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– ¡Vuelvan…! -oyó que decía la distante voz del maître-. ¡Que alguien llame a seguridad!

Gideon giró bruscamente, abrió otra puerta y llegó al final de una plataforma de descarga. Siguió adelante, con Orchid, furiosa, pisándole los talones, bajaron los peldaños y corrieron por el estrecho callejón que daba a la calle Cincuenta. Sin soltarla, cruzó la calle entre bocinazos, corrió dos manzanas, entró en el restaurante Four Seasons, subió al comedor con piscina y entraron en la cocina.

– ¿Otra vez? -gritó Orchid.

Corrieron entre voces y protestas y salieron a Lexington Avenue, justo enfrente de la parada del metro de la calle Cincuenta y uno. Cruzaron la calle a toda prisa y bajaron la escalera. Gideon pasó dos veces su tarjeta por el lector de acceso y llegaron al andén justo cuando llegaba un tren con destino a la parte alta de la ciudad. Los dos entraron corriendo en el vagón, y las puertas se cerraron.

– ¿Se puede saber qué diablos pasa? -protestó Orchid, recobrando el aliento.

Gideon se dejó caer en el asiento mientras su mente funcionaba a toda prisa. Había oído aquella misma voz canturreando en la Avenida C, la noche anterior, y había vuelto a escucharla hacía unos minutos, la misma versión de una canción de Blind Willie que solo se había editado en vinilo en Europa y Extremo Oriente.

«Si nosotros hemos podido encontrarlo, también puede hacerlo Nodding Crane», había dicho Garza. Al parecer ya lo había conseguido.

Respiró hondo y contempló el vagón. Sin duda era imposible que Nodding Crane los hubiera seguido hasta allí.

– Lo siento -le dijo a Orchid, cogiéndole la mano.

– Oye, empiezo a estar harta de tus excentricidades.

– Lo sé, lo sé -repuso, dándole una palmada-. No he sido justo contigo. Mira, te he metido en algo que está resultando ser mucho más peligroso de lo que había previsto. He sido un verdadero idiota. Ahora necesito que vuelvas a tu casa y no te muevas demasiado. Me pondré en contacto contigo cuando todo esto haya terminado.

– ¡Ni hablar! -gritó, haciendo que la gente se volviera para mirarlos-. ¡No vas a dejarme plantada otra vez!

– Te prometo que te llamaré. Te lo prometo.

– No me gusta que me traten como si fuera una mierda.

– Por favor, Orchid… Me gustas, de verdad, es por eso que no quiero involucrarte más. -La miró a los ojos-. Te llamaré.

– ¿Por qué no me lo dices sin más? -chilló ella mientras las lágrimas asomaban a sus ojos y le corrían por las mejillas-. Estás metido en algún tipo de lío, ¿verdad? ¿Crees que no me he dado cuenta? ¿Por qué no me dejas ayudarte? ¿Por qué insistes en apartarme de tu lado?

Gideon no se vio con ánimo de mentirle.

– Sí, estoy en un lío, pero no puedes ayudarme. Vuelve a casa. Te prometo que iré a buscarte. Esto terminará pronto, de un modo u otro. Lo siento, tengo que marcharme.

– ¡No! -Orchid se aferró a él como un náufrago a un salvavidas.

Aquello era absurdo. Tenía que alejarse de ella por su seguridad. El tren llegó a la parada de la calle Cincuenta y nueve y se detuvo con un chirrido. Las puertas se abrieron. Gideon tomó una decisión y, en el último momento, se libró de la presa de Orchid y salió corriendo. Se detuvo en el andén para pedir disculpas, pero las puertas se cerraron de golpe y, mientras el tren se alejaba, tuvo un atisbo del rostro apenado de Orchid a través de la ventanilla.

– ¡Te prometo que te llamaré! -gritó, pero era demasiado tarde. El tren había desaparecido.

47

Gideon conducía, pensativo, en el tráfico de media tarde de Jersey. Había cruzado el túnel Holland y se dirigía con el Chevrolet de alquiler hacia el norte, a través del viejo entramado de pueblos que se confundían los unos con los otros: Kearny, North Arlington, Rutherford, Lodi. Todas las calles tenían el mismo aspecto: estrechas, bulliciosas y llenas de árboles, con sus edificios de cuatro pisos, sus deslucidos escaparates y marañas de cables telefónicos colgando claustrofóbicamente de lo alto. De vez en cuando, a través de las aglomeraciones urbanas, lograba atisbar lo que había sido el centro de la ciudad, la marquesina de un cine abandonado o las vidrieras de un antiguo bar. Cincuenta o sesenta años atrás, aquellos lugares habían sido pequeños pueblos separados unos de otros, alegres y llenos de vida, rebosantes de quinceañeros con tupé. En ese momento todo aquello no era más que un fantasmal recuerdo bajo un interminable desfile de tiendas de comestibles, mercadillos, outletsy tiendas de telefonía.

Entró en el condado de Bergen y cruzó otra media docena de pueblos a cuál más triste. Obviamente, había un modo mucho más rápido de alcanzar su punto de destino, pero Gideon deseaba perderse durante un rato en el acto puramente mecánico de conducir. Se sentía presa de incómodas e indeseadas emociones: inquietud porque Nodding Crane lo hubiera localizado, vergüenza y apuro por la forma en que había tratado a la pobre Orchid. No dejaba de repetirse que lo había hecho por el bien de ella, y que le iría mucho mejor si no se liaba con un tipo al que solo le quedaba un año de vida. Sin embargo, eso no hacía que se sintiera mejor. La verdad era que la había utilizado con el mayor descaro.

A medida que conducía hacia el norte, acercándose al límite del estado de Nueva York, las calles se fueron haciendo más amplias y arboladas, el tráfico disminuyó y las casas eran mejores y más espaciadas. Echó un vistazo al papel que había dejado en el asiento del pasajero y donde había escrito «Biyu Liang, Bergen Dafa Center, Old Tappan». Gracias a la lista de asistencias que Van Rensselaer había aportado involuntariamente, averiguar qué niño había estado en el JFK -Jie Liang- y de ahí conocer el nombre de su madre había resultado pan comido. Ignoraba qué era un Dafa Center, pero ahí era donde trabajaba la mujer, y allí se dirigía.

Quince minutos después se detuvo ante lo que, para su sorpresa, parecía ser una vieja mansión solariega. No era particularmente grande, pero sí estaba muy bien cuidada, con su construcción principal de piedra roja, un garaje aparte y la correspondiente casa del guarda, junto a la entrada, todo ello convertido en una especie de pequeño campus. En el cartel de la carretera se leía: «Bergen Dafa Center».

Dejó el coche en un aparcamiento situado junto al edificio principal y subió los peldaños que conducían a la puerta de entrada, decorada con filigranas de hierro forjado. Entró en un lujoso vestíbulo reconvertido en zona de recepción. En un elegante rótulo de la pared, flanqueado por ideogramas chinos, se leía: «Ejercicios Falung Gong, lunes a viernes de 15 a 17 h. Clases nocturnas, lunes a viernes de 19 a 22 h».

La joven asiática del mostrador le sonrió cuando se acercó.

– ¿Puedo ayudarlo en algo? -preguntó en un inglés desprovisto de acento.

Gideon le devolvió la sonrisa.

– Me gustaría hablar con Biyu Liang, por favor.

– En estos momentos dirige una sesión -repuso la joven, señalando una puerta abierta a través de la cual Gideon oía una combinación de palabras y música.

– Gracias. Esperaré a que acabe.

– Desde luego. Si le apetece, puede observar tanto como desee.

Gideon fue hacia la puerta y se asomó a una espaciosa y decorada estancia con una sencillez estilo Zen. Una mujer dirigía, en una serie de ejercicios pausados, a un grupo de personas que se movían al son de una hipnótica música pentatónica de cuerda y percusión. La mujer daba instrucciones en lo que parecía un melodioso mandarín. La observó detenidamente. Era más joven que la del aeropuerto, pero se le parecía, de modo que llegó a la conclusión de que la mujer del vídeo debía de ser la abuela del niño.

Mientras esperaba a que finalizara la sesión se sintió cada vez más intrigado y complacido por lo que veía. Había algo inexplicable en aquellos movimientos, de una belleza casi universal. «Falung Gong», murmuró. El nombre le sonaba vagamente y recordó que era una especie de práctica budista originaria de China. Tenía que averiguar más.