Richard Parker no tenía problemas. Se proclamó campeón de las siestas. Pasaba la mayor parte del tiempo bajo la lona. Pero durante los días en los que el sol no abrasaba y en las noches tranquilas, se aventuraba a salir. Una de sus posiciones favoritas era estar tumbado de costado en el banco de popa con el estómago colgando por el borde y las patas delanteras y traseras extendidas por los bancos laterales. Era mucho tigre para caber en un banco relativamente estrecho, pero lo conseguía curvando mucho la espalda. Cuando estaba completamente dormido, reposaba la cabeza encima de las patas delanteras, pero cuando se sentía más activo, cuando prefería mantener los ojos abiertos y mirar a su alrededor, volvía la cabeza y apoyaba la barbilla en la regala.
Otra de sus posiciones predilectas era estar sentado de espaldas a mí, con la parte trasera apoyada en el fondo del bote y la parte delantera encima del banco, con la cara oculta en la popa y las patas delanteras al lado de la cabeza, como si estuviéramos jugando al escondite y a él le tocara contar. Cuando se colocaba en esta posición, solía permanecer completamente inmóvil, excepto para mover las orejas muy de vez en cuando, indicando que no estaba necesariamente dormido.
CAPÍTULO 69
Muchas noches estuve convencido de haber visto una luz en la distancia. Cada vez encendí una bengala. Cuando se me acabaron las bengalas cohete, gasté todas las bengalas de mano. ¿Fueron buques que no me vieron? ¿El reflejo de la luz de las estrellas que salían o que desaparecían? ¿Olas que se rompían, moldeadas por la luna y la vana esperanza hasta crear una ilusión? Fuera por lo que fuera, todo fue en vano. Nunca me dio resultado. Siempre me quedaba con el gusto amargo de la esperanza hecha añicos. Con el tiempo abandoné por completo la idea de que viniera a rescatarme un buque. Si el horizonte estaba a una distancia de cuatro kilómetros visto desde una altura de un metro y medio, ¿a qué distancia iba a estar, visto desde donde estaba sentado en la balsa apoyado en el mástil, con los ojos a apenas un metro del agua? ¿Cuáles eran las posibilidades de que un buque en medio del Pacífico entrara en un círculo tan pequeño? Y es más: que entrara en un círculo tan pequeño y me viera a mí. ¿Cuáles eran las posibilidades de que ocurriera algo así? No, no podía contar con la humanidad y su proceder tan arbitrario. Tierra, tenía que llegar a tierra dura, firme y segura.
Todavía recuerdo el olor que desprendían los cartuchos vacíos de las bengalas de mano. Por uno de esos fenómenos de la química, olían exactamente igual que el comino. Me embriagaba. Cuando olía los cartuchos, me transportaba a Pondicherry, un alivio maravilloso después de ver que mi grito de auxilio caía en oídos sordos. Era una experiencia muy fuerte, casi una alucinación. De un simple olor brotaba una ciudad entera. (Ahora, cuando huelo comino, veo el océano Pacífico.)
Richard Parker se paralizaba cada vez que lanzaba un cohete de mano. Clavaba la mirada en la luz, las pupilas como dos agujeritos. Mis ojos no podían con esa luz tan brillante, con ese centro blanco incandescente y esa aureola rosa y roja. Tenía que mirar hacia otro lado. La sujetaba con la mano extendida y la blandía lentamente. Durante un minuto, me quemaba el brazo y todo lo que tenía a mi alrededor se iluminaba con una luz extraña. El agua, negra y opaca hasta hacía unos segundos, resultaba estar repleta de peces.
CAPÍTULO 70
No es tarea fácil matar una tortuga. La primera que maté fue una tortuga de carey pequeña. Lo que me tentó fue su sangre, esa «bebida buena, nutritiva y sin sal» que prometía el manual de supervivencia. Tanta era la sed que tenía. Agarré el caparazón de la tortuga y forcejeé con una de las aletas traseras. Cuando la tenía bien asida, le di la vuelta en el agua e intenté subirla a la balsa. No paraba de retorcerse. Nunca iba a poder con ella en la balsa. O la soltaba o intentaba subirla al bote. Miré hacia el cielo. Hacía un día cálido y despejado. Richard Parker parecía tolerar mi presencia en la proa en días tan calurosos, cuando el aire era como el interior de un horno y él no se asomaba hasta que se ponía el sol.
