– Bret es un viejo amigo -dice la abuela.
– Nos está ayudando a encontrar nuevas oportunidades de negocio para la tienda -explico.
Roman mira a Bret y asiente, luego dice:
– Bueno, no os interrumpo más. Tengo que irme. Faicco vende unas piernas de ternera estupendas, vienen de una granja de agricultura ecológica en Woodstock. Nuestro plato especial para esta noche es el ossobuco.
Roman me da un beso de despedida.
– Gracias por las flores -dice la abuela, sonriendo.
– Por las mías también -dice June.
– Ya nos veremos, chicas -dice Roman, y se da media vuelta para irse-. Encantado de conocerte.
– El gusto es mío -dice Bret mientras Roman se va.
– No ha sido embarazoso para nada -dice June mientras sostiene con los labios fruncidos un alfiler-. Algo nuevo conoce a algo viejo.
– ¿Es tu nuevo novio? -dice Bret, mirando la puerta.
– Es chef -alardea la abuela.
– Del Ca' d'Oro, en Mott Street -respondo antes de que Bret pregunte.
Cuando éramos pareja, nuestra comunicación era similar a un buen juego de Jeopardy! Y, para ser honesta, a veces echo de menos esa conexión.
– He oído hablar de él, se supone que es muy bueno -dice Bret con agrado.
Es bueno saber que mi antiguo novio no siente ni un ápice de celos hacia el nuevo, aunque quizá me hubiera gustado que los sintiera, aunque sólo fuera un poco.
– Te recomiendo el risotto -digo yo.
Bret se sienta y abre su cartera. Saca una carpeta que pone «Zapatos Angelini»-Quiero consultaros algo -dice-. ¿Habéis hablado acerca de la posibilidad de expandir vuestra marca?
– Valentine mencionó algunas cosas -empieza la abuela.
– Abuela, hoy llevas el cabello diferente, ¿te has hecho algo?
– Es un nuevo corte de pelo.
– Y un chapuzón en nuestra Señora del Tinte -dice June riéndose-. Y lo sé porque yo misma tiño mi cabello.
– Bueno, te queda muy bien, abuela -dice Bret.
Estoy impresionada con la habilidad de Bret para suavizar al cliente con reservas. Debe de ser un fenómeno con los fondos de inversión.
– June -continúa Bret-, ¿te importa que hable de negocios con ellas?
– Imaginad que no estoy aquí.
– Valentine me ha explicado el concepto de explotar una marca. Bueno, sabes que tenemos este negocio desde hace cien años, así que nuestra marca es conocida y ha sido puesta a prueba. Es lo que es. Eso es lo que no entiendo. -La abuela se aparta el flequillo hacia un lado-. Hacemos zapatos de boda a partir de nuestros primeros diseños, de nuestro catálogo, si quieres. Los hacemos a mano y no podemos hacerlos más rápido. ¿Cómo podríamos atender a una clientela más numerosa de la que ya tenemos?
– ¿Valentine? -Bret me pide que responda.
– No lo haríamos, abuela, no con nuestros diseños de base. No podríamos. No, tenemos que diseñar un nuevo zapato, uno que se pueda producir a gran escala en una fábrica. Introduciríamos una colección secundaria más asequible.
– ¿Zapatos más baratos?
– En precio sí, pero no en calidad.
– Os seré sincera. No sabría cómo hacerlo -comenta la abuela.
– A los inversores les gustaría saber que el producto que ellos financian tiene potencial de amplia distribución y, de esa manera, un mayor margen de beneficio. Eso se hace creando algo que esté a la moda, y que tanto para el diseñador como para el fabricante sea factible -dice Bret, y le entrega a la abuela un informe que dice: «Creación de una marca, CRECIMIENTO Y OBTENCIÓN DE BENEFICIOS EN LOS PEQUEÑOS NEGOCIOS»-. Bueno, si seguís mi lógica, creo que juntos podemos obtener los fondos que os financien el tiempo y los materiales necesarios para que el negocio crezca en nuevas direcciones.
– Tiene sentido -digo de modo alentador, pero cuando miro a la abuela compruebo que ella no parece convencida.
