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Se acercó con aire despreocupado, pero antes de que alcanzara la puerta, dos asiáticos vestidos de negro aparecieron ante él, como surgidos de la nada.

– ¿Podemos ayudarlo en algo? -preguntó uno de ellos al tiempo que le cerraban el paso. Su tono era educado, pero firme.

Gideon ni siquiera sabía cómo se llamaba la abuela del niño.

– Me gustaría ver a la madre de Biyu Liang.

– Disculpe, pero ¿tiene cita con la señora Chung?

Le agradó saber que, al menos, había acertado con la casa.

– No, pero soy el padre de un niño que este curso empezará en Throckmorton y…

Ni siquiera lo dejaron continuar. Con extrema educación pero también con la mayor firmeza, lo cogieron por los brazos y le obligaron a dar media vuelta.

– Sea tan amable de venir con nosotros.

– Sí, pero el nieto de la señora irá a clase con mi hijo y…

– Venga con nosotros.

Gideon se dio cuenta de que no lo llevaban a su coche, sino hacia una puerta de hierro situada en un costado de la mansión, y en su mente afloró un desagradable recuerdo: el de despertarse en un hotel de Hong Kong rodeado de agentes chinos.

– ¡Eh! ¡Esperen un momento! -protestó, clavando los talones en el suelo, pero sus escoltas se limitaron a sujetarlo con más fuerza y arrastrarlo hacia la puerta.

Una voz sonó en el interior de la casa, y los dos guardaespaldas se detuvieron. Gideon volvió la cabeza y vio a una mujer china de avanzada edad que desde el portal hacía un gesto a los dos hombres con su mano marchita y les decía algo en mandarín.

Al cabo de un momento, ambos guardias lo soltaron y se hicieron a un lado.

– Venga -le dijo la mujer-. Entre.

Gideon no lo pensó dos veces. Ella lo hizo pasar y lo acompañó al salón.

– Por favor, siéntese. ¿Le apetece un té?

– Sí, por favor -respondió Gideon, masajeándose los antebrazos por donde lo habían agarrado.

Un sirviente apareció en el salón y se retiró tras recibir unas breves instrucciones de la señora Chung.

– Disculpe a mis vigilantes -se disculpó esta, volviéndose hacia Gideon-. En estos momentos, mi vida está rodeada de peligro.

– ¿Por qué? ¿Qué ocurre?

Por toda respuesta, la mujer se limitó a sonreír. El sirviente regresó con una tetera de hierro colado y dos pequeñas tazas de porcelana china. Gideon estudió a su anfitriona mientras esta servía el té. Ciertamente era la misma mujer que aparecía en el vídeo del aeropuerto. Al pensar en el camino largo y tortuoso que lo había llevado hasta allí, no pudo evitar sentirse impresionado por su presencia. Sin embargo, vista en persona, parecía muy diferente. Irradiaba una especie de energía vital que la imagen granulosa del vídeo no había podido captar. Tuvo la sensación de que nunca se había encontrado ante una persona mayor tan despierta y vigorosa. Era como un pájaro, vivaz, rápida y alegre.

Le entregó una de las tazas y, arrellanándose en su asiento, entrelazó los dedos y lo miró con tanta intensidad que Gideon estuvo a punto de ruborizarse.

– Veo que hay algo que desea preguntarme -le dijo.

Gideon no respondió de inmediato. Su mente trabajaba a toda velocidad. Había inventado varias historias falsas, para sonsacarle la información, pero sentado ante ella, cara a cara, comprendió que no era de esas personas que se dejan engañar. Por nada. Todas sus ocurrencias, maquinaciones y estratagemas habían quedado hechas añicos. Intentó pensar en una historia mejor, en una concatenación de mentiras y medias verdades más eficaz, pero comprendió que se trataría de un esfuerzo inútil.

– Dígame simplemente la verdad -le dijo ella, como si le hubiera leído el pensamiento.

– Yo… -No pudo seguir. Si le decía la verdad, todo estaría perdido. Se ruborizó, azorado.

– Está bien -dijo ella-. Deje entonces que sea yo quien haga las preguntas.

