Escépticas, Charisma y Chiara sostienen sus miserables dulces y se miran entre sí.
– Venga, chicas, nos vamos. El abuelo nos espera en casa.
Tess ayuda a las niñas con sus abrigos y dice:
– Mamá, muchas gracias por cuidarlas el fin de semana.
Mi madre lleva a las niñas hasta la puerta.
June se alegra de verlas partir, aunque sólo yo podría notarlo, y dice:
– ¿No son encantadoras?
– A veces -dice Tess mientras se pone su abrigo-. Llego tarde. He quedado con Charlie en Port Authority, tomaremos el autobús a Adantic City.
– ¿Un fin de semana romántico? -pregunta June.
– Su compañía tiene una convención. Iré a jugar a las tragaperras mientras él observa los últimos detectores de humo -dice Tess mientras se marcha. Escuchamos cómo se cierra de golpe la puerta de la entrada.
– ¿Detectores de humo? ¿Para apagar qué fuego? ¿El de la pasión? -silba June quedamente-. Yo digo que el comprador tenga cuidado y huya. Ese es el mejor anuncio publicitario sobre el matrimonio, Valentine, tenlo presente.
Me despierta una corriente de aire frío que entra por la ventana. Me siento en la cama y miro alrededor envuelta con la sábana de algodón y el edredón. Nieve. Nieve en marzo. La West Side Highway es una alfombra blanca con negras cremalleras, impresas por los camiones de reparto durante la madrugada. Hay una placa de hielo en el cristal de la ventana y una capa de copos de nieve en el marco.
He dormido con placidez durante la noche. Sola. Roman estaba muy atareado, porque el restaurante estaba lleno y tenía que terminar el trabajo previo de una fiesta privada, así que se fue a dormir a su casa en vez de venir aquí y despertar conmigo. La abuela vuelve mañana por la noche, y del mismo modo que me ha gustado tener la casa para mí, debo admitir que también la he echado de menos.
Ayer pasé la mayor parte del día limpiando y poniendo las cosas en su lugar. Investigué un poco acerca de nuestro viaje a Italia y localicé algunos proveedores a los que visitar además de los viejos conocidos de la abuela. Encontré algún talento de vanguardia que fabrica cordones y ribetes. Estoy deseando conocerlos en nuestro viaje y añadirlos a la lista de proveedores que tenemos en este momento. Quiero entregar un zapato a Bergdorf con unos adornos que Rhedd Lewis nunca haya visto antes. Los diseñadores italianos tienen desde hace poco la influencia del talento de los inmigrantes, así que me he encontrado con montones de acentos, ruso, africano y centroeuropeo, en los botones y los ribetes. No veo la hora de enseñarle a la abuela el nuevo material.
Cuando terminé mi investigación, fregué el cuarto de baño, limpié la cocina e hice lasaña. El trabajo del taller va a buen ritmo. La abuela volverá a una casa limpia y a un trabajo de primera clase, con todas las fechas de entrega cubiertas y los pedidos cumplidos.
Me levanto, me pongo con rapidez un cómodo chándal y un jersey con capucha, y me meto en el cuarto de baño. Me unto en el rostro algunas de las enriquecidas cremas botánicas que Tess me regaló por Navidad. También podría darme un día de descanso, pues no pienso ver a nadie. Es domingo y tengo el día para mí.
Bajo a la cocina, saco la cafetera francesa y pongo una olla con agua en el fogón. Cojo la leche de la nevera y la vierto en un pequeño cazo, lo dejo a fuego lento para que se vaya calentando. Abro la bolsa del papel de cera de Ruthie, del mercado de Chelsea, y tomo un suave brioche salpicado de cristalino azúcar moreno. Lo coloco en un plato pequeño con adornos y cojo una servilleta de tela del cajón. Mi teléfono móvil emite un pitido, así que lo abro y escucho el mensaje.
– Hola, cariño. -La voz de Roman es áspera-. Soy yo. Son las cinco de la madrugada del domingo. Sigo en la cocina. Está nevando. Me gustaría que estuviéramos juntos. Te echo de menos. Te llamaré más tarde.
– Habría sido bonito, Roman -digo en voz alta-, pero tienes esposa. Se llama Ca' d'Oro y siempre está primero.
