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Costanzo ha fabricado mi diseño para la competición de Bergdorf. Coloco el zapato en la palma de mi mano, como una corona, y lo examino. Mi diseño ha nacido a la vida, el empeine de piel de cabritilla, los adornos tejidos con dorados y blancos, el tacón cuadrado, tallado y pulido, el arco con cuero estampado; está cada detalle, hecho a la escala y en el tono según lo dibujé y medí en mi libreta. Los materiales son de lujo, la ejecución magistral, cada costura es tan diminuta que son prácticamente invisibles. El efecto del conjunto es de opulencia controlada, y la ejecución de los detalles es intachable. En el zapato aparece la leyenda: «Nueva novia, nueva vida, ¡nuevos pasos que la lleven allí!». Talla treinta y nueve. ¡La talla de muestra! El zapato que ha vivido durante tanto tiempo en mi imaginación está ahora entre mis manos, una gloriosa creación única en su género, que trae de vuelta la juventud de mi abuela y es completamente actual.

Se me llenan los ojos de lágrimas y digo:

– No sé qué decir.

– Es tu diseño -dice-. Yo sólo participé como zapatero.

– Pero tu artesanía le ha dado vida.

– Eso habría sido imposible sin tu visión -dice. Luego levanta el zapato unos centímetros encima de la mesa y lo deja caer. El zapato aterriza con perfecta habilidad y se balancea de un lado al otro en la mesa hasta que se detiene-. ¿Conoces esta prueba? -Niego con la cabeza-. Cuando hagas un tacón, pruébalo. Si se balancea de manera uniforme y se detiene, como éste -lanza el otro zapato sobre la mesa, se mece y detiene de la misma manera que el primer zapato-, has hecho un buen zapato. Si se cae, tienes que volver a trabajar el tacón hasta lograr el equilibrio adecuado.

– Lo haré -prometo-. Costanzo, en Angelini le damos nombres a los zapatos. La verdad es que no soy aficionada a la ópera, pero soy una mujer que ama las buenas historias. Así que quisiera llamar a este zapato Bella Rosa, en honor a tu mujer. Si no te importa.

Los ojos de Costanzo se llenan de lágrimas, se nublan de azul, como la niebla sobre el mar a medianoche. Accede a que llame a este zapato como su esposa. Tengo su permiso. En realidad es muy sencillo. El verdadero amor no tiene caprichos, es hardware, perdurable, imperecedero. El amor de Costanzo y Rosa sucedió en este mundo, pero vive en la eternidad. El amor perdura mientras alguien recuerde. Conozco su historia y ahora la contaré. Pensaré en Costanzo y Rosa cada vez que diseñe, corte un patrón o cosa una sutura. El ha transformado mi punto de vista, y por eso nunca lo olvidaré. No podría.

Sostengo los zapatos entre mis manos y recuerdo la historia del zapatero y los duendes. El zapatero y su esposa eran tan pobres, estaban tan descorazonados por el mal momento por el que pasaban, que no guardaron su último trozo de cuero y lo dejaron encima de la mesa de trabajo, y se fueron a la cama abatidos. A la mañana siguiente encontraron un par de zapatos perfectos hecho con el cuero. Pusieron los zapatos en la ventana y un cliente los compró de inmediato. Con ese dinero, el zapatero y su esposa compraron más cuero. Noche tras noche dejaban fuera los materiales y cada mañana aparecían nuevos zapatos, hechos por los duendes, cada vez más magníficos. Esta historia explica que cuando estás más vencido, siempre hay alguien que viene a ayudarte, que incluso puede salvarte. Esto es lo que Costanzo hizo por mí. Y mañana debo irme a casa y hacer lo mismo por la compañía de zapatos Angelini… a la manera del artista.

En mi último día en Capri el sol, del color de los melocotones maduros, arde en lo alto del cielo encima de la piscina del hotel Quisisana. La veranda y el jardín están llenos de huéspedes, que toman el sol y nadan. Salgo del agua, me acuesto en una tumbona y dejo que el cálido sol me cale hasta los huesos. No es una manera mala de llegar a los treinta y cuatro. No es lo que tenía en mente, pero me siento con ánimo de aceptar todo lo que me dé la vida. Por ejemplo, en lugar de luchar con el bañador que me dio mi madre, lo he adornado con accesorios. He comprado un par de enormes pendientes de aro de plata, adornados con diminutos zafiros blancos, para usarlos con el bañador. Ahora el conjunto parece formar parte de un plan. Un llamativo y brillante plan.