– Sí, será mejor, gracias -repuso con alivio.

– ¿Cómo se llama?

– Gideon Crew.

– ¿De dónde es y a qué se dedica?

Vaciló, buscando nuevamente una mentira verosímil, pero por primera vez en su vida no se le ocurrió ninguna.

– Vivo en Nuevo México y trabajo en el Laboratorio Nacional de Los Álamos.

– ¿Dónde nació?

– En Claremont, California.

– ¿Y sus padres?

– Mis padres eran Melvin y Doris Crew. Ambos han muerto.

– ¿Y por qué razón está aquí?

– Mi hijo, Tyler, irá el próximo curso a la clase de Jie, en Throckmorton, y…

Ella levantó las manos y lo interrumpió.

– Lo siento -dijo tranquilamente-, pero creo que usted es un mentiroso profesional que acaba de quedarse sin mentiras que decir.

Gideon no supo qué contestar.

– Así pues -prosiguió la anciana-, ¿por qué no prueba con la verdad, para variar? Es posible que así consiga lo que desea.

Se sentía arrinconado por aquella mujer. No tenía escapatoria. ¿Cómo era posible que se hubiera dejado atrapar de ese modo?

La anciana seguía esperando, con las manos sobre el regazo, sonriendo.

«¡Qué demonios!», se dijo Gideon.

– Podría decirse que soy un agente especial -repuso.

La mujer enarcó las cejas, cuidadosamente pintadas.

Gideon respiró hondo. No podía aferrarse a nada que no fuera la verdad y, curiosamente, se sintió aliviado.

– Mi misión consiste en averiguar qué pretendía introducir Mark Wu en nuestro país y hacerme con ello.

– Mark Wu… -murmuró la mujer-. Sí, tiene sentido. ¿Para quién trabaja usted?

– Trabajo para el gobierno de Estados Unidos, indirectamente.

– ¿Y qué relación tengo yo con todo esto? -quiso saber la mujer.

– Usted le entregó algo a Mark Wu en el aeropuerto, justo antes de que subiera a un taxi y lo asesinaran. Necesito saber qué le dio. Aparte de esto, quisiera saber si es cierto que Wu llevaba los planos de una nueva arma secreta, qué tipo de arma es y dónde están esos planos ahora.

La anciana asintió lentamente. Tomó un sorbo de té y dejó la taza en la bandeja.

– ¿Es usted diestro o zurdo?

– Zurdo -repuso Gideon, sorprendido.

Ella volvió a asentir, como si aquello explicara muchas cosas.

– Por favor, extienda la mano izquierda -le pidió.

Gideon dudó un momento antes de acceder. La mujer se la cogió suavemente con la derecha. Durante unos instantes, lo único que sintió Gideon fue el tacto seco y apergaminado de la piel de la anciana. De repente, gritó de dolor y sorpresa. La mano de la vieja parecía estar quemando la suya.

Dio un respingo en la silla, y ella lo soltó.

– Intentaré responder a todas sus preguntas -dijo, con las manos nuevamente en el regazo-. A pesar de que usted es un mentiroso profesional, está claro que eso forma parte de su trabajo. Veo, percibo, que es usted persona de buen corazón y me da la impresión de que, ayudándolo a usted, podremos ayudarnos a nosotros mismos.

Tomó otro sorbo de té.

– Mark Wu era un científico que trabajaba en un proyecto secreto en China. Y también era un devoto seguidor de Falun Dafa. -Asintió varias veces, dejando que la tensión se acumulara con el silencio-. Quizá esté al corriente o quizá no, pero Falun Dafa ha sido brutalmente reprimida en China. Por este motivo, Falun Dafa se ha vuelto clandestina, muy clandestina.

– ¿Por qué la han prohibido las autoridades?

– Porque suponemos una amenaza para su monopolio del poder. China tiene una larga tradición de imperios que se han venido abajo gracias a movimientos espirituales seguidos por la gente. En este caso, las autoridades tienen motivos para estar preocupadas, porque Dafa desafía no solo sus planteamientos comunistas con sus correspondientes prácticas totalitarias, sino también su visión sobre el valor del materialismo y el capitalismo salvaje.