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– Eso podría cambiar si te casas con él.

– ¿Casarme con él? Ni siquiera consigo que se comprometa a ir al cine conmigo.

– Tienes que hacer que Roman se fije en ti. Cuando nosotros salíamos, Charlie estaba tan inmerso en su trabajo que me asustaba. Cuando nos casamos, cambiaron sus prioridades. Nuestra familia siempre es lo primero. Ahora va al trabajo y cuando llega a casa empieza la vida -Tess se lleva la mano al corazón-: nosotros. La parte de su vida que importa.

Oímos un fuerte estallido arriba y corremos hacia el vestíbulo. Chiara aparece al final de la escalera con Charisma.

– ¿Qué ha sido eso? -grita Tess. La mano de su cariñoso corazón se ha convertido en un puño que sacude en el aire.

– He hecho girar a Charisma en un pas de deux, no te preocupes, ha aterrizado en la moqueta.

– Deja de jugar con tu hermana. Sentaos a ver la televisión.

Las niñas van hacia el salón.

Tess me mira y dice:

– No consideres a mis hijas el ejemplo de lo que tendrás algún día. Tú tendrás hijos que se porten bien. -Tess mira su reloj-. Mamá debería llegar ya. Ella sabe cómo controlarlas.

June empuja la puerta con la cadera, lleva dos tiestos de plástico verde repletos de jacintos púrpuras.

– Necesitamos un poco de primavera aquí -dice June, dándole los tiestos a Tess.

– Val va a romper con Roman -dice Tess mientras deja las flores en el fregadero y llena de agua los tiestos.

– No he dicho eso.

– Eso me ha parecido -dice Tess.

– ¿A santo de qué piensas darle la patada?

– Casi no nos vemos. Él está ocupado y yo estoy ocupada.

– ¿Entonces? -dice June. Se mete las manos en los bolsillos y se da la vuelta para mirarme.

– ¿Entonces? Me parece bastante preocupante que casi no nos veamos.

– Todo mundo está ocupado. ¿Crees que la gente está cada vez menos ocupada conforme pasa el tiempo? Se pone peor. Yo estoy más ocupada ahora que nunca y si me siento y trato de entender por qué, no puedo. Allí fuera no existe lo perfecto, y recibir una dosis de un buen hombre de vez en cuando no está mal.

– Estoy de acuerdo -digo yo.

Cuando todo funciona con Roman es genial. A veces pienso que las cosas buenas me impiden ver la realidad, me convencen de seguir intentándolo. Pero ¿es suficiente? ¿Debería serlo?

– Tenéis una situación inmejorable -dice June, sirviéndose una taza de café-. Os veis, os divertís, luego cada uno se va por su lado. En este momento yo estaría con un hombre si al final no acabara fastidiándome con el deseo de mudarse.

No quiero alguien en mi casa veinticuatro horas al día los siete días de la semana. Me gusta mi vida, gracias.

– Mi hermana quiere algún día tener una familia -dice Tess. Lleva los jacintos frente a la ventana, donde el sol pueda alcanzar los grupos de pétalos estrellados-. Es una antigua.

– ¿Lo soy? -pregunto en voz muy alta. Nunca me he visto a mí misma como alguien particularmente antiguo. Supongo que pertenezco a mi tribu, pero la verdad es que cada vez que tengo la oportunidad de andar por la línea de la tradición vacilo.

Alguien abre la puerta de entrada.

– ¡Hola! -grita mi madre desde el vestíbulo.

– Aquí estamos, mamá -digo yo.

Mi madre entra en la tienda rugiendo como un leopardo en marzo, lleva una trinchera moteada apta para los aguaceros ocasionales de primavera. En realidad es como una leona en marzo, pero el beige sólido la palidece y, además, los estampados de leopardo son su marca personal. Mamá lleva mallas negras, brillantes botines de hule negro y un sombrero de charol, de ala ancha, atado debajo de la barbilla con una cinta.

– ¿Están preparadas las niñas?

Tess va al pie de la escalera y llama a sus hijas. Ellas no responden, oímos que grita: «Vale, voy a subir». Tess sube las escaleras.

– En verdad necesita un respiro de esas niñas -dice mi madre en voz baja.

