades, pero también las compra con propósitos de inversión. De cualquier manera, ¿qué diferencia hay?

– Mucha. Un agente viene y da su opinión. Es un proceso. Después de unos cuantos meses, cuando has reunido suficiente información y consultado a diversos competidores para conseguir el mejor precio, entonces, y sólo entonces, si quieres vender, contratas a tu propio agente y pones tu precio, pero… eso no está pasando aquí. El es un promotor inmobiliario.

– ¿Cómo lo sabes? -contraataca Alfred.

– Hice mis investigaciones. -Si Alfred supiera cuánto he investigado… Sé más de lo que me gustaría saber sobre Scott Hatcher-. No sería muy prudente que la abuela vendiera el edificio a la primera oferta, es un mal negocio.

– ¿Y qué sabes de negocios? -dice Alfred con desdén.

– He estado estudiando los números.

Mi familia me mira. Lagraciosa es una persona artística, no una persona de números. Los había engañado.

– No hablas en serio -dice Alfred, y se gira para alejarse.

– Hablo muy en serio -digo alzando la voz.

Alfred se vuelve y me mira confundido.

– Éste no es el momento, Valentine -dice la abuela con firmeza.

– Sea como sea, es decisión de la abuela, no tuya -dice Alfred displicente.

– Soy la socia de la abuela.

– ¿Desde cuándo? -grita Alfred.

Miro a la abuela, que está a punto de empezar a hablar, pero se arrepiente.

– Chicos, no os pongáis así -interviene papá.

– Oh, sí, nos vamos a poner así -digo, y me levanto. Cuando lo hago los cuñados (Pamela, Charlie y Tom) hacen lo mismo y retroceden lentamente hacia la valla. Sólo Roman se queda en la mesa, con una mirada que dice: «Allá vamos».

– Vosotros dos, parad de una vez -chilla mi madre-. Estamos disfrutando de la fiesta.

– ¿De cuánto era la oferta, Alfred? -insisto.

– El no responde.

– He dicho de cuánto.

– Seis millones de dólares -anuncia Alfred.