– ¡Tolia, Tolia!
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En la base de la nueva teoría de Shtrum estaba la idea que le había sorprendido aquella noche por la calle. Las ecuaciones que había deducido fruto de varias semanas de trabajo no eran una ampliación ni un apéndice de la teoría clásica aceptada unánimemente por los físicos. En lugar de eso, la teoría clásica, supuestamente global, se había convertido en un caso particular incluido en el marco de una teoría más amplia elaborada por Víktor.
Durante un tiempo dejó de ir al instituto, y Sokolov se hizo cargo de la supervisión del trabajo del laboratorio. Shtrum apenas salía de casa. Deambulaba por la habitación o se pasaba horas sentado en su escritorio. Sólo a veces, por la noche, salía a pasear escogiendo las calles desiertas cerca de la estación para no encontrarse con ningún conocido. En casa se comportaba como de costumbre: bromeaba durante las comidas, leía los periódicos, escuchaba los boletines de la Oficina de Información Soviética, le buscaba las cosquillas a Nadia, preguntaba a Aleksandra Vladímirovna por su trabajo en la fábrica, hablaba con su mujer.
Liudmila Nikoláyevna tenía la sensación de que en aquellos días su marido había comenzado a parecerse a ella. Hacía todo lo que se suponía que debía hacer, pero sin participar plenamente en la vida que le rodeaba, algo que le resultaba fácil porque era mera rutina. Y sin embargo aquella similitud no acercaba a los dos cónyuges, era sólo aparente. Las causas que determinaban la alienación de ambos respecto a la vida familiar eran radicalmente opuestas: la vida y la muerte.
Shtrum no tenía dudas acerca de los resultados de su investigación. Tal seguridad era algo atípico en él, pero ahora que había hecho el descubrimiento científico más importante de su vida tenía la certeza absoluta de su veracidad.
Ahora que llegaba al término de su complejo trabajo matemático, comprobando una y otra vez el desarrollo de sus razonamientos, no se sentía más seguro que cuando, en la calle desierta, le había iluminado una intuición repentina.
A veces intentaba comprender el camino que había seguido para llegar a aquel resultado. En apariencia todo era bastante sencillo. Los experimentos del laboratorio debían confirmar las hipótesis de la teoría. Pero no había sido así. La contradicción entre los datos experimentales y la teoría había suscitado en él, naturalmente, serias dudas sobre la fiabilidad de los experimentos. La teoría que había sido formulada sobre la base de los resultados obtenidos por numerosos investigadores durante décadas de trabajo y que, a su vez, arrojaba luz sobre muchas cuestiones relacionadas con los nuevos estudios experimentales, parecía incontestable. Reiterados experimentos habían mostrado una y otra vez que las desviaciones de las partículas cargadas en la interacción nuclear seguían sin corresponderse con las predicciones de la teoría. Ni siquiera las más generosas correcciones introducidas para compensar la imprecisión de los experimentos, así como la imperfección de los aparatos de medición y la emulsión fotográfica utilizada para captar las fisiones nucleares, podían explicar una disparidad tan grande.
Al darse cuenta de que no podía haber duda respecto a la precisión de los resultados, Víktor había intentado reformular la teoría asumiendo como premisa varias hipótesis arbitrarias que permitieran asumir los nuevos datos experimentales obtenidos en el laboratorio.
Todo lo que había hecho hasta el momento partía de una creencia fundamentaclass="underline" que la teoría se había deducido de datos experimentales, y por tanto era imposible que un experimento la contradijera. Se había despilfarrado una enorme cantidad de trabajo intentando hallar una conexión entre la teoría y los nuevos experimentos. Sin embargo, la teoría modificada, de la que parecía imposible alejarse, seguía fracasando a la hora de explicar los nuevos y contradictorios datos que afluían del laboratorio. La teoría modificada resultó ser tan ineficaz como la primera.
Fue en ese momento cuando sobrevino un nuevo hecho.