Con una mano, aguanté la aleta trasera de la tortuga y con la otra tiré de la cuerda del bote salvavidas. Me costó subirme a bordo. En cuanto lo conseguí, saqué la tortuga del agua de un tirón y la deposité al revés encima de la lona. Como había previsto, Richard Parker se limitó a gruñir un par de veces. No se sentía con ánimos para hacer esfuerzos con tanto calor.
Mi resolución era denodada y ciega. Sentí que no había tiempo que perder. Abrí el manual de supervivencia como aquel que abre un libro de cocina. Decía que había que darle la vuelta a la tortuga para que estuviera boca arriba. Hecho. Aconsejaba que «se introdujera un cuchillo en el cuello» para cortarle las arterias y las venas. Miré la tortuga. No tenía cuello. La tortuga se había retraído dentro del caparazón; lo único que estaba dispuesta a mostrar de la cabeza eran los ojos y el pico, rodeados de pliegues de piel. Me estaba mirando al revés con la expresión adusta.
Cogí el cuchillo y, con la intención de provocarla, le pinché una de las aletas delanteras. Sólo logré hacer que retrocediera más. Opté por un enfoque más directo. Con la misma seguridad que si lo hubiera hecho miles de veces, hinqué el cuchillo justo en el lado derecho de la cabeza de la tortuga, inclinándolo hacia dentro. Hundí la hoja entre los pliegues de piel y la giré. La tortuga se metió todavía más hacia dentro, sin forzar el lado donde estaba el cuchillo, y de pronto sacó la cabeza con ferocidad e intentó morderme. Di un respingo hacia atrás. Salieron las cuatro aletas y la tortuga intentó huir. Se estaba balanceando sobre la espalda, batiendo las aletas frenéticamente y moviendo la cabeza de un lado al otro. Agarré el hacha y le di en el cuello, haciéndole un tajo. Empezó a salir sangre de color rojo brillante a chorros. Cogí un vaso y conseguí unos trescientos mililitros de sangre, lo que cabe en una lata de refresco. Hubiera obtenido mucha más, un litro, supongo, pero la tortuga tenía un pico agudo y unas aletas delanteras largas y poderosas, equipadas con dos garras en cada una. La sangre que logré recaudar no olía a nada en especial. La probé. Estaba tibia y sabía a animal, si bien recuerdo. Es difícil recordar las primeras impresiones. Bebí toda la sangre hasta la última gota.
Creí que podría abrirle el caparazón duro de la parte inferior con el hacha, pero resultó más fácil cortarlo con el filo de dientes de sierra. Apoyé un pie en medio del caparazón y el otro lejos de las aletas, que parecían aspas de molino. Corté la piel áspera en el extremo superior sin problemas, menos en la zona de las aletas. Lo que más costó fue serrar el borde, donde el caparazón de arriba y el de abajo se unían, más que nada porque la tortuga no se estaba quieta. Cuando terminé de separar el caparazón estaba agotado y bañado en sudor. Tiré del caparazón inferior. Se separó, a regañadientes, con un ruido como a succión mojada, dejando al descubierto toda una vida interna: músculos, grasa, sangre, entrañas y huesos. Y la tortuga seguía retorciéndose. Le corté el cuello hasta las vértebras, pero como si no hubiera hecho nada. Las aletas siguieron dando vueltas. Con dos golpes de hacha, le corté la cabeza entera. Las aletas no pararon. Peor aún fue que la cabeza amputada seguía dando boqueadas y parpadeando. La tiré al mar. Cogí el resto de la tortuga que seguía palpitando y la dejé caer en el territorio de Richard Parker. Estaba haciendo ruidos como si tuviera intención de levantarse. Seguramente había olido la sangre de la tortuga. Fui corriendo a refugiarme en la balsa.
Observé resentido mientras agradecía mi regalo y se ponía hecho un verdadero cochino. Yo estaba acabado. Por un miserable vaso de sangre, el esfuerzo de matar la tortuga no había merecido la pena.