Un ser dotado de una fuerza absoluta no necesita amigos; evidentemente, ese ser sólo puede ser Dios.
La verdadera amistad no depende de que el amigo se siente en un trono o que, derrocado de dicho trono, vaya a parar a prisión. La verdadera amistad se corresponde con las cualidades del alma y es indiferente a la gloria, a la fuerza exterior.
Múltiples son las formas de la amistad y múltiple es su contenido, pero hay un fundamento sólido en ella: la fe en el carácter inquebrantable del amigo, en su fidelidad. Por ello es particularmente bella la amistad allí donde el hombre celebra el sabbat. Allí donde el amigo y la amistad son sacrificados en nombre de los más altos intereses, el hombre, declarado enemigo del ideal supremo, pierde a todos sus amigos, pero conserva su fe en su único amigo.
9
Cuando llegó a casa, Shtrum vio en el colgador un abrigo que conocía bien: era el de Karímov, que había pasado a verle y estaba esperándole.
Karímov puso a un lado el periódico y Shtrum pensó que, a juzgar por las apariencias, Liudmila Nikoláyevna no había querido conversar con el invitado.
– Vengo directamente de un koljós, he dado una conferencia -dijo Karímov-. Pero, se lo ruego, no se moleste, en el koljós me han ofrecido comida en abundancia. Nuestro pueblo es sumamente hospitalario.
Y Shtrum pensó que Liudmila no había ofrecido a Karímov ni siquiera una taza de té.
Sólo después de examinar con detenimiento la cara aplastada y de nariz ancha de Karímov, Shtrum advertía en sus rasgos diferencias apenas perceptibles respecto al modelo clásico del eslavo ruso. Pero en ciertos instantes, bastaba con un repentino movimiento de cabeza de Karímov para que todos esos ínfimos detalles se fusionaran y su cara adquiriese una fisonomía típicamente mongola.
De la misma manera, a veces, cuando caminaba por la calle, Shtrum podía reconocer a judíos entre individuos rubios, de ojos claros y nariz respingona. Los detalles que revelaban la procedencia judía de un hombre eran prácticamente invisibles: una sonrisa, la manera en que fruncía la frente para expresar sorpresa o el modo en que se encogía de hombros.
Karímov le estaba explicando que había conocido a un teniente que, tras resultar herido, había vuelto al campo a casa de sus padres. Por lo visto, había visitado a Shtrum sólo para contarle ese encuentro.
– Un chico estupendo -dijo Karímov-, me ha hablado de todo con absoluta franqueza.
– ¿En tártaro? -preguntó Shtrum.
– Por supuesto.
Shtrum pensó que si se hubiera encontrado con un teniente judío herido no habría podido hablarle en yiddish, puesto que apenas conocía una decena de palabras en ese idioma, como bekitser o haloimes, empleadas en tono de broma.
El teniente había sido hecho prisionero cerca de Kerch en otoño de 1941. Los alemanes le habían ordenado que recogiera el grano abandonado en la nieve para dárselo de forraje a los caballos. El teniente supo aprovechar el momento propicio y, oculto en el crepúsculo invernal, logró escapar. La población local, rusos y tártaros, le había dado cobijo.
– Tengo grandes esperanzas de volver a ver a mi mujer y a mi hija -dijo Karímov-. Parece que los alemanes, al igual que nosotros, tienen diferentes cartillas de racionamiento. El teniente me contó que muchos tártaros de Crimea han huido a las montañas, aunque los alemanes les dejan en paz.
– Cuando era estudiante escalé las montañas de Crimea -dijo Shtrum, y de pronto recordó que su madre le había enviado dinero para aquel viaje-. ¿Y ha visto judíos su teniente?
Liudmila Nikoláyevna asomó la cabeza por la puerta.
– Mamá no ha vuelto todavía -dijo-. Estoy preocupada.
– ¿Ah, sí?, quién sabe dónde andará -respondió Shtrum, distraído; y cuando Liudmila Nikoláyevna cerró la puerta, preguntó por segunda vez-: ¿Qué dice su teniente sobre los judíos?
– Vio cómo se llevaban a una familia judía, una vieja y dos chicas, para ser fusiladas.