La vieja teoría dejó de ser fundamental, un todo omnicomprensivo, no porque fuera un error garrafal o un disparate, sino porque quedó insertada como un caso particular en el nuevo sistema… La reina madre arropada con un manto púrpura inclinó de modo respetuoso la cabeza ante la nueva emperatriz. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando Shtrum comenzó a reflexionar sobre cómo había dado con la nueva teoría, le sacudió algo inesperado. Se dio cuenta de que parecía no haber ninguna conexión lógica entre la teoría y los experimentos. Era como si las huellas en el suelo hubieran desaparecido y no pudiera rehacer el camino seguido.
Antes siempre había creído que las teorías nacían de la experiencia. Pensaba que las contradicciones entre una teoría existente y nuevos datos experimentales conducían naturalmente a una teoría nueva, más amplia. Pero, por extraño que pareciera, acababa de convencerse de que no era así. Había tenido éxito en el momento en que no había intentado relacionar la experiencia con la teoría, o viceversa.
La nueva teoría no procedía de la experiencia, sino de la cabeza de Shtrum. Lo veía con una claridad pasmosa. Lo nuevo había surgido de una absoluta libertad. Había brotado de su cabeza. La lógica de esa teoría, su línea de razonamiento, no estaba conectada a los experimentos efectuados por Márkov en el laboratorio. Daba la impresión de que la teoría había nacido espontáneamente, del libre juego del pensamiento, y aquel juego desarticulado de la experiencia permitía explicar toda la riqueza de los viejos y los nuevos datos. Los experimentos no habían sido sino un impulso exterior que le había obligado a pensar, pero no determinaban su contenido. Era sorprendente…
Su cabeza estaba llena de relaciones matemáticas, ecuaciones diferenciales, cálculos de probabilidad, leyes de álgebra superior y algoritmia. Aquellas relaciones matemáticas existían por sí mismas en el vacío, en la nada, fuera del mundo de los átomos y las estrellas, fuera de los campos electromagnéticos y gravitacionales, fuera del tiempo y el espacio, fuera de la historia del hombre y la historia geológica de la Tierra. Pero esas relaciones estaban dentro de su cabeza…
Y al mismo tiempo su cabeza estaba llena de otras relaciones y leyes: interacciones cuánticas, campos de fuerzas, constantes que determinaban los procesos nucleares, el movimiento de la luz, la contracción y dilatación del tiempo y el espacio. ¡Increíble! en su cabeza de físico teórico los procesos del mundo real sólo eran un reflejo de las leyes que habían nacido en el desierto de las matemáticas. En la mente de Shtrum las matemáticas no eran el reflejo del mundo, sino que el mundo se configuraba como proyecciones de las ecuaciones diferenciales. El mundo era un reflejo de las matemáticas.
Y al mismo tiempo su cabeza estaba llena de datos de contadores y otros instrumentos diferentes, de las líneas punteadas que sobre el papel fotográfico describen las trayectorias de las partículas y las fisiones de los núcleos…
Y aún quedaba espacio en su cabeza para el susurro de las hojas, la luz de la luna, las gachas de mijo con leche, el crepitar del fuego en la estufa, fragmentos de melodías, ladridos de perros, el Senado de Roma, los boletines de la Oficina de Información Soviética, el odio hacia la esclavitud, y la pasión por las semillas de calabaza.
Y de ahí, de esa amalgama, había nacido su teoría, había subido a la superficie emergiendo de lo más profundo, donde no existen matemáticas, ni física, ni experimentos en un laboratorio de física, ni experiencia de vida, donde no hay consciencia sino sólo la turba inflamable del inconsciente…
Y la lógica de las matemáticas, privada de los vínculos con el mundo, se reflejó, se expresó, se encarnó en una teoría física real que, con exactitud divina, se plasmó en un complicado trazado de líneas punteadas sobre el papel fotográfico.
El hombre en cuya cabeza había tenido lugar todo aquello, mirando las ecuaciones diferenciales y el papel fotográfico que confirmaba la verdad engendrada por él, lloraba secándose los ojos radiantes de felicidad y bañados en lágrimas…