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Aquella noche un suboficial de las SS le hizo salir del Revier y lo condujo a la calle del campo. Frías ráfagas de viento le azotaron en la cara. Mijaíl Sídorovich se volvió a mirar los barracones durmientes y pensó: «No os preocupéis muchachos, los nervios del camarada Mostovskói no cederán; dormid tranquilos».

Cruzaron las puertas de la dirección del campo. Allí, en lugar del tufo a amoníaco, flotaba en el aire un fresco olor a tabaco. Mostovskói vio en el suelo una colilla larga y sintió deseos de cogerla.

Dejaron atrás el segundo piso y subieron al tercero. Elguardia ordenó a Mostovskói que se limpiara los pies en la alfombrilla y él mismo frotó sus suelas repetidas veces. Mostovskói, jadeando después de aquella subida, se esforzaba por recobrar el aliento.

Penetraron en un pasillo estrecho cubierto por una alfombra. Las lámparas semitransparentes en forma de tulipán difundían una luz tenue, suave. Pasaron por delante de una puerta pulida con una pequeña tablilla donde se leía «Comandante» y se detuvieron frente a otra puerta con la inscripción

«Obersturmbannführer Liss».

Mostovskói había oído pronunciar a menudo aquel nombre: se trataba del representante de Himmler en la dirección del campo. A Mostovskói le había divertido que el general Gudz seenfadara porque Ósipov había sido interrogado por el propio Liss, mientras que a él le habían enviado con uno de sus subalternos. Gudz lo había interpretado como una falta de consideración. Ósipov contaba que Liss le había interrogado sin intérprete: Liss era un alemán de Riga con un buen dominio del ruso. Un joven oficial salió al pasillo, le dijo unas pocas palabras al guardia e hizo entrar a Mijaíl Sídorovich en el despacho, dejando la puerta abierta.

El despacho estaba vacío. Tenía el suelo cubierto por una alfombra, flores en un jarrón y un cuadro colgado de la pared, en el que podía verse la linde de un bosque y los tejados rojos de las casas campesinas. Mostovskói pensó que era como estar en el despacho del director de un matadero: alrededor, el estertor de las bestias moribundas, las vísceras humeantes, los hombres manchados de sangre, mientras que en el despacho del director todo estaba tranquilo y sólo los teléfonos negros sobre la mesa evocaban la comunicación existente entre el matadero y el despacho.

¡Enemigo! Qué palabra tan clara y sencilla. Volvió a pensar en Chernetsov, en su miserable destino durante esa época de Sturm und Drang. Pero con guantes de hilo… Mostovskói se miró las manos, los dedos.

Una puerta se abrió al fondo del despacho y a continuación la puerta que daba al pasillo se cerró con un chirrido; el guardia debía de haberla cerrado cuando vio entrar a Liss.

Mostovskói aguardaba de pie, con el ceño fruncido.

– Buenos días -dijo en voz baja un hombre no demasiado alto con el emblema de las SS en la manga de su uniforme gris.

En el rostro de Liss no había nada repulsivo, y por esa razón a Mijaíl le daba miedo mirarlo: su nariz aguileña, sus ojos vigilantes de un gris oscuro, la frente alta, las mejillas pálidas y demacradas… todo confería a su rostro una expresión ascética.

Liss esperó a que Mostovskói acabara de toser y luego dijo:

– Deseo hablar con usted.

– Yo, en cambio, no lo deseo -le respondió Mostovskói mientras miraba de reojo al rincón del despacho donde esperaba ver aparecer a los ayudantes de Liss: los torturadores que le molerían a golpes.

– Le comprendo perfectamente -dijo Liss-. Siéntese. Ofreció asiento a Mostovskói en un sillón y se sentó a su lado.

Liss hablaba un ruso descarnado, esa lengua con regusto a cenizas frías de la que se nutren los folletos de divulgación científica.

– ¿Se encuentra mal?

Mostovskói se encogió de hombros, sin decir nada.

– Sí, sí, lo sé. He enviado a un médico que me ha informado. Le he molestado en mitad de la noche. Pero tenía muchas ganas de hablar con usted.

«Sí, sí, claro», pensó Mostovskói, y dijo:

– Me han traído aquí para interrogarme. Usted y yo no tenemos nada de que hablar.

