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La radiotelegrafista sucia, infestada de piojos, permanecía sentada en silencio. Seriozha pudo ver su cuello blanco en la oscuridad.

Otra bengala los iluminó y sus cabezas se aproximaron. Él la tomó entre sus brazos y ella cerró los ojos. Los dos conocían esa historia que se contaba en la escuela: quien besa con los ojos abiertos es que no está enamorado.

– No es una broma, ¿verdad? -preguntó Seriozha.

Kaña presionó las manos contra las sienes del chico y le obligó a volver la cabeza hacia ella.

– Es para toda la vida -se respondió a sí mismo Seriozha lentamente,

– Es extraño -dijo ella-. Tengo miedo de que entre alguien. Y hasta ahora siempre me alegraba cuando venía alguien: Liájov, Koloméitsev, Zúbarev…

– Grékov -añadió Seriozha.

– Oh, no -se rebeló Katia.

Seriozha le besó el cuello, desabrochó el botón metálico del cuello de su guerrera, rozó con los labios el hueco de su garganta sin atreverse a deslizarse por sus pechos. Ella acariciaba sus cabellos hirsutos y sucios como si fuera un niño, y se daba cuenta de que todo lo que estaba pasando era inevitable, era preciso que ocurriera así.

El miró la esfera luminosa de su reloj.

– ¿Quién os guiará mañana? -preguntó ella-. ¿Grékov?

– ¿Por qué preguntas eso ahora? Iremos nosotros solos, ¿por qué debería guiarnos?

Volvió a abrazarla y sintió un frío repentino en los dedos y en el pecho por la determinación y la emoción. Ella estaba medio acostada sobre su abrigo y parecía que no respiraba. Seriozha sintió bajo sus dedos el tejido burdo y polvoriento de la guerrera y la falda, el material áspero de sus botas. Sintió en las manos el calor de su cuerpo. Ella intentó sentarse, pero él comenzó a besarla otra vez. Una explosión de bengala iluminó por unos instantes la gorra de la chica, que se había deslizado sobre los ladrillos, y su rostro, que en esos segundos le pareció el de una desconocida. Luego se sumieron en la oscuridad, una oscuridad espesa…

– ¡Katía!

– ¿Qué?

– Nada, sólo quería oír tu voz. ¿Por qué no me miras?

– ¡No, no quiero!

Katia pensó de nuevo en él y en su madre, ¿a quién quería más?

– Perdóname -dijo Katia.

Sin entender a qué se refería, Seriozha dijo:

– No tengas miedo, esto es para toda la vida, si es que vivimos.

– No, es que pensaba en mi madre.

– La mía está muerta. Hasta ahora no me había dado cuenta; la deportaron por mi padre.

Se durmieron sobre el abrigo, abrazados; Grékov se acercó a ellos y los miró mientras dormían: la cabeza del operador de mortero Sháposhnikov descansaba sobre el hombro de la radiotelegrafista; su brazo la rodeaba por la espalda, como si tuviera miedo de perderla. Estaban tan inmóviles y silenciosos que a Grékov le parecieron muertos.

Al amanecer Liájov se asomó al sótano y gritó:

– ¡Oye, Sháposhmkov! ¡Eh, Véngrova! El jefe quiere veros. Rápido, moveos.

En la fría y brumosa penumbra el rostro de Grékov era duro, despiadado. Apoyaba sus anchas espaldas contra la pared mientras los cabellos desgreñados le caían sobre su frente baja.

Estaban delante de él, apoyándose ahora sobre un pie ahora sobre el otro, sin darse cuenta de que estaban cogidos de la mano.

– ¡Bien, veamos! -dijo Grékov, y las aletas de su nariz aplastada se le hincharon-. Sháposhnikov, tú irás al Estado Mayor del regimiento, te destaco allí.

Seriozha sintió cómo se estremecían los dedos de la joven y los apretó; ella, a su vez, sintió que sus dedos temblaban. Tragó una bocanada de aire; la lengua y el paladar estaban secos.

El silencio invadió el cielo encapotado y la tierra. Parecía que los hombres que yacían hacinados, cubiertos con sus abrigos, no durmieran, sino que esperaran aguantando la respiración.

Todo alrededor era maravilloso y familiar. Seriozha pensó: «Nos expulsan del paraíso, nos separan como esclavos», al tiempo que miraba a Grékov con unos ojos llenos de odio y súplica.

