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El timbre de la puerta principal me sobresalta y me levanto para apretar el botón que abre la puerta y dejar pasar a Roman. El reloj del horno dice que son las 3:34 de la madrugada. Escucho los pasos de Roman, que está subiendo las escaleras. Guando llega al final de la escalera se detiene en la puerta, apoya el cuerpo en el marco con las dos manos y dice:

– Hola, cariño.

Sigo dibujando y digo:

– Ahora voy.

Quiero terminar este tacón antes que olvide lo que imaginé.

Entra en la cocina y abre el grifo, llena un vaso con agua. Se acerca y se detiene detrás de mí. Termino el botón de perla gigante y dejo el papel y el lápiz. Me pongo de pie y le abrazo. Está exhausto, cansado por las horas de trabajo. Ni siquiera tengo que preguntar, pero lo hago de todas maneras:

– ¿Cómo ha ido el trabajo?

– Un desastre. Despedí a mi ayudante, porque no trabajaba al máximo y era demasiado temperamental. No puedo tener dos cascarrabias en la cocina. -Se sienta-. No sé cómo lo hicieron mis padres, cómo han estado en el negocio tanto tiempo. Tener un restaurante es imposible.

Roman deja el vaso sobre la mesa y pone la cabeza entre las manos. Le froto el cuello.

– Ya te las apañarás -le susurro al oído.

– A veces lo dudo.

Bajo las manos hasta sus hombros y le digo:

– Tus hombros parecen de cemento.

Continúo masajeándoselos, y noto que me duele la mano derecha de tanto dibujar. Me detengo y me froto la muñeca.

– Vamos a la cama -le digo, y le guio escaleras arriba.

El se mete en el cuarto de baño mientras yo abro la cama. Atenúo la luz del dormitorio. Roman entra, se desviste y se mete en la cama. Acomodo las mantas alrededor y él se acurruca entre los cojines. De pronto empieza a roncar.

Me recuesto sobre las almohadas y miro el techo, como he hecho cada noche desde que me mudé aquí. Mis ojos recorren la moldura de la cornisa, está aquí desde que el lugar fue construido, su diseño de grecas me recuerda el glaseado de un bizcocho. El centro blanco del techo es como una hoja de papel para dibujar, vacía y a la espera de ser llenada. Lleno el espacio con la vivida imagen de mi abuela llevando el vestido de Rhedd Lewis y los zapatos que inventé. Se mueve a través de la extensión blanca con parsimonia y decisión. Ella lleva los zapatos, los zapatos no la llevan a ella; aunque están adornados y estructurados también son artificiosos y divertidos, como deben ser los zapatos de alta costura.

Suspiro lentamente, como si soplara sobre las imágenes del techo para borrarlas de mi mente. Imagino la rué tal o cual en un día soleado en París y a Christian Louboutin examinando su diseño para Rhedd Lewis, rodeado por un equipo de genios franceses en su enorme, moderno y vanguardista laboratorio de diseño. Los empleados le traen unas láminas de suave piel de cordero, cubren la mesa con telas suntuosas: seda de muaré, tafetán, crespón y terciopelo bordado. Christian apunta algunos aspectos de su genial diseño a los trabajadores. Ellos aplauden. Por supuesto, ellos ganan los escaparates, ¿por qué no lo harían? El aplauso se torna ensordecedor. Jodida, pienso, estoy jodida. Y mi mayor locura fue pensar por un instante que podría realmente competir contra los grandes. La compañía de zapatos Angelino. ¿Ganar? Las posibilidades de que eso suceda son tantas como que mi padre aprenda a pronunciar «próstata». Jamás pasará.

Me giro y rodeo con el brazo a Roman, que duerme profundamente. He imaginado para nosotros muchas más cosas.

He soñado con noches románticas en las que bebíamos vino en la terraza mientras distinguíamos los matices y los cambios del río Hudson. He imaginado a Roman preparando la cena en la vieja cocina de la planta baja, y que luego hacíamos el amor en mi habitación, en esta cama. Algunas noches, en las que sólo nos relajaríamos, él apoyaría los pies sobre la vieja otomana y yo estaría a su lado mientras mirábamos La llamada de la seba, y le enseñaba todo lo que sé sobre Clark Gable. Pero el está fuera todo el día, trabaja a la hora de la cena y toda la noche, llega a casa casi al amanecer, extremadamente cansado, y se duerme. En cuanto sale el sol, y después de una rápida taza de café, se va otra vez.