– ¿Por qué? -preguntó Liss-. Todo lo que ve es mi uniforme; pero no nací dentro de él. El Führer, el Partido disponen, y nosotros, los soldados del Partido, obedecemos. Yo siempre he sido un teórico, me interesan las cuestiones filosóficas, la historia, pero soy un miembro del Partido. ¿Es que acaso a todos los agentes del NKVD les gusta su trabajo?

Mostovskói observó el rostro de Liss con detenimiento y pensó que aquella cara pálida de frente alta debería estar dibujada en la raíz del árbol de la evolución, que la evolución partía de él y daba origen al hombre peludo de Neanderthal.

– Si el Comité Central le hubiera ordenado que apoyara el trabajo de la Cheká, ¿habría podido negarse? No, habría apartado a Hegel a un lado y se habría puesto a trabajar. Es lo que yo he hecho.

Mijaíl Sídorovich volvió la mirada hacia su interlocutor: el nombre de Hegel, pronunciado por aquellos labios inmundos, sonaba extraño, sacrílego…

Si en un tranvía abarrotado se le hubiera acercado un ladrón peligroso, experto, y hubiera entablado conversación con él, no le habría escuchado; se habría limitado a seguir con la mirada sus manos, esperando ver de un momento a otro centellear la navaja de afeitar y dispuesto a golpearle en los ojos.

Liss levantó las palmas de sus manos, las miró y dijo:

– Nuestras manos son como las vuestras: aman el trabajo duro, no tienen miedo de ensuciarse.

En el rostro de Mijaíl Sídorovich apareció una mueca; le resultaba insoportable reconocer en aquel hombre sus propios gestos, sus palabras.

Liss comenzó a hablar deprisa, animadamente, como si ya hubiera charlado antes con Mostovskói y ahora se alegrara de tener la oportunidad de concluir la conversación interrumpida.

– Bastan veinte horas de vuelo para que pueda sentarse en el sillón de su despacho en la ciudad soviética de Magadán. Para nosotros usted está en su casa, pero no ha tenido suerte. Me apena cuando su propaganda hace coro a la propaganda de la plutocracia y habla de justicia partidista.

Liss meneó la cabeza. Y las palabras que siguieron fueron todavía más turbadoras, inesperadas, espantosas y disparatadas:

Cuando nos miramos el uno al otro, no sólo vemos un rostro que odiamos, contemplamos un espejo. Ésa es la tragedia de nuestra época. ¿Acaso no se reconocen a ustedes mismos, su voluntad, en nosotros? ¿Acaso para ustedes el mundo no es su voluntad? ¿Hay algo que pueda hacerles titubear o detenerse?

Liss aproximó su rostro al de Mostovskói:

– ¿Me comprende? No domino el ruso a la perfección, pero deseo tanto que me comprenda… Ustedes creen que nos odian, pero es sólo una apariencia: se odian a ustedes mismos en nosotros. Terrible, ¿no es cierto? ¿Me comprende?

Mijaíl Sídorovich decidió guardar silencio; no dejaría que Liss le arrastrara a aquella conversación.

Pero por un instante le dio la impresión de que el hombre que le miraba a los ojos no trataba de engañarle, que se esforzaba de verdad y escogía con tino las palabras. Parecía lamentarse, pidiéndole ayuda para encontrar el sentido a algo que le atormentaba.

Mostovskói se sentía mal. Tenía la sensación de que una aguja le estaba atravesando el corazón.

– ¿Me comprende? -repitió enseguida Liss, demasiado excitado ya para ver a Mostovskói-. Cuando damos un golpe a su ejército lo infligimos contra nosotros mismos. Nuestros tanques no sólo han roto sus defensas, han quebrado también las nuestras; las orugas de nuestros tanques aplastan al nacionalsocialismo. Es horrible, es una especie de suicidio cometido en un sueño. Para nosotros puede acabar de manera trágica. ¿Lo comprende? Si ganamos, nosotros, los vencedores, nos quedaremos sin ustedes, solos contra un mundo que nos es extraño, que nos odia.

Habría sido fácil refutar las palabras de aquel hombre. Pero sus ojos se acercaron aún más a Mostovskói. Sin embargo había algo todavía más repugnante y peligroso que las palabras de aquel astuto provocateur de las SS, y es que, a veces, ya fuera con timidez o con malicia, Liss rasguñaba el corazón y el cerebro de Mostovskói. Eran dudas abominables y sucias que Mostovskói no encontraba en las palabras del otro, sino en su propia alma.