Grékov entornó los ojos mientras estudiaba el rostro de Katia, y su mirada le pareció a Seriozha repugnante, despiadada, insolente.

– Eso es todo -concluyó Grékov-. La radiotelegrafista irá contigo. Aquí no tiene nada que hacer sin el transmisor. La acompañarás al Estado Mayor del regimiento.

Seriozha sonrió.

– Una vez allí vosotros mismos encontraréis el camino. Coged este papel. No me gusta el papeleo, así que he escrito uno para los dos. ¿Entendido?

Y de repente Seriozha se dio cuenta de que le estaban mirando dos ojos maravillosos, dos ojos humanos, inteligentes y tristes como nunca había visto.

19

Al final, el comisario del regimiento de fusileros Pivovárov nunca visitó la casa 6/1.

La comunicación por radio con la casa se había interrumpido. Nadie sabía si era porque el aparato había quedado fuera de combate o porque el capitán Grékov se había hartado de las severas admoniciones del comandante.

De todos modos habían logrado ponerse al corriente de cuál era la situación en la casa sitiada a través de un operador de mortero miembro del Partido, el comunista Chentsov; éste había informado que el «gerente de la casa» había perdido el control sobre sí, que decía toda clase de disparates a sus soldados. Pero, a decir verdad, Grékov combatía contra los alemanes con gallardía, circunstancia que el informador no negaba.

La noche en que Pivovárov debía dirigirse a la casa 6/1, Beriozkin, el comandante del regimiento, cayó gravemente enfermo. Yacía en el refugio; su cara ardía y sus ojos, transparentes como el cristal, tenían una expresión ausente, inhumana.

El doctor, tras examinar a Beriozkin, se quedó desconcertado. Acostumbrado a tratar con extremidades amputadas, con cráneos fracturados, ahora tenía que enfrentarse al caso de un hombre que había caído enfermo por sí mismo.

– Hay que ponerle ventosas -dijo el doctor-. Pero aquí, ¿dónde vamos a encontrarlas?

Pivovárov estaba a punto de informar a los superiores acerca de la enfermedad del comandante del regimiento, pero el comisario de la división le telefoneó ordenándole que se presentara de inmediato en el Estado Mayor.

Guando Pivovárov entró en el refugio, un tanto sofocado debido a que las explosiones cercanas le habían hecho caerse un par de veces, el comisario estaba hablando con un comisario de batallón al que habían ordenado venir desde la orilla izquierda. Pivovárov había oído hablar de ese hombre: daba conferencias a las unidades desplegadas en las fábricas.

.Pivovárov se anunció con voz estentórea:

– A sus órdenes, comisario.

Acto seguido, informó de la enfermedad de Beriozkin.

– Sí, es un contratiempo -dijo el comisario de la división-. Camarada Pivovárov, deberá asumir el mando del regimiento.

– ¿Y la casa sitiada?

– Ese asunto ya no está en sus manos -dijo el comisario de la división-. No se imagina el jaleo que se ha montado aquí, alrededor de esa casa. La noticia ha llegado hasta el Estado Mayor del ejército.

Y agitó ante las narices de Pivovárov un mensaje cifrado.

– Lo he mandado llamar precisamente por este asunto. Aquí el camarada Krímov ha recibido órdenes por parte de la dirección política de dirigirse a la casa sitiada, restablecer el orden bolchevique y asumir el control como comisario. Si surgiera algún problema, tendrá que destituir a Grckov, tomar el mando… Dado que se encuentra en el sector de su regimiento, debe facilitar al camarada Krímov todo lo que necesite, ya sea el paso a la casa o los posteriores enlaces. ¿Entendido?

– Así se hará -dijo Pivovárov.

Después, recuperando su tono de voz habitual, no oficial sino cotidiano, preguntó a Krímov:

– Camarada comisario del batallón, ¿ha tratado antes con tipos así?

– Desde luego -afirmó con una sonrisa el comisario-. En el verano de 1941 guié a doscientos hombres sitiados en Ucrania; conozco la mentalidad del partisano.

– Bien -Dijo el comisario de la división-. Actúe, camarada Krímov. Manténgase en contacto conmigo. No podemos aceptar que exista un Estado dentro del Estado.