No tenemos las largas e intensas conversaciones que anhelo; de hecho, apenas hablamos largo y tendido, porque parece que él nunca tenga suficiente tiempo. Los SMS, las llamadas de veinte segundos, aunque numerosas, me hacen sentir querida, pero también abandonada, sobre todo cuando él cuelga en mitad de una frase. En el ajetreo cotidiano, le asigno sentimientos y afectos que quizá no tenga, porque nunca hay tiempo para averiguar qué es lo que siente. Cuando a duras penas nos reunimos una hora aquí o allá, su teléfono no para de sonar y siempre hay una crisis en su cocina que sólo él puede resolver y que por lo general necesita atención inmediata. Para ser justos, a mí también me consume el trabajo, los pedidos de la tienda, la búsqueda de financiación para seguir adelante y la competición por los escaparates de Bergdorf. A lo mejor no soy muy divertida porque el trabajo y la vida me ocupan mucho tiempo. Además, estoy preocupada por la salud de mi padre y por mi futuro.

Quizás así sean las relaciones. Quizás éste es el trabajo al que se refieren mi madre y mi abuela cuando hablan del matrimonio. Quizá debería aceptar los desengaños porque es prácticamente imposible hacerle un lugar a alguien en una vida abarrotada de ambición, acción y fechas límite. Es el momento de consolidar nuestras carreras, pues tal vez no tengamos otra oportunidad. Roman tuvo una llamada de atención, se mudó a Nueva York y abrió su propio restaurante. Yo tuve la mía cuando supe de la deuda y de la decisión de mi hermano de vender el edificio. Ya no soy una aprendiz, tengo que organizar el futuro para tener un lugar donde trabajar en los años venideros. Roman y yo sabemos hacia dónde van nuestras carreras, pero ¿adónde nos dirigimos en nuestras vidas íntimas? Toco su cara con la mano, abre los ojos.

– ¿Qué pasa? -dice medio dormido.

Quiero decirle todo, pero no puedo. Así que murmuro:

– Nada, no es nada, vuelve a dormir.

– Me da igual si es Cuaresma. Un soborno es un soborno y funciona -me dice Tess mientras saca dos bombones Hershey de su bolso-. ¿Charisma? ¿Chiara?

Las niñas bajan las escaleras con bastante escándalo, luego cruzan el umbral del taller a empujones, como dos rosados cohetes. Tess las mira y dice:

– Basta de correr, saltar y hacer ruido, jovencitas, deberíais tener un poco de educación. Parecíais vacas al bajar esas escaleras.

– Bueno, tú nos has llamado -dice Charisma. Está de pie frente a su madre y lleva una brillante camiseta rosada que tiene escrito «princess» y una falda larga de tul que evoca al cisne principal del ballet. Lleva zapatillas Converse de lona, negras, sin cordones y dos juegos de calcetines de tres cuartos, enrollados a la altura de los tobillos. A Chiara todavía la viste mi hermana, así que lleva un mono de pana de rayas rosadas, una blusa con un cuello estilo Peter Pan y unas botas Stride Rite con cordones.

– Tranquilizaos. Si lo hacéis, os daré un chocolate. Vuestra madre intenta hablar con tía Valentine.

Charisma y Chiara extienden las manos. Tess le da un bombón a cada una.

– ¡Guardaré el mío! -grita Chiara mientras sigue a su hermana escaleras arriba.

– Soy una madre malísima. Uso el soborno.

– Hay que hacer lo que sea necesario -le digo.

– ¿Cómo van las cosas con Roman?

– No muy bien.

– Bromeas. ¿Qué sucedió con la idea de convertir el 166 de Perry Street en un idílico balneario de amor durante el retiro de la abuela?

– No es un idílico spa. Trabajo todo el día, diseño toda la noche. Él trabaja todo el día y toda la noche, llega a las tres de la madrugada, se duerme, se levanta a la mañana siguiente y se va. Me estoy haciendo una idea de lo que será una relación duradera con él y, digámoslo así, lo único duradero que hay en Roman es que está en movimiento constante.