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– Sí, sí -respondió deprisa Shtrum-, lo sé. Me deprimía tanto encontrarme en ese callejón sin salida. Me repugnaba todo.

Luego Sokolov se puso a disertar, pero cualquier cosa que decía desagradaba a Víktor, aun cuando su colega hubiera entendido inmediatamente la importancia de su trabajo y lo valorara en términos superlativos. Víktor encontraba todas sus apreciaciones insulsas, estereotipadas.

«Su trabajo promete resultados notables.» «Promete», qué palabra tan estúpida. No necesitaba a Piotr Lavréntievich para saber que su trabajo «prometía». Pero ¿por qué «promete resultados»? Más que prometer, ya era un resultado. «Ha aplicado un método original.» ¿Qué tenía que ver la originalidad? Era pan, pan, sólo pan negro.

Shtrum desvió intencionadamente la conversación hacia los asuntos del laboratorio.

– A propósito, Piotr Lavréntievich, olvidé comentarle que recibí una carta de los Urales: la entrega de nuestro pedido se retrasa.

– Bien -dijo Sokolov-, eso quiere decir que ya estaremos en Moscú cuando llegue el material. Hay un aspecto positivo: en Kazán nunca habríamos podido instalarlo y nos habrían acusado de no cumplir con el plan de trabajo.

Sokolov comenzó a pronunciar un discurso pomposo acerca de los asuntos del laboratorio. Aunque Víktor había sido el artífice del cambio de tema le entristeció que Sokolov hubiera abandonado con tanta facilidad el gran tema, el más importante. En ese momento sintió su soledad con particular intensidad. ¿Acaso Sokolov no entendía que su trabajo era infinitamente más importante que la rutina del laboratorio? Se trataba, sin duda, de la contribución más importante que Shtrum había hecho a la ciencia, una obra que tendría un peso determinante en el desarrollo de la física teórica. Sokolov advirtió, por la cara de Víktor, que había desviado la conversación con demasiada facilidad y ligereza hacia asuntos de puro trámite.

– Es curioso -observó-. Usted ha confirmado de manera absolutamente novedosa la cuestión de los neutrones y del núcleo pesado. -Con la palma de la mano imitó el movimiento de un trineo deslizándose veloz a lo largo de una pendiente-. Y ahora es cuando necesitaríamos los nuevos aparatos.

– Sí, es posible -respondió Víktor-. Pero es sólo un detalle.

– Venga, no diga eso -objetó Sokolov-, es un detalle suficientemente relevante. Una energía titánica, admítalo.

– ¿Y a mí qué más me da eso? -replicó Shtrum-. Lo que me interesa es el nuevo punto de vista sobre la naturaleza de las microfuerzas. Es algo que puede alegrar a un cierto número de personas y que posibilita el poder acabar con algunas búsquedas a ciegas.

– Sí, claro que se alegrarán. Como un deportista se alegra cuando es otro el que bate un récord.

Shtrum no respondió. Sokolov había tocado un tema que hacía poco se había discutido en el laboratorio. En aquella ocasión Savostiánov había establecido un paralelismo entre científicos y deportistas: también los científicos se preparan, se entrenan, y la resolución de los problemas científicos conlleva la misma tensión que se encuentra en el deporte. Y además en ambos casos es una cuestión de récords.

Víktor, y sobre todo Sokolov, se habían enfadado con Savostiánov por aquel extraño parangón. Sokolov incluso pronunció un discursito tildando a Savostiánov de joven cínico y afirmó que la ciencia era una especie de religión, que el trabajo científico expresaba la aspiración del hombre hacia lo divino.

Víktor, en cambio, sabía que si se había irritado con Savostiánov no era tanto porque considerara errónea su afirmación. De hecho, más de una vez había sentido la alegría del deportista, el mismo anhelo, la misma pasión. No obstante, sabía que la competitividad, el entusiasmo y el deseo de marcar récords no constituían la esencia, sino únicamente la superficie de su relación con la ciencia, y había montado en cólera con Savostiánov tanto porque llevaba razón como porque se equivocaba con su diagnóstico.