– ¡Dios mío! -exclamó Shtrum.
– Sí, además oyó hablar de unos campos en Polonia adonde transportan a los judíos; los matan y luego descuartizan sus cuerpos como en un matadero. Pero estoy seguro de que no son más que fantasías. Me he informado en especial sobre los judíos porque sabía que le interesaría.
«¿Por qué sólo a mí? -pensó Shtrum-. ¿Acaso no interesa también a los demás?»
Karímov se quedó absorto un instante y luego dijo:
– Ah, sí, lo olvidaba; me ha contado que los alemanes ordenan llevar a la Kommandantur a los bebés judíos, a los que untan los labios con un compuesto incoloro que les hace morir al instante.
– ¿Bebés? -repitió Shtrum.
– Creo que es una invención, como la historia de los campos donde descuartizan cadáveres.
Shtrum comenzó a dar vueltas por la habitación y dijo:
– Cuando uno piensa que en nuestros días se mata a los recién nacidos, todos los esfuerzos de la cultura parecen inútiles. ¿Qué nos han enseñado Goethe, Bach? ¡Están matando a recién nacidos!
– Sí, es terrible -dijo Karímov.
Shtrum sentía el pesar y la compasión en Karímov, pero también se daba cuenta de su alegría: el relato del teniente había fortalecido sus esperanzas de encontrar a su mujer, mientras que Shtrum sabía de sobra que, después de la victoria, nunca más vería a su madre.
Karímov se disponía a volver a casa. Víktor no tenía ganas de despedirse, así que decidió acompañarle parte del camino.
– ¿Sabe una cosa? -dijo de repente Shtrum-. Nosotros, los científicos soviéticos, somos muy afortunados. ¿Qué deben de sentir los físicos y químicos alemanes honrados sabiendo que sus descubrimientos van en provecho de Hitler? Imagínese a un físico judío cuya familia es asesinada como si fueran perros rabiosos. Es feliz porque ha hecho un descubrimiento, pero éste, contra su voluntad, confiere potencia militar al fascismo. El lo ve todo, lo comprende todo, y sin embargo, no puede evitar alegrarse por su descubrimiento… ¡Es horrible!
– Sí, sí -ratificó Karímov-, un hombre que siempre ha pensado no puede obligarse a dejar de pensar.
Salieron a la calle.
– Me da reparo que quiera acompañarme con este tiempo de perros -dijo Karímov-. Hacía poco que estaba en casa y ahora ha tenido que salir otra vez.
– No importa -respondió Shtrum-. Sólo le acompañaré hasta la esquina.
Miró a la cara de su compañero y añadió:
– Me complace pasear con usted por la calle, a pesar de este tiempo desapacible.
Karímov caminaba en silencio y Shtrum tuvo la impresión de que estaba absorto en sus pensamientos y no le escuchaba. Al llegar a la esquina, Shtrum se detuvo.
– Bueno -dijo-, despidámonos aquí.
Karímov le apretó la mano con fuerza y, alargando las palabras, dijo:
– Pronto regresará a Moscú y tendremos que separarnos. Nuestros encuentros han significado mucho para mí.
– Créame, a mí también me da pena -dijo Shtrum. Cuando Shtrum caminaba de regreso a casa alguien lo llamó, pero él no se dio cuenta. Luego vio los ojos oscuros de Madiárov, mirándole fijamente. Llevaba levantado el cuello del abrigo.
– ¿Qué ha pasado? -le preguntó-. ¿Se han acabado nuestras reuniones? Piotr Lavréntievich está enfadado conmigo.
– Sí, claro, es una lástima -respondió Shtrum-. Pero en el calor de la discusión hemos dicho una sarta de tonterías.
– ¿Quién da importancia a las palabras dichas en caliente? -replicó Madiárov.
Madiárov acercó la cara a Shtrum, y sus ojos grandes, amplios, llenos de tristeza, se tornaron aún más tristes.
– En cierta manera no está mal que se hayan interrumpido nuestros encuentros.
– ¿Por qué? -quiso saber Shtrum.
– Tengo que decírselo -dijo Madiárov, casi jadeando-.
Creo que el viejo Karímov colabora. ¿Me entiende? Y usted, me parece, lo ha visto a menudo.