Caigo en la cuenta de que estoy pasando muchas cosas por alto, quizá porque cualquiera que esté conmigo tiene que hacer lo mismo. Pero también recuerdo cómo, al principio, Roman se dedicaba a descubrir quién era yo, aunque la única pista que tenía era un vistazo de mí en la terraza. Y ahora que estoy aquí para él, puedo ser como ese par de toscos zuecos que guarda en la cocina de su restaurante. Siempre a mano. Disponible. Confortable. Fiable. La cacería ha terminado.
Vierto el agua caliente en la cafetera francesa e inhalo la rica terrosidad del oscuro café. Cojo el cazo de espumante leche y la sirvo en una gran taza de cerámica. Le añado el expreso hasta que la leche se torna del color del caramelo.
Cojo mi desayuno y subo las escaleras hacia la terraza, me detengo en mi habitación y me pongo las botas, el abrigo, el sombrero y los guantes. Empujar la puerta y salir a la terraza cubierta de nieve es como estar de pie sobre una suave capa de cera blanca; las figuras familiares han desaparecido, las reemplazan bordes lisos, esquinas redondeadas y cortinas de hielo plateadas. Pongo mi café y mi brioche sobre la fuente de San Francisco cubierta de nieve, sacudo una tumbona y la abro para sentarme.
El sol, detrás de las gruesas nubes blancas, tiene el brillo apagado de una perla gris. El río tiene la textura de un viejo y moteado suelo de linóleo verde y beige, mientras el viento agita la superficie con delicadeza. El paseo peatonal del río está vacío, excepto por una pareja de guardas del parque que con sus monos azules rocían sal a lo largo del cruce en Perry Street. Una gaviota revolotea por encima y le dedica a mi brioche una mirada escrutadora.
– ¡Fuera! -le grito. Aletea y se aleja. Sus alas grises hacen juego con el cielo de la mañana.
Acurruco mi taza entre las manos y doy un sorbo al café. Siento remordimientos cuando recuerdo la misa del domingo. Una buena niña católica suele convertirse en una mujer católica con remordimientos, pero digo una oración silenciosa y cualquier fastidioso remordimiento sobre mi asistencia a la misa de las ocho de la mañana, en Nuestra Señora de Pompeya, es expulsado por mi respiración y enviado al mar. «Estoy haciéndolo de la mejor manera posible», le recuerdo a Dios.
La nieve empieza a caer y cubre con una capa blanca la parte sur de Manhattan. Saco la capucha por encima del abrigo y cubro mi cabeza, apoyó los pies en la pared y me recuesto.
¿Por qué será que, en la historia de mi vida, los momentos que recuerdo con más cariño son aquellos en los que he estado sola? Puedo alinearlos como frascos pulimentados de perfume en un tocador antiguo. Cuando tenía diez años, fui a trabajar con mi padre al parque. Al final del día, cuando el cielo de verano sobre Queens se volvía del color de las frambuesas aplastadas, él fue a la caseta de las herramientas y me dejó sola en los columpios, a un par de metros de distancia. Tenía el parque La Guardia número quince completo para mí. Me columpiaba tan alto y rápido como podía, subiendo cada vez más hasta que juro que podía mirar las luces azules en la parte superior del Empire State.
Cuando tenía diecinueve años y estaba en segundo año de la universidad, fui a mirar mi nota, a las dos en punto de la madrugada, fuera del aula del curso avanzado «Shakespeare: las comedias», de la hermana Jean Klene y vi que tenía una A, un sobresaliente. Me detuve a observar la letra A hasta que asimilé su realidad: había alcanzado lo imposible. La sólida estudiante de B había roto la barrera y conseguido una calificación perfecta.
Y nunca olvidaré la noche que Bret me dejó en mi piso de Queens antes de irse a su primer viaje de negocios a algún lugar remoto como Dallas, en Texas. Tenía veintisiete años y él me había preguntado si quería casarme con él. Presintiendo mi indecisión, había dicho: «No respondas ahora». Cuando se fue hacia el aeropuerto a coger su vuelo, sentí un gran alivio por estar sola, así que me hice un plato de espaguetis con tomates frescos de este jardín, aceite de oliva de Arezzo y ajo blanco dulce. Me hice una ensalada de alcachofas y aceitunas negras. Abrí una botella de vino. Dispuse una pequeña mesa sólo para mí y encendí las velas; luego me senté a comer mi gloriosa comida, con lentitud, saboreando cada bocado y cada trago.