Nunca había hablado con nadie, ni siquiera con Liudmila, sobre su verdadero sentimiento hacia la ciencia, un sentimiento que había aflorado en los tiempos de su juventud. Y le resultó placentero que, en la discusión con Savostiánov, Sokolov hablara sobre la ciencia con tanta justicia y en términos tan elevados.

¿Por qué ahora, sin embargo, Sokolov había mencionado de improviso la analogía entre científicos y deportistas? ¿Por qué había dicho una cosa semejante precisamente en un instante tan crucial para Shtrum?

Perplejo y ofendido, le preguntó con brusquedad a su colega:

– Piotr Lavréntievich, ¿es que no está contento por mí, puesto que no ha sido usted el que ha establecido el récord?

Justo en aquel instante Sokolov estaba pensando que la solución encontrada por Shtrum era sencillísima, evidente en sí misma, que estaba presente desde hacía tiempo en su cabeza y que a la primera ocasión ineludiblemente la habría formulado.

– Así es -confesó Sokolov-. De la misma manera que Lawrence no se entusiasmó cuando fue Einstein y no él el que transformó las ecuaciones del propio Lawrence.

La candidez de este reconocimiento desarmó hasta tal punto a Shtrum que se arrepintió de su propia animosidad. Sin embargo, Sokolov se apresuró a añadir:

– Estoy bromeando, por supuesto. Lawrence no viene al caso. No siento nada parecido. Pero de todas formas, aunque no sienta nada parecido, soy yo quien tiene razón y no usted.

– Claro, claro. Está de broma -dijo Víktor, pero seguía irritado. Había entendido perfectamente que eso era lo que pensaba Sokolov.

«Hoy no es sincero -pensó-, pero es transparente como un niño. Se ve enseguida cuando no está diciendo la verdad.»

– Piotr Lavréntievich -añadió Víktor-, ¿nos reunimos el sábado en su casa como de costumbre?

Sokolov arrugó su gruesa nariz de bandolero, hizo ademán de ir a decir algo, pero permaneció callado. Víktor lo miró con aire interrogador.

– Víktor Pávlovich -dijo Sokolov al final-, dicho sea entre nosotros, esas veladas han dejado de gustarme.

Ahora era él quien miraba con cierta curiosidad a Shtrum, pero como éste callaba, prosiguió:

– Me preguntará por qué. Usted sabe muy bien a qué me refiero… No es cosa de broma. Se nos fue demasiado la lengua.

– A usted no -replicó Shtrum-. La mayor parte del tiempo estuvo callado.

– Exacto, ése es el problema.

– Entonces reunámonos en mi casa, estaría encantado de que así fuera -propuso Víktor.

¡Increíble! Ahora el hipócrita era él. ¿Por qué había mentido? ¿Por qué discutía con Sokolov cuando en su fuero interno era de la misma opinión? Sí, porque también él había comenzado a temer aquellos encuentros, no deseaba que se produjeran.

– ¿Por qué en su casa? -preguntó Sokolov-. No se trata de eso. Permita que se lo diga sin rodeos: he reñido con mi cuñado, con nuestro principal orador, Madiárov.

Víktor se moría de ganas de preguntarle: «Piotr Lavréntievich, ¿está usted seguro de que Madiárov es un hombre de confianza? ¿Pondría la mano en el fuego por él?». En cambio, dijo:

– ¿Por qué hacer una montaña de un grano de arena? Es usted el que se ha metido en la cabeza que cualquier palabra un poco atrevida pone en peligro al Estado. Es una pena que haya discutido con Madiárov, es una persona que me gusta. Mucho, además.

– Es innoble que en unos tiempos tan duros para nuestra patria algunos rusos se dediquen a criticar a diestra y siniestra -sentenció Sokolov.

Y Shtrum de nuevo sintió el deseo de preguntarle: «Piotr Lavréntievich, es un asunto serio. ¿Está seguro de que Madiárov no es un delator?». Pero en su lugar, dijo:

– Con su permiso le diré que las cosas están mejorando. Stalingrado es la golondrina que anuncia la primavera. Usted y yo acabamos de confeccionar las listas para la vuelta a Moscú. ¿Recuerda lo que pensábamos hace dos meses? Los Urales, la taiga, Kazajstán, eso es lo que teníamos en la cabeza.