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Dominic saca las herramientas de trabajo de debajo de la mesa, las despliega y nos invita a sentarnos. Permanezco de pie mientras él se sienta junto a la abuela, dedicándole toda su atención. Parece que ya no puede acercarse más a ella. Por lo visto, no siente la más mínima vergüenza de que sus piernas toquen las de ella.

Mientras la abuela relata nuestro viaje, Gianluca se dedica a sacar las muestras de cuero de los estantes y a ponerlas sobre la mesa. Respira con fuerza mientras pone los cuadros; los mira de reojo y luego los cambia de lugar. Echo un vistazo a su cara. Es guapo, pero en su cabello hay más gris que negro, y deduzco que tendrá unos cincuenta años. Gianluca tiene la nariz de su padre, recta y fina, con un puente alto. A ambos lados de la boca tiene profundos surcos, seguramente tanto de sonreír como de gritar y, si hiciera una apuesta, me quedaría con la segunda opción. Me descubre observándole y sonríe, así que le sonrío, pero es un poco incómodo, como si me hubieran pescado robando en una tienda.

Gianluca tiene un ligero prognatismo y ojos azul oscuro, el mismo color del cielo de la mañana sobre Arezzo. Es de dominio público que los hombres italianos examinan cuidadosamente a las mujeres estadounidenses, pero lo que no se sabe es que nosotras devolvemos el favor del mismo modo. Le estudio con el mismo ojo que utilizo para observar el cuero. Me interesa la calidad, la integridad y la textura; después de todo, la fina mano de obra italiana es la razón por la que subimos esta colina, ¿no?

La abuela y Dominic no han parado de hablar. Él dice algo y ella se desternilla, esa risa que escucho de vez en cuando en casa. La verdad es que nunca la he visto así antes. Si no estuviera tan cautivada por el exquisito cuero que despliega Gianluca sobre la mesa, me estaría preguntando qué diablos está pasando aquí.

– Así que haces zapatos -me dice Gianluca.

– Sí, soy su aprendiz -digo, y señalo a la abuela-, me he estado formando durante cuatro años.

– Yo he trabajado con papa durante veintitrés.

– ¡Ah! Así que funciona.

Gianluca ríe y dice:

– Algunos días son buenos, otros, no tanto.

– ¿Esta mañana? -digo, tapándome los oídos.

– ¿Nos habéis oído?

– ¿Bromeas? Os habrán oído en Puglia.

– Papa, Teodora y Valentine nos han oído discutir.

Dominic hace el movimiento de espantar una mosca de una rebanada de pan. Luego se pone las manos en los muslos, desliza el banco más cerca de la abuela y reanuda la conversación con ella. Casi me inclino sobre la mesa y le digo: «¿Por qué no te sientas en sus piernas, Dom?».

De pronto, la puerta de entrada de la tienda se abre y entra una mujer impresionante, que arroja su bolso sobre una mesa. Tiene el cabello largo y castaño, lleva una falda ceñida de gamuza marrón oscuro y una camiseta de tirantes negra. Calza el más exquisito par de sandalias que haya visto nunca. Son planas, sus delgadas correas están cubiertas de diminutas joyas color chocolate que confluyen en un medallón central, que tiene la forma de una flor de lis dibujada con piedras de ónice. La mujer se dirige hacia Gianluca y le abraza. Evidentemente, este aire toscano es bueno para la vida amorosa de todos, excepto para la mía.

La abuela se vuelve y mira a la chica.

– ¡Orsola!

– ¡Teodora! -dice la chica, va hacia mi abuela y le da un abrazo.

– Ella es mi nieta, Valentine.

Estiro el brazo hacia la guapa chica toscana y le digo:

– Encantada, tú debes de ser la esposa de Gianluca.

Gianluca, Orsola, Dominic y la abuela ríen a carcajadas un buen rato.

– ¿He dicho algo incorrecto?

– Gianluca es mi padre -dice Orsola riéndose-. Sólo has hecho que su enorme ego sea más grande.

– ¿Un italiano con un ego enorme? Es imposible -respondo.

La abuela me lanza una mirada que dice: «Ojo, tu sentido del humor no funciona en Arrezzo». Tiene razón, así que rápidamente doy marcha atrás.

– Orsola, tengo que saberlo, ¿dónde has comprado esas sandalias?

– Las hizo para mí nuestro amigo Costanzo Ruocco, de Capri. Cada verano le visitamos en vacaciones.

– Voy a ir a Capri dentro de un par de semanas.

– Oh, debes visitarle. Te daré su número y dirección antes de que te vayas.

Deseaba conocer otros zapateros en este viaje, porque hay preguntas del trabajo artístico que la abuela no me puede responder. A veces se me ocurren ideas que no le gustan y sería bueno exponerlas a un profesional que no estuviera implicado en la discusión.

Orsola sigue a la abuela y a Dominic a la parte trasera de la tienda. Gianluca saca unas cuantas muestras más y las coloca en la mesa de trabajo. Me siento y empiezo a elegir algunas para que la abuela las apruebe. Hay una piel de cordero beige, flexible, que sería una excelente elección para nuestro diseño Osmina. Mi cabeza navega entre las posibilidades mientras echo un vistazo a la tienda. Veo cueros con tonalidades crema y ébano, tienen relieves de pequeños símbolos florentinos en color dorado, otros llevan estampados que semejan tejidos y tienen colores con los que yo sólo había soñado: charol azul pálido, cabritilla roja rubí e imitación de piel de leopardo sobre una brillante y negra crin.

Gianluca extrae un cajón del armario de los suministros y lo pone sobre la mesa. Está lleno de cordones de cuero en tonos pastel de los colores verde menta, rosado y dorado; hebillas de cuero blanco; adornos de cuero negro y lazos de charol con presillas cortadas a mano. Vacío el contenido del cajón sobre la mesa, pues no parece que haya dos del mismo estilo.

Esparzo el montón y separo las muestras. Un destello metálico me llama la atención. Saco de la pila una trenza de cuero dorado, cinta blanca de satén y cabritilla. Tiene un estilo muy Chanel, el trenzado se puede encontrar en un bolso carísimo o en el adorno de una chaqueta de cuero, pero éste tiene un toque original, una cuarta parte del entramado és de cáñamo liso torcido que crea un efecto en el color que va del paja y el heno al oro.

– Orsola teje este cuero -dice Gianluca.

– Es magnífico -digo mientras estudio el tejido dorado bajo la luz-. Acabo de diseñar un zapato en el que iría muy bien.

– Orsola puede hacer lo que le pidas.

– Tiene mucho talento… y belleza. Tu esposa debe ser guapísima, porque tu hija… -termino con un silbido.

Sonríe y dice:

– La madre de Orsola es muy hermosa, pero estamos divorciados.

– Creía que el divorcio era ilegal en Italia.

– Ya no -dice. Se gira y abre un armario lleno de pieles de cabritilla de colores llamativos. Levanta unas cuantas muestras y las pone sobre la mesa.

La abuela aparece en el marco de la puerta que lleva a la parte trasera de la tienda y se apoya. Sus rodillas no parecen molestarle en este momento.

– Entonces, ¿has encontrado algo que te guste?

– Tenemos un problema -sostengo en alto una pieza de suave piel de cabritilla-, me gusta todo.

Dominic, que está detrás de la abuela y apoya su mano en la parte baja de la espalda de ella, dice:

– No tenemos mucho de eso.

– ¿Cuánto necesitas? -pregunta Gianluca.

– Podemos sacar tres pares de cada pieza, ¿cierto, abuela? -le pregunto. La abuela asiente con la cabeza-. ¿Tenéis cuatro piezas?

– Sí.

– Nos las llevamos -digo, y miro a la abuela, que asiente de nuevo.

– Val, ¿por qué no eliges lo que falta?

– Porque no estoy muy segura de qué necesitamos -digo con la voz rota.

– Sí, sí lo estás.

– Abuela, es el inventario de un año completo. ¿Te fías de mí?

– Completamente -dice la abuela. Luego se vuelve hacia Dominic y añade-: ¿Ves mis rodillas? -Se sube la falda-. Necesito unas nuevas.