Sonreí entusiasmada a Susan, que intentaba balbucear algo. Me estaba dejando llevar por mi imaginación.
– Seguramente también podría encontrar un motivo para ti. Lo que intento decir es que tenéis una actitud tan hostil que da mucho que pensar. Cuanto más os empeñáis en que no investigue, más pienso que debo de tener razón.
Se quedaron callados un buen rato. Mulgrave se había sentado al lado de la Sra. Thayer y le volvía a estrechar las manos. Susan parecía un gatito a punto de escupir a un perro. Mi clienta estaba abstraída en una silla de bambú con los puños en la falda.
– ¿Nos está amenazando? ¿Está amenazando a la familia Thayer?
– Si esto significa que estoy amenazando con hallar la verdad, sí; si significa sacar un montón de trapos sucios a la luz, no.
– Un momento, Ted -dijo Jack, e hizo un gesto con el brazo a Ted-. Sé lo que quiere.
Me miró.
– ¿Vamos? ¿Cuánto quiere? -dijo sacando el talonario.
Mis dedos estuvieron a punto de agarrar la Smith & Wesson y darle un golpe con la culata.
– No seas tan ingenuo, Thorndale -dije bruscamente-. Hay algunas cosas en este mundo que el dinero no puede comprar. No me importa lo que tú o tu suegra, o incluso el alcalde de Winnetka diga al respecto. El caso es que yo estoy investigando este asesinato, estos asesinatos -sonreí amargamente-. Hace dos días John Thayer intentó sobornarme con 5.000 dólares para que dejara de investigar. Los de este barrio vivís en un mundo de ficción. Pensáis que podéis comprar a cualquiera para que os esconda los trapos sucios como hacéis con el barrendero para que se lleve la basura, o con Lucy, para que la limpie y la saque a la calle. La vida no funciona así. John Thayer está muerto. No tuvo bastante dinero para que se llevaran la porquería en la que estaba envuelto él y su hijo. El motivo de sus asesinatos ha dejado de ser un asunto privado. Ya no os pertenece. Quien lo desee, puede investigar para averiguarlo. Y yo pienso hacerlo.
La Sra. Thayer sollozaba en silencio. Jack se sentía incómodo. Con un intento de salvar su dignidad, dijo:
– Si quiere meter baza en algo que no le incumbe, no podremos impedírselo, pero pensamos que de estos temas es mejor que se encargue la policía.
– Pues no es que se les dé muy bien el tema -dije-. Pensaban que tenían al asesino entre rejas, pero mientras se estaba comiendo su desayuno en la prisión, asesinaron a John Thayer.
Susan se volvió hacia Jill.
– ¡Todo esto es culpa tuya! Por traer a esta persona. Has dejado que nos insulte y nos humille. Nunca había pasado tanta vergüenza en mi vida. Asesinan a papá y a ti sólo se te ocurre traer a una forastera para que nos insulte.
Mulgrave se puso frente a la Srta. Thorndale, y Jack y Susan empezaron a hablar con él a la vez. Mientras discutían, me acerqué a Jill y me arrodillé a su lado para verle la cara. Parecía que estaba a punto de desmayarse o de sufrir un ataque de histeria.
– Creo que te iría bien alejarte de este ambiente. ¿Tienes algún amigo o pariente con el que puedas quedarte unos días hasta que pase lo peor del temporal?
Pensó un momento, y luego negó con la cabeza.
– No. Tengo muchos amigos pero no creo que sus madres me quisieran en sus casas -sonrió con amargura-. Por el escándalo, que decía Jack. Ojalá estuviera Anita aquí.
Dudé unos instantes.
– ¿Te gustaría venir a Chicago conmigo? A mí me han destrozado el piso y estoy en casa de una amiga, pero seguro que le encantaría que te quedaras unos días.
Seguro que a Lotty no le importaría otra descarriada. Tenía que hacerle unas cuantas preguntas a Jill y no podía estar cerca de su familia. Era fuerte, y podría resistirlo, pero no tenía por qué aguantar todo aquello cuando estaba en estado de shock por la muerte de su padre.
Se le iluminaron los ojos.
– ¿De verdad?
Hice que sí con la cabeza.
– ¿Por qué no vas arriba y coges algo de ropa mientras ellos siguen discutiendo?
