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Sin embargo, de no ser por aquellos experimentos infructuosos, de no ser por el caos y el absurdo, Sokolov y Shtrum habrían seguido reformulando la teoría vieja e incurriendo en el mismo error.

¡Qué felicidad que el absurdo no hubiera cedido ante su insistencia!

Esa nueva explicación había nacido de su cabeza, pero estaba relacionada con los experimentos de Márkov. En efecto, si los núcleos atómicos y los átomos no formaran parte de la realidad, tampoco existirían en el cerebro del hombre. Más aún: si no hubiera admirables sopladores de vidrio como los Petushkov, si no hubiera centrales eléctricas, ni altos hornos en los establecimientos metalúrgicos, ni producción de reactivos puros, no habría matemáticas dentro de la cabeza de un físico teórico.

Lo que más le sorprendía era que había logrado su máximo logro científico en un momento de la vida en que se sentía abrumado por el dolor y una lúgubre melancolía le oprimía el cerebro. ¿Cómo era posible?

¿Y por qué justo después de aquellas conversaciones -temerarias, peligrosas, que tanto le habían inquietado y que no guardaban ninguna relación con su trabajo- lo insoluble había hallado de repente una solución? Pero eso no era más que una banal coincidencia.

Difícil poner orden en todas esas cosas…

Ahora, una vez concluido, Víktor quiso hablar de su trabajo. Hasta ese momento no se había preguntado a quién podía confiarse.

Quería ver a Sokolov, escribir a Chepizhin… Trataba de imaginarse cómo acogerían sus nuevas ecuaciones Mandelshtam, Loffe, Landau, Tamm, Kurchatov, cómo las interpretarían sus colaboradores del laboratorio, qué impresión causarían sobre los de Leningrado. Pensaba en el título que daría a su trabajo. Se preguntó qué pensarían Bohr y Fermi. Tal vez el propio Einstein lo leería y le escribiría algunas líneas. Y se preguntó también quiénes serían sus adversarios, y qué problemas ayudaría a resolver.

Pero no le apetecía hablar a su mujer del trabajo. Por lo general, antes de enviar una carta importante, se la leía a Liudmila. Cuando se encontraba por casualidad a un viejo amigo en la calle, el primer pensamiento que le venía a la mente era: «¡Qué sorpresa se llevará Liudmila!». Después de discutir con el director del instituto al que había dirigido una réplica cortante, pensaba: «Luego le contaré a Liudmila cómo le he puesto en su sitio». No concebía siquiera la idea de ir al cine o al teatro sin Liudmila, sin sentir su presencia al lado y poder susurrarle: «Dios mío, ¡qué basura!». Compartía con ella cualquier cosa que le inquietara; cuando todavía era estudiante, le decía: «¿Sabes? A veces creo que soy idiota». ¿Por qué ahora no le decía nada? ¿Acaso su necesidad compulsiva de compartir su vida con ella se basaba en la certeza de que Liudmila vivía más la vida de su marido que la suya propia, que la vida de él era la de ella? Pero ahora aquella certidumbre había desaparecido. ¿Su mujer había dejado de amarle? ¿O tal vez era él el que ya no la amaba? Al final, aunque no tenía ganas de hacerlo, le habló de su trabajo.

– Es una sensación indefinible, extraña -le dijo-: ahora podría pasarme cualquier cosa y el corazón me diría que no he vivido en vano. ¿Sabes? Por primera vez en la vida, no tengo miedo a morir, porque ahora eso existe, ¡ha nacido! le mostró una hoja llena de garabatos que había sobre la mesa.

– No exagero: es una nueva visión de la naturaleza, de las fuerzas nucleares, un nuevo principio que será la llave para muchas puertas que hasta ahora han estado cerradas… ¿Entiendes?, cuando era niño… No, quería decir… Es un sentimiento como si… de las aguas oscuras y quietas aflorase a la superficie un nenúfar… ¡Ay, Dios mío!

– Estoy muy contenta, Vítenka, muy contenta -decía ella sonriendo.

Pero Víktor veía claramente que estaba absorta en sus pensamientos, que no compartía su alegría ni su excitación. Y no dijo ni una sola palabra de ello a su madre ni a Nadia. Lo más probable era que ya ni se acordase.

