– ¿Por la sopa? -preguntó una voz tímida, sin malicia.
Pero la risa con que la compañía acogió esta proposición timorata fue cualquier cosa menos contenida. Krímov miró al gerente de la casa.
Grékov se reía como el que más.
– Camaradas -gritó Krímov, rojo de ira-. Pongámonos serios un momento; he sido enviado por el Partido.
¿Qué era todo aquello? ¿Un humor pasajero o una sedición? Las pocas ganas que aquellos hombres tenían de oír al comisario, ¿estaban generadas por la percepción de sus propias fuerzas, de su experiencia…? Tal vez la alegría de los soldados no contenía en sí nada subversivo, sino que nacía simplemente de la sensación de igualdad, tan fuerte en Stalingrado.
Pero ¿por que esa sensación de igualdad, que antes encantaba a Krímov, ahora sólo le suscitaba un sentimiento de rabia, el deseo de sofocarla y reprimirla?
Si la relación de Krímov con los soldados no cuajaba no era debido a que éstos estuvieran abatidos, preocupados o atemorizados. Allí los hombres conocían su propia fuerza, y ¿cómo era posible que ese sentimiento de fuerza que había surgido en ellos hubiera acabado por debilitar la relación con el comisario Krímov, que provocara extrañamiento y hostilidad de una y otra parte?
El viejo que había cocinado los buñuelos dijo:
– Hay algo que hace tiempo que quiero preguntar a algún miembro del Partido. Se dice, camarada comisario, que con el comunismo todo el mundo recibirá según sus necesidades, pero si la necesidad de todos es emborracharse desde la mañana, ¿cómo lo haremos? Todo el mundo estará borracho, ¿no?
Al girarse hacia el viejo, Krímov vio una preocupación no fingida en su rostro. Grékov, en cambio, se reía; reían sus ojos y las anchas ventanas de la nariz se le ensancharon todavía más.
Un zapador con la cabeza envuelta en una venda sucia y ensangrentada le preguntó:
– A propósito de los koljoses, camarada comisario. Estaría bien que los suprimieran después de la guerra.
– No estaría mal que nos diera una pequeña charla sobre el tema -dijo Grékov.
– No me han enviado para dar conferencias -dijo Krímov-. Soy un comisario militar y he venido a acabar con ciertas actitudes de partisano inaceptables que han arraigado en este edificio.
– Acabe con ellas -dijo Grékov-. Pero ¿quién acabará con los alemanes?
– No se preocupe, encontraremos la manera. No he venido aquí por la sopa, como alguno de vosotros ha dicho sino para daros a probar la cocina bolchevique.
– Adelante, acabe con las maniobras y prepare su cocina bolchevique.
Krímov, medio en broma pero al mismo tiempo serio, le interrumpió:
– Y si es necesario, camarada Grékov, le comeremos también a usted.
Ahora Nikolái Grigórievich se sentía tranquilo y seguro de sí mismo. Las dudas sobre cuál era la decisión más oportuna que tomar se habían disipado. Había que destituir al comandante Grékov.
Era evidente que Grékov constituía un elemento ajeno y hostil al poder soviético. Todo el heroísmo que se percibