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La sesión se prolongó durante otros diez minutos. Cuando el grupo se dispersó, conversando en voz baja, Gideon permaneció junto a la puerta, esperando. La mujer lo vio y se acercó a él. Era menuda, y tenía un rostro que solo podía describirse como redondo y resplandeciente.

– ¿Puedo ayudarlo en algo? -preguntó.

– Sí. -Gideon recurrió a su mejor sonrisa-. Me llamo Gideon Crew. Mi hijo, Tyler, ingresará el próximo curso en la academia Throckmorton. Acabamos de mudarnos desde Nuevo México. Le ha tocado la clase de su hijo, Jie.

– Qué bien -repuso ella-. Me complace darle la bienvenida.

Se estrecharon la mano, y la mujer se presentó.

– Es adoptado -prosiguió Gideon-, de Corea. Solo queremos que se sienta como en casa. Como todavía tiene algunas dificultades con el inglés, a mi mujer y mí nos alegró saber que habría otros niños asiáticos en la clase. No es fácil empezar en un colegio nuevo. Por eso deseaba conocerla a usted y a algunos otros padres.

– Hablaré con Jie sobre su hijo. Jie es muy simpático y estoy segura de que enseguida se hará amigo de él.

Gideon se sintió incómodo.

– Gracias, sé que eso será importante. -Se dispuso a despedirse y marcharse, pero un impulso se lo impidió-. Perdone si resulto pesado, pero no he podido evitar observar lo que hacían mientras esperaba. Esa música y esos movimientos… me han fascinado. ¿De qué se trata, exactamente?

El rostro de la mujer se iluminó.

– Somos seguidores de Falung Gong o, para decirlo correctamente, de Falun Dafa.

– Siento curiosidad. Realmente es muy bonito. ¿Para qué sirve? ¿Es una especie de entrenamiento físico?

– Eso representa solo una pequeña parte. Es una manera total de cultivar el cuerpo y la mente, un camino para conectarse con su yo verdadero.

– ¿Me está hablando de una religión?

– Oh, no. Se trata de una nueva forma de ciencia que incorpora ciertos elementos budistas y taoístas. Podría definirlo como un camino espiritual y mental.

– Me gustaría saber más.

Ella contestó de buen grado con un discurso bien aprendido.

– A los practicantes de Dafa se los guía a través de principios universales como la sinceridad, la compasión y la moderación. Nos esforzamos constantemente por estar en armonía con ellos a través de una serie de cinco sencillos ejercicios y meditaciones. Con el tiempo, esos ejercicios transforman el cuerpo y la mente y acaban conectando al practicante con las verdades más profundas y esenciales del universo. De ese modo, puede encontrar el camino que lo conducirá a su yo verdadero.

Estaba claro que aquel era un tema muy importante para ella, y Gideon se sintió sinceramente impresionado. Pensó que podía haber algo de cierto en todo ello. Lo había percibido con solo observar aquellos movimientos.

– ¿Y está abierto a cualquiera?

– Naturalmente. Damos la bienvenida a todo el mundo. Como habrá podido ver, tenemos todo tipo de seguidores, de distintas edades y extracción social. De hecho, la mayoría de nuestros practicantes son occidentales. ¿Le gustaría asistir a una de nuestras sesiones?

– Desde luego. ¿Es caro?

Se echó a reír.

– Puede venir, escuchar y hacer los ejercicios todas las veces que quiera. La mayoría de las sesiones en inglés son por la noche. Si más adelante cree que le son de ayuda, nos encantaría que pudiera colaborar con nuestro centro con alguna donación. En cualquier caso, no cobramos tarifa alguna.

– ¿Es originario de China?

La mujer pareció titubear.

– Está relacionado con las antiguas creencias y tradiciones chinas, pero en China está prohibido.

Gideon se dijo que aquello merecía ser seguido con atención, pero en esos momentos tenía que encontrar a la mujer mayor, a la abuela.

– Gracias por compartir sus conocimientos conmigo -respondió-. No le quepa duda de que me uniré a una de sus sesiones. Y volviendo al asunto del colegio, en la academia mencionaron que su hijo está muy unido a su abuela.

– Sí, a mi madre. Ella fue la fundadora del Bergen Dafa Center.

– Ah, ¿y sería posible conocerla?

Nada más hacer la pregunta, Gideon se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. La expresión de la mujer había perdido parte de su afabilidad.

– Lo siento, trabaja en otras áreas del negocio y ya no participa en el quehacer cotidiano del centro. -Hizo una breve pausa-. ¿Puedo preguntarle por qué desea conocerla?

Gideon sonrió.

– Bueno, dado que están tan unidos y que ella lo lleva al colegio… Se me ocurrió que estaría bien conocerla; pero, evidentemente no es necesario.

Comprendió que acababa de cometer otro error. La mujer se puso en guardia.

– Mi madre nunca lleva a Jie a la academia. De hecho, incluso me sorprende que en Throckmorton sepan que existe. -Otra pausa-. ¿Cómo es que usted está al corriente?

«Maldición», pensó Gideon. No tendría que haber insistido.

– No sé, en el colegio la mencionaron. Es posible que Jie les haya hablado de ella.

La mujer pareció relajarse un poco.

– Sí, podría ser.

– Disculpe, pero no quiero entretenerla más -dijo Gideon, retirándose con su sonrisa más inocente-. Ha sido usted muy amable.

Más tranquila, la mujer le entregó un folleto.

– Aquí encontrará los horarios de las sesiones introductorias. Espero volver a verlo por aquí. Hablaré a Jie sobre su hijo. Quizá podría venir algún día a jugar, antes de que empiecen las clases en otoño.

– Es muy amable por su parte -contestó Gideon despidiéndose con una sonrisa.

48

Orchid salió de la cafetería de la calle Cincuenta y uno y caminó a paso vivo por la acera en dirección a Park Avenue mientras abría el paquete de cigarrillos que acababa de comprar y tiraba el celofán a una papelera. En lugar de volver a su casa, deambulaba por las calles, con la mente hecha un torbellino. Estaba furiosa y al mismo tiempo decidida. Gideon era un canalla, un verdadero cabrón, pero al mismo tiempo tenía problemas serios. Al fin lo había comprendido. Estaba claro que necesitaba ayuda, y ella se la prestaría. Lo ayudaría a escapar de lo que lo atormentaba y lo empujaba a comportarse de un modo tan extraño.

Pero ¿cómo, cómo podía ayudarlo?

Dobló la esquina y enfiló a grandes zancadas por Park Avenue. El portero uniformado del Waldorf le abrió la puerta. Entró y se detuvo un momento en el suntuoso vestíbulo, respirando hondo. Cuando se hubo serenado, se acercó al mostrador de recepción y utilizó el nombre falso con el que se había registrado.

– ¿Podría decirme si el señor Tell ha vuelto? Soy su esposa.

– Llamaré a la habitación. -El recepcionista estableció comunicación, pero nadie contestó.

– Está bien, lo esperaré en el vestíbulo -dijo ella, pensando que tarde o temprano Gideon regresaría, ya que había dejado todas sus cosas allí.

Abrió el paquete de tabaco y se llevó un cigarrillo a los labios.

– Lo siento, señora Tell, pero no está permitido fumar en el vestíbulo.

– Lo sé, lo sé. Iré a fumar fuera.

Encendió el pitillo mientras caminaba hacia la salida, solo para fastidiarlos. Salió y, furiosa, se puso a caminar arriba y abajo por la calle. Cuando consumió el cigarrillo arrojó la colilla a los pies del portero, sacó otro del bolso y lo encendió. Desde donde estaba podía oír el débil sonido de la guitarra del mendigo sentado ante la iglesia de San Bartolomé. Para matar el tiempo, cruzó la calle y se acercó a escuchar.

El hombre, vestido con una vieja gabardina, seguía tocando la guitarra y cantando. Estaba sentado con las piernas cruzadas, pellizcando las cuerdas con las uñetas. Ante él tenía abierto el estuche de la guitarra, donde había unos cuantos billetes arrugados y unas monedas.

Meet me Jesus meet me

Meet me in the middle of the air