– Feliz cumpleaños -dice Gianluca mientras se sienta en la tumbona que está junto a mí.

Me siento y digo:

– Te lo ha dicho mi abuela.

– No, no, no, lo vi en tu pasaporte cuando nos paramos en el puesto de seguridad de la fábrica de seda. Me preguntaba cuántos años tendrías. Me alegró saber que tenías treinta y tres.

– Era yo. Tuve que cumplir treinta y cuatro para valorar los treinta y tres, ¿entiendes qué quiero decir?

– Sí. -La manera como me mira me da a entender que está pensando en los besos del balcón tanto como yo. La emoción y la vergüenza me sonrojan. Pensará que es el sol.

– ¿Qué planes tienes para hoy? -pregunta.

– Los estás viendo.

– Me gustaría celebrar tu cumpleaños contigo -dice.

Me apoyo en la tumbona, me pongo el sombrero encima de los ojos y digo:

– Ya he celebrado mucho contigo.

– ¿No lo has disfrutado?

Me quito el ala del sombrero de los ojos y digo:

– Oh, lo disfruté, pero no debí. Había llegado a los treinta sin ser infiel a ningún novio, y tú rompes mi racha.

– ¿Cómo puedes preocuparte por unos besos cuando él no mantuvo su palabra ni vino a reunirse contigo?

Una mujer estadounidense en la tumbona de al lado, con un bronceado de atomizador y que lleva un vestido de playa con una orquídea estampada, baja su libro en rústica de Jackie Collins y empieza a escuchar nuestra conversación.

– Sé que vosotros, los italianos, habéis inventado la vendetta, pero yo no creo en ella. No haría daño a Roman sólo porque me decepcionó. Te besé porque quería…, y ahora -lo digo con el suficiente volumen de voz para que la mujer lo oiga- tendré que matarte.

Gianluca se ríe. Me inclino hacia la mujer entrometida y le digo:

– Me gusta encargarme en persona de las cosas.

– Vamos -me dice él.

Es difícil que algo me sorprenda, así que, en la piazza, cuando Gianluca me mete en un taxi que nos lleva al muelle, estoy bastante segura de que vamos a algún lugar de Capri en barca. Cuando di el paseo por la isla, no presté atención a la vida cotidiana del puerto. Sólo noté las filas de turistas que esperaban el momento de abordar las barcas y experimentar las maravillas naturales de Capri. Esta vez paso de las hordas y sigo a Gianluca alrededor del muelle hasta la orilla, donde los pescadores locales y las familias guardan sus botes. Abordamos una pequeña lancha de motor con el interior de cuero rojo.

– Esta combinación de colores es idéntica a la del Mustang 1965 de mi padre -le digo a Gianluca-. Todavía lo tiene.

– Esta lancha pertenece a la familia de mi primo.

– ¿Quieres decir que no tendría que haberme embutido con los turistas para ver los lugares de interés? ¿Qué podría haber estado en esta pequeña cosa?

Gianluca arranca el motor de la lancha, se abre paso hasta mar abierto y deja atrás a los turistas. Si conducía rápido en tierra, aquí, en el mar, lo hace aún a mayor velocidad. Él dirige la lancha hacia aguas tranquilas. Rebotamos sobre las olas sin esfuerzo. «Así se hace», pienso, mientras pasamos encima de las olas turquesas, empapados por una niebla de agua salada que nos enfría bajo el sol caliente. Gianluca maneja la lancha con habilidad, pero yo mantengo la vista en el agua, no en él. Hay mucho que admirar de Gianluca Vechiarelli, pero la última cosa que necesito es otro italiano en mi vida.

Rodeamos con rapidez la isla hasta que vemos la parte de atrás del Quisisana. La entrada a la gruta azul está abierta. Satisfecho de que no haya nadie dentro, Gianluca lleva la lancha a mínima velocidad a la entrada. Sube a un saliente y coge un cartel en el que pone «Non Entrare alla Grotta». Cuelga el cartel en un viejo clavo en la entrada y luego saca un pequeño bote de remos de un hueco detrás del saliente. Arroja el bote al agua y se acerca a mí.