– Espera que tú se lo des. ¿Dónde está papá?

– En casa, no se encuentra bien hoy -dice mamá, forzando una sonrisa-. Está fatigado por los tratamientos.

– Pero funcionan, ¿no?

– El médico dice que sí. El equipo de radiación de Sloan es muy optimista.

Mi madre parece cansada por primera vez desde que le diagnosticaron el cáncer a papá. Las constantes citas le han pasado factura. Cuando no está llevando a mi padre a los médicos, está estudiando la enfermedad. Lee acerca de lo que él debe comer, lo a menudo que debe descansar y los suplementos holísticos que debe ingerir y cuándo debe hacerlo. Tiene que salir y encontrar todas las cosas, la comida orgánica y las hierbas medicinales, luego debe volver a casa y preparar la comida, el té y luego, la parte más difícil de todas, obligar a mi padre a seguir el régimen. Él es un hombre que esparciría, si pudiera, queso rallado en una tarta. No es precisamente un paciente obediente y eso se nota en el rostro de mi madre. Ella no ha tenido una noche relajada en meses y me queda claro que necesita un descanso.

– Mamá, te veo agotada -le digo con amabilidad.

– Lo sé. Gracias a Dios existe el Lemon Aid de Benefit. Me he embadurnado ese corrector sobre las ojeras como si le pusiese mantequilla a un pan.

June le sirve una taza de café a mi madre. Ella coge la taza y está a punto de ponerla encima de mi libreta de dibujo, pero la quito y la coloco a un lado. Le doy, a modo de posavasos, un tacón de hule de Cat's Paw.

– ¿Qué puedo hacer? -suspira mamá. Sorbe su café, sostiene la taza con una mano y abre mi libreta de dibujo con la otra. Distraída, pasa las hojas. Luego les presta atención y se detiene en mi último diseño del zapato para Bergdorf. Estoy a punto de quitarle la libreta cuando dice:

– Mi padre tenía tanto talento. -Sostiene el dibujo y se lo muestra a June-. Mira esto. -June lo mira y asiente con la cabeza-. Este hombre era un adelantado a su tiempo. Los cordones anchos, el detalle de los botones. Mira el tacón. La base amplia que se adelgaza en forma de huso hacia la punta. Completamente al día, y eso que el hombre murió hace diez años.

– No es un diseño del abuelo -digo, tomando aire-. Es mío.

– ¿Qué? -dice June, agarrando la libreta-. Valentine, esto es genial.

– Es el zapato que haremos para la competición de Bergdorf. Por lo menos, es uno de los diseños que le enseñaré a la abuela y, si le gusta, lo haremos.

– Realmente tienes talento -dice June, poniendo la libreta sobre la mesa-. ¡Caramba!

– Genética, todo está en el ADN. El buen gusto no se puede aprender ni comprar -dice mi madre mientras aprieta el cinturón de su trinchera-. El talento es innato y se perfecciona con el trabajo duro. Valentine, todas las horas que estás dedicando a esto están dando sus frutos.

– Es un señor zapato -dice June-. Complejo. ¿Cómo piensas hacerlo?

– Bueno, espero encontrar los materiales en Italia.

– Bien, porque en esta tienda no tenemos un cuero estampado como ése. Y ese trenzado…, nunca he visto nada igual.

June niega con la cabeza.

– Lo sé, sólo estaba… inventando.

Charisma y Chiara entran en el taller y dicen:

– Tía June, ¿tienes dulces?

– ¿A qué habéis renunciado por la Cuaresma? -les pregunta June, la católica que se alejó de la fe.

Chiara mira fijamente a June. Charisma, que no es tonta, se adelanta y responde:

– Bueno, no renunciamos a los dulces, sólo hacemos buenas acciones.

– ¿Cómo cuáles?

– Soy buena con el gato.

– Qué gentil.

June abre su bolso y le da un caramelo de menta a cada una.

Charisma hace una mueca y dice:

– Pero éstos los dan gratis en el restaurante chino.

– Sí, así es. Así que pasad por ahí y dad las gracias a los chinos alguna vez, ellos inventaron los macarrones y las chancletas.