– Vamos a ver: los inversores quieren una institución venerable, que se identifique con una marca de calidad, que ofrezca una idea que pueda producirse a gran escala -continúa Bret-. Y aquí está el atractivo, no tiene que ser un zapato de boda.
– Ya veo -dice la abuela mirándome.
– He pensado en crear algo nuevo que forme parte de nuestra marca, pero que no se aleje de nuestro trabajo tradicional en el taller -explico-. Tiene que ser un producto externo, creado aquí, desarrollado aquí, pero fabricado en otro lugar.
– ¿En China? -pregunta la abuela.
– Probablemente, o en España, Brasil, Indonesia, quizás en Italia -le digo.
– ¿No hay fábricas estadounidenses que hagan zapatos?
– Unas cuantas.
– ¿Podríamos usar una de ellas?
– Abuela, lo estoy mirando ahora.
No quiero que esta conversación se centre en la discusión Made in USA, algo que a la abuela le encanta defender. Debo mantener su mente centrada en la idea principal, y en la operación de crecimiento.
– No nos preocupemos en este momento por el tema de la producción -dice Bret, para apoyarme-. Centrémonos en el trabajo por venir.
– Abuela, tengo que diseñar el primer zapato. Estoy pensando en un zapato informal, pero a la moda. Quizá también accesorios. Tal vez, cuando crezcamos con el tiempo, los incluyamos.
– Oh, no, por Dios, ¡cinturones no! -interrumpe June-. Lo siento, sé que se supone que debería ser más sorda que una tapia, pero a veces una chica tiene que hablar sin temor. Ya hemos probado los accesorios, son un desastre. Mike hizo cinturones, los vendió a Saks y nos los devolvieron, ¿os acordáis? -La abuela asiente-. Usó un tipo de cuero suave, una piel de cabritilla chulísima que, después de un par de usos, se estiraba como goma de mascar. Los clientes se enfadaron y los de Saks estaban indignados. Nos devolvieron todos los cinturones. -June niega con la cabeza-. Todos.
– Y Mike dijo: «Nunca jamás». Decía que debíamos atenernos a lo que conocíamos.
– Bueno, abuela, nosotros no nos podemos permitir ese lujo. Debemos arriesgarnos, si no lo hacemos, si no nos llega algo que revitalice nuestro negocio y lo traslade al siguiente nivel, el año que viene desapareceremos.
– De acuerdo -dice Bret, y me pasa la carpeta-. Vosotras dos tenéis mucho que hablar. Yo diré a mis compañeros que estáis creando un catálogo de ideas para ellos.
– También les puedes decir que iremos a Italia para traer las últimas innovaciones en materiales aplicadas al diseño clásico -le digo.
– Val, nunca creí que diría algo así, pero hablas como un hombre de negocios.
– Creo en esta compañía.
– Eso es evidente -termina Bret. Besa a la abuela en la mejilla, luego a June y a mí-. Seguid así, vosotras sabéis lo que hacéis.
Bret nos deja la carpeta y se va.
– Realmente cree en ti -dice June.
– Me conoció cuando… -digo yo-. Hay mucho que decir a favor de eso.
Ca' d'Oro cierra los lunes, así que para Roman y para mí ésa es nuestra noche para salir. Roman suele venir a Perry Street a cocinar, o vamos a su casa y cocina allí. Sin embargo, esta noche ha invitado a mi familia a cenar al restaurante, para corresponder a la cena de Navidad y como penitencia por haberse perdido el ochenta cumpleaños de la abuela en el Carlyle. Creo que no podría existir un mejor escenario, pues quiero que mi familia lo conozca en su propio ambiente. Ca' d'Oro es la obra maestra de Roman: explica quién es, muestra el alcance de sus talentos culinarios y demuestra que está en verdad inmerso en el mundo de la restauración de Manhattan.
He ido al restaurante cuando he terminado de trabajar en el taller. He preparado la larga mesa del salón, he encendido las velas y he puesto como centro de mesa un jarrón bajo con plantas verdes y violetas. Ahora estoy en la cocina y hago de pinche para Roman. Preparar comida es un respiro de hacer zapatos, básicamente porque puedo probar las recetas mientras él las prepara.