Por la noche Víktor fue a casa de los Sokolov. No sólo para hablar con Sokolov sobre su trabajo, sino también para contarle lo que sentía. Piotr Lavréntievich le entendería, era amable, inteligente, y tenía un corazón bueno, puro.

Pero al mismo tiempo temía que Sokolov le hiciera algún reproche, que le recordara su falta de fe. A Sokolov le gustaba comentar el comportamiento ajeno y pronunciar locuaces sermones.

Hacía tiempo que no iba a casa de los Sokolov. Probablemente sus amigos se habían reunido al menos tres veces desde su última visita. De repente vio los ojos saltones de Madiárov. «Es valiente, el demonio», pensó Víktor. Qué extraño era que, durante todo ese tiempo, no se hubiera acordado ni una sola vez de las «asambleas» nocturnas. Tampoco ahora tenía ganas. Asociaba a aquellas conversaciones cierta inquietud, ansiedad, el presentimiento de una desgracia inminente. Lo cierto es que se habían pasado de la raya: graznaban como pájaros de mal agüero, y en cambio Stalingrado resistía, el avance alemán había sido detenido, los evacuados regresaban a Moscú.

Anoche le había dicho a Liudmila que no tenía miedo a morir, ni siquiera en ese mismo momento. Sin embargo le aterrorizaba recordar las críticas que había expresado. Madiárov se había desahogado a gusto, tanto que pensarlo le provocaba pavor, ¿Y las sospechas de Karímov? Espantosas. ¿Y si Madiárov fuera en realidad un provocateur?

«Sí, morir no da miedo -pensó Víktor-, pero en este momento soy un proletario que puede perder algo más que sus cadenas.»

Sokolov, con una chaqueta de andar por casa, leía un libro, sentado a la mesa.

– ¿Dónde está Maria Ivánovna? -preguntó Shtrum, sorprendido, a la vez que se maravillaba de su propio asombro.

Al no encontrarla en casa se había sentido perdido, como si hubiera ido allí para hablar de física teórica con ella y no con Piotr Lavréntievich. Sokolov colocó las gafas en la funda y le respondió, sonriendo:

– ¿Por qué?, ¿es que Maria Ivánovna está obligada a estar siempre encerrada en casa?

Entre toses y tartamudeos propios de la excitación, Víktor comenzó a exponer sus ideas, a desarrollar sus ecuaciones. Sokolov era la primera persona en el mundo a la que Víktor confiaba su teoría, y mientras hablaba revivía todo de nuevo, aunque con sentimientos diferentes.

– Bueno, eso es todo -dijo Víktor con voz trémula, sintiendo la emoción del amigo.

Permanecieron callados, y a Víktor aquel silencio le pareció sublime. Estaba sentado, con la cabeza gacha, frunciendo la frente, meneando tristemente la cabeza. Por fin lanzó a Sokolov una mirada rápida, y le pareció ver lágrimas en los ojos de Piotr Lavréntievich.

Mientras el mundo entero era devastado por una guerra espantosa, dos hombres estaban sentados en una habitación miserable. Un vínculo inefable les unía entre sí, un vínculo que a su vez les unía con otros hombres de diferentes países, y con otros que habían vivido siglos atrás, cuyo pensamiento había aspirado a lo más elevado y grande que un ser humano pueda perseguir.

Shtrum deseaba que Sokolov continuara callado. En aquel silencio había algo divino…

Permanecieron así durante un largo rato. Después Sokolov se acercó a Shtrum, le puso una mano sobre el hombro, y Víktor Pávlovich sintió que estaba a punto de echarse a llorar. Al final Piotr Lavréntievich habló:

– Qué maravilla, qué milagro, qué elegancia. Le felicito de todo corazón. Una fuerza extraordinaria, qué lógica, qué elegancia. Incluso desde el punto de vista estético su razonamiento es perfecto.

Todavía temblando de la excitación, Víktor pensó: «Por el amor de Dios, esto no es una cuestión de elegancia, se trata del pan de cada día, de la realidad».

– Ve ahora, Víktor Pávlovich -dijo Sokolov-, lo equivocado que estaba cuando perdió el ánimo, cuando quería aplazarlo todo hasta el regreso a Moscú. -Y con el tono de un profesor de teología, que Shtrum no soportaba, continuó-: Tiene poca fe, le falta paciencia. A menudo esto le bloquea…