Cuando salió de la habitación, expliqué la situación a la Sra. Thayer. Como era de esperar, mi comentario enfureció a toda la familia. Pero al final Mulgrave dijo:
– Creo que lo más importante es que Margaret, la Sra. Thayer, pueda descansar. Si Jill le destroza los nervios, sería conveniente que se fuera unos días. Puedo encontrar referencias de la detective, y si no es de fiar, siempre podemos traer a Jill de vuelta.
La Sra. Thayer hizo una mueca como si fuera una mártir.
– Gracias, Ted. Si tú dices que es conveniente, te creo. Mientras viva en un barrio seguro, Srta…
– Warshawski -dije secamente-. Por lo menos esta semana no han asesinado a nadie.
Mulgrave y Jack acordaron que tenía que darles alguna referencia para que pudieran llamar. Vi que sólo lo hacían para guardar las apariencias, y les di el teléfono de uno de mis antiguos profesores de derecho. Si le preguntaban por mí, se quedaría estupefacto, pero me dejaría bien.
Cuando volvió Jill, noté que se había cepillado el pelo y se había lavado la cara. Se acercó a su madre, que seguía en el sofá.
– Lo siento, mamá, no quería gritarte.
La Sra. Thayer sonrió lánguidamente.
– No te preocupes. No puedes entender cómo me siento ahora -y me miró a los ojos-. Trátela bien, por favor.
– Por supuesto -contesté.
– No quiero problemas -dijo Jack.
– Lo tendré en cuenta, Sr. Thorndale.
Cogí la maleta y Jill me siguió hacia la puerta.
En el umbral se paró para despedirse de su familia.
– Bueno, adiós -dijo.
Todos la miraron pero nadie dijo nada.
Cuando llegamos a la puerta principal, informé al sargento de que la Srta. Thayer se quedaría unos días en mi casa para descansar. ¿La policía había tomado todas las declaraciones que necesitaba? Habló un rato con su teniente por el walkie-talkie y me pidió que le diera mi dirección antes de marcharnos. Se la di y nos fuimos.
Jill no dijo nada de camino a Edens. Tenía la vista fijada en el infinito y no prestaba atención al paisaje. Cuando llegamos al atasco de la salida de Kennedy, se incorporó en el asiento para mirarme.
– ¿Cree que he hecho mal dejando a mi madre así?
Reduje la velocidad para que me adelantara un camión de 50 toneladas.
– La verdad, Jill, yo creo que estaban jugando con tus sentimientos de culpabilidad y finalmente han conseguido que te sientas culpable. A lo mejor es eso lo que querían.
Tardó un rato en digerir la información.
– ¿Es un escándalo la forma en que mataron a mi padre?
– Supongo que la gente estará cuchicheando sobre el asunto y por eso Jack y Susan se sienten tan violentos.
Pero la pregunta importante es ¿por qué lo mataron?, y la respuesta no tiene que ser forzosamente escandalosa para ti.
Adelanté a un repartidor del Herald Star.
– Lo realmente importante es que sepas qué es, para ti, lo que está bien y lo que no. Si tu padre se enredó con gente que lo soluciona todo con armas, a lo mejor fue porque le obligaban a hacer algo que él no creía que estuviera bien. Eso no es ningún escándalo. Aunque se hubiera metido en algún asunto turbio, no debería afectarte sí tú no quieres que te afecte.
Cambié de carril.
– Yo no creo que tengamos que pagar por los pecados de nuestros padres y no creo en la gente que se pasa la vida buscando venganza.
Jill puso cara de no saber de qué le estaba hablando.
– A veces pasa. Si quieres que pase, claro. Fíjate en tu madre. Es una mujer infeliz, ¿verdad?
Jill asintió.
– Seguramente es infeliz por cosas que pasaron hace treinta años. Pero ella lo ha querido así. Tú también puedes escoger. Imagina que tu padre cometió algún delito y lo descubrimos. Será duro para ti pero no tiene que ser un escándalo ni amargarte la vida si tú no quieres. Nos pasan muchas cosas que no podemos controlar y que no son culpa nuestra, como los asesinatos de tu padre y de tu hermano. Lo que sí puedes controlar es cómo van a afectarte estos hechos. Puedes dejar que te amarguen, aunque creo que eso no va con tu carácter, o puedes aprovecharlos para aprender y madurar.