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– Razón de más -replicó Sokolov-, no veo motivo para estar graznando.

– ¿Graznando? -repitió Víktor.

– Sí, sí, graznando.

– Por el amor de Dios, Piotr Lavréntievich, ¿por qué dice esas cosas?

Cuando se despidió de Sokolov, Víktor estaba en un estado de perplejidad y melancolía. Por encima de todo le atenazaba una soledad insoportable. Desde la mañana se había consumido pensando en su encuentro con Sokolov, presintiendo que sería una reunión especial. Pero casi todo lo que éste había dicho le había parecido poco sincero, insulso. Y él tampoco había sido sincero. El sentimiento de soledad no le abandonaba; es más, se agudizaba.

Salió a la calle. Se encontraba todavía en la puerta de entrada cuando oyó una voz suave de mujer que le llamaba. Víktor la reconoció al instante.

El farol de la calle alumbraba la cara de Maria lvánovna, sus mejillas y su frente brillaban por la lluvia. Con su viejo abrigo y el pañuelo de lana cubriéndole la cabeza, aquella mujer, esposa de un profesor universitario y doctor en ciencias, era la viva estampa de los evacuados en tiempo de guerra.

«Como la revisora de un tranvía», pensó Víktor.

– ¿Cómo está Liudmila Nikoláyevna? -le preguntó mirándole fijamente con sus ojos oscuros.

Hizo un gesto de despreocupación con la mano y respondió:

– Sin novedades.

– Mañana a primera hora pasaré a visitarles -dijo Maria lvánovna.

– Es usted su ángel de la guardia, su enfermera -dijo Víktor-. Menos mal que Piotr Lavréntievich lo soporta. Pasa mucho tiempo con Liudmila Nikoláyevna, y él es como un niño, a duras penas puede estar una hora sin usted.

Ella seguía mirándole con aire pensativo, como si estuviera escuchándole sin prestar atención a sus palabras. Luego dijo:

– Víktor Pávlovich, hoy tiene una expresión particular en la cara. ¿Le ha ocurrido algo bueno?

– ¿Por qué piensa eso?

– No tiene los mismos ojos que de costumbre. Debe de ser a causa del trabajo -dijo de repente-. Su trabajo va bien, ¿verdad? Y usted pensaba que la desgracia que le había ocurrido le anularía la capacidad de trabajar.

– Pero ¿de dónde ha sacado eso? -le preguntó mientras pensaba: «Hay que ver lo charlatanas que son estas mujeres. ¿Es posible que Liudmila se lo haya explicado todo?»-. ¿Y qué es lo que ha visto en mis ojos? -preguntó con manifiesta ironía a fin de ocultar su irritación.

Maria lvánovna permaneció callada, reflexionando sobre las palabras de Shtrum. Después le dijo seria, sin haber captado su tono irónico:

– En sus ojos siempre se lee sufrimiento, pero hoy no.

– Maria lvánovna, qué extraño es el mundo. Mire, siento que he cumplido la gran obra de mi vida. La ciencia es pan, el pan del alma. Y ha sucedido en estos tiempos amargos, difíciles. Qué extrañamente enmarañada es la vida. Ay, cómo quisiera… Basta, es inútil hablar…

Maria Ivánovna le escuchaba sin apartar la mirada de sus ojos. Después le dijo en un susurro:

– Si pudiera ahuyentar la desgracia de su casa…

– Gracias, querida Maria Ivánovna -dijo Shtrum, despidiéndose.

Se apaciguó al instante, como si hubiera ido a visitarla a ella en lugar de a su marido, y él hubiera dicho lo que deseaba decir.

Un minuto más tarde, mientras caminaba por la sombría calle, Víktor se había olvidado de los Sokolov. Los oscuros portales vomitaban corrientes de aire frío, en los cruces de camino el viento levantaba los faldones de su abrigo. Shtrum encogía los hombros, arrugaba la frente… ¿Es posible que su madre nunca supiera lo que su hijo había logrado?

7

Shtrum reunió al personal del laboratorio, los físicos Márkov, Savostiánov y Anna Naumovna Weisspapier, el mecánico Nozdrín y el electricista Perepelitsin, para anunciarles que las dudas sobre la imprecisión de los aparatos eran infundadas. De hecho, había sido la exactitud de las medidas lo que había permitido obtener resultados homogéneos, a pesar de las variaciones en las condiciones de los experimentos.

Shtrum y Sokolov eran teóricos, así que los experimentos de laboratorio estaban bajo la supervisión de Márkov. Dotado de un talento asombroso para resolver los problemas más intrincados, siempre determinaba con precisión los criterios de funcionamiento del nuevo instrumental.

Shtrum admiraba la seguridad con la que Márkov se acercaba a un nuevo aparato y, al cabo de pocos minutos, sin necesidad de instrucciones, era capaz de comprender tanto los principios esenciales como los más nimios detalles de su mecanismo. Parecía percibir los instrumentos físicos como organismos vivos, como si mirando un gato le bastara una ojeada para distinguir los ojos, la cola, las orejas, las garras, advertir sus latidos, determinar la función de cada parte de su cuerpo felino.

Cuando montaban en el laboratorio un nuevo aparato y necesitaban a alguien con una especial destreza, era el altivo mecánico Nozdrín quien se hacía dueño de la situación. Savostiánov solía bromear sobre Nozdrín diciendo: «Cuando Stepán Stepánovich muera, llevarán sus manos al Instituto del Cerebro como objeto de estudio».

A Nozdrín no le gustaban las bromas, miraba por encima del hombro a sus colegas científicos, consciente de que sin sus robustas manos de obrero no podrían hacer gran cosa en el laboratorio.

El favorito del laboratorio era Savostiánov. Era tan hábil con el trabajo teórico como con el de laboratorio. Todo lo hacía bromeando, con presteza, sin apenas esfuerzo. Incluso en los días más nublados, sus cabellos claros, color trigo, parecían iluminados por el sol. Shtrum admiraba a Savostiánov y pensaba que su pelo reflejaba el brillo y la claridad de su mente. Sokolov también le apreciaba.

– No, Savostiánov no es como nosotros, descarados y dogmáticos. Él vuela más alto. Cuando nosotros hayamos muerto, sólo quedará su nombre, y tras él, ocultos, el suyo, el mío, el de Márkov.

Por lo que respecta a Anna Naumovna, los graciosos del laboratorio la habían apodado «la gallina semental». Poseía una capacidad de trabajo y una paciencia casi sobrehumanas: una vez se había pasado dieciocho horas seguidas ante el microscopio estudiando emulsiones fotográficas.

Muchos directores de otras secciones del instituto consideraban que Shtrum era sumamente afortunado por contar con un personal de laboratorio tan brillante. A tales comentarios Víktor solía replicar en broma: «Cada jefe de departamento tiene los colaboradores que se merece».

– Hemos pasado por un periodo de depresión y ansiedad -dijo aquel día Víktor-, pero ahora podernos estar contentos: el profesor Márkov ha llevado a cabo un trabajo impecable. El mérito, evidentemente, también corresponde al taller de mecánica y a los ayudantes de laboratorio, que han llevado a cabo una enorme cantidad de observaciones, cientos y miles de cálculos.

Después de carraspear, Márkov intervino:

– Víktor Pávlovich, nos gustaría que nos expusiera su teoría con el mayor detalle posible. – Bajando la voz, añadió-: He oído que la investigación de Kochkúrov en un área similar ofrece grandes posibilidades prácticas. También me han dicho que ha llegado desde Moscú una solicitud de información sobre los resultados que usted ha obtenido.

Márkov siempre estaba al corriente de los pormenores de todo cuanto ocurría. Cuando los colaboradores del instituto estaban a punto de ser evacuados, Márkov llegó al tren con una avalancha de información acerca de las paradas, los cambios de locomotora, los puntos de abastecimiento durante el itinerario.

Savostiánov, que había asistido a la reunión sin afeitarse, dijo con aire pensativo:

– Tendré que beberme todo el alcohol del laboratorio para celebrarlo.

Anna Naumovna, siempre rebosante de iniciativas de carácter social, observó:

– Vaya, ¡qué alegría! en las reuniones de producción y en el sindicato local nos acusaban ya de toda clase de pecados mortales.