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– Té, qué bonito detalle -dijo el desconocido, hablando en chino.

Iba vestido con un traje vulgar, camisa blanca y corbata lisa. La piel del rostro lucía tan lisa y sin arrugas como la seda y sus ojos resultaban fríos e inexpresivos; sus movimientos eran gráciles. Marion intuyó que bajo aquella ropa anónima había un cuerpo perfecto de atleta.

– Tiene que reposar -dijo, sin dejar traslucir su sorpresa y confusión por la manera como aquel individuo había logrado entrar en su casa-. Permítame que vaya a buscar otra taza.

El hombre asintió, y Marion regresó a la cocina. Mientras abría el armario para coger una taza, deslizó un cuchillo en la parte de atrás del cinturón. A continuación, regresó a la sala y dejó la taza junto a la tetera.

– Me gusta que el té repose al menos diez minutos -dijo el desconocido-. Eso nos dará tiempo para hablar.

Marion esperó.

El hombre entrelazó las manos en la espalda y empezó a pasear por la habitación.

– Estoy buscando algo -dijo, deteniéndose y contemplando uno de los pendones que colgaban en la pared. Lo examinó con atención.

Marion no dijo nada y se limitó a repasar mentalmente los mejores movimientos para clavarle el cuchillo en la garganta.

– ¿Sabe dónde está? -preguntó el desconocido.

– No me ha dicho qué está buscando.

– ¿No lo sabe?

– No tengo la menor idea de qué me está hablando.

El hombre descartó aquella respuesta como quien espanta un molesto mosquito.

– ¿Qué pensaba hacer con eso?

Marion hizo caso omiso de la pregunta. Estaba preparado mentalmente.

– ¿Té?

El desconocido se volvió.

– Todavía no ha reposado lo suficiente.

– Yo lo prefiero menos fuerte.

– En ese caso, sírvase. Esperaré.

Marion se inclinó y cogió la tetera por el asa. Su mente estaba lúcida y despejada como un diamante. Inclinó la tetera y llenó la taza con el líquido hirviendo. La dejó a un lado, se llevó la taza a los labios sin prisas y, de repente, con un rápido quiebro de la muñeca, lanzó el líquido ardiente a la cara del desconocido al tiempo que sacaba el cuchillo y le lanzaba una fulgurante cuchillada al cuello.

Pero ni el hombre ni su cuello estaban donde deberían, y la hoja rasgó el aire sin causarle daño alguno. Momentáneamente desequilibrado, Marion se vio propulsado hacia delante por su propio impulso y, mientras intentaba agacharse, un puño armado con garras surgió de la nada. Marion vio lo que le parecieron unos espolones metálicos e intentó agacharse, pero fue demasiado tarde. Notó un salvaje tirón en el cuello y un repentino y ardiente golpe de aire.

Lo último que vio fue al desconocido junto a él, sosteniendo lo que comprendió que era su propia tráquea, ensangrentada y palpitante.

***

Nodding Crane se alejó un paso del cuerpo que se convulsionaba y desangraba en la moqueta. Dejó caer el órgano destrozado y esperó a que cesara todo movimiento. Luego, pasó por encima del obstáculo y entró en la cocina. Se lavó las manos tres veces con agua muy caliente y examinó su traje. No vio el menor rastro del xiaoren, la persona insignificante. Toda la fuerza del movimiento se había producido lejos de su cuerpo. Solo tenía un par de gotas de sangre en la punta del zapato izquierdo. Lo limpió meticulosamente con un trapo húmedo y después le sacó brillo.

Volvió a la sala. La sangre había dejado de fluir. La moqueta había absorbido la mayor parte, de modo que la mancha no se había extendido. La rodeó, fue hasta la tetera y se sirvió una taza, que saboreó con delectación. El tiempo de reposo era perfecto. Llenó otra mientras un pensamiento acudía a su mente, extraído de sus extensos conocimientos de filosofía confuciana, especialmente adecuado para aquel momento: «Cuando los castigos no son debidamente administrados, la gente no sabe cómo mover manos o pies».

38

Gideon caminaba arriba y abajo junto a la cinta de equipaje, como si estuviera esperando una maleta. Naturalmente, no había facturado ninguna, pero quería comprobar quién más estaba por los alrededores. Las palabras de Mindy Jackson todavía le resonaban en los oídos: «Nodding Crane destaca precisamente en que no destaca en nada, aparte de su estado físico extraordinario y unos ojos inexpresivos». Era evidente que junto a la cinta había un número considerable de asiáticos, incluidos varios que encajaban perfectamente en la poco útil descripción de Mindy.

«No te pongas en plan paranoico y concéntrate en el siguiente paso», se dijo Gideon.

Sacó la cartera y comprobó cuánto dinero le quedaba: unos mil dólares. Pensó no sin cierto desengaño que Glinn y compañía parecían haberlo abandonado.

«Cuando regreses a Estados Unidos, te estará esperando. No creo que sobrevivas.»

Su siguiente movimiento era obvio. Si Wu había entregado los planos después de haber cruzado la aduana y no los llevaba encima, entonces tenía que habérselos dado a alguien en algún momento. Por suerte, Gideon se encontraba en esos instantes dentro de la zona de seguridad de aduanas. Mientras sopesaba qué hacer, sonó por los altavoces uno de los mensajes habituales: «Por favor, informen a las autoridades competentes de cualquier persona sospechosa o de cualquier maleta que vean abandonada».

Carpe diem.

Miró a su alrededor, localizó a un guardia de seguridad del aeropuerto y se acercó.

– Disculpe -le dijo-, creo haber visto algo sospechoso y quisiera informar a la autoridad competente.

– Puede informarme a mí -repuso el guardia.

– No -replicó Gideon tajantemente-. Tengo que informar a la persona adecuada. Es muy importante.

– Ya se lo he dicho, infórmeme a mí.

– Oiga, el mensaje que difunden habla de la autoridad competente. No se ofenda, pero usted es un simple guardia, y yo quiero hablar con alguien que esté al mando de verdad. Además, no hay tiempo que perder; he visto algo muy sorprendente y tengo que informar de inmediato.

El vigilante lo miró con una mezcla de desconfianza y perplejidad.

– Está bien, sígame.

Condujo a Gideon a través de una puerta lateral y por un pasillo repleto de cubículos hasta una puerta cerrada. Llamó y una voz respondió.

– Pase.

– Gracias -dijo Gideon, entrando y cerrando tras él ante las narices del guardia. Se volvió y vio a un tipo gordo, sentado a su mesa, tras un montón de papeles.

– ¿Qué significa esto? -preguntó.

El guardia intentó entrar, pero Gideon bloqueaba la puerta con el pie. Sacó su pasaporte y lo arrojó sobre la mesa.

– CIA. Diga al guardia que se vaya.

El hombre cogió el documento y lo examinó.

El guardia golpeaba la puerta.

– Gracias -gritó el hombre-. Todo está en orden, puede volver a su puesto.

Volvió su atención al pasaporte y miró los sellos diplomáticos con aire suspicaz.

– Aquí no pone nada de la CIA. ¿No tiene una placa?

– ¡Claro que no! -repuso Gideon en tono cortante-. No llevamos identificación cuando trabajamos bajo cobertura diplomática.

El hombre dejó el pasaporte.

– De acuerdo, ¿ de qué se trata?

Gideon lo miró con cara de pocos amigos.

– ¿Es usted el capitán Longbaugh?

– Eso pone en la placa, ¿no? Ahora haga el favor de decirme qué desea, señor, porque estoy muy ocupado.

Gideon vio que Longbaugh era un hombre acostumbrado a tratar con funcionarios y burócratas. Sería un hueso duro de roer.

Sacó una libreta del bolsillo y la consultó.

– El siete de junio, a las doce veintitrés de la noche, llegó un vuelo de JAL con un pasajero a bordo, Mark Wu. Cuando salió del aeropuerto lo siguieron y provocaron que su taxi se estrellara en Spanish Harlem. Murieron ocho personas en el accidente, incluido el señor Wu. Seguramente lo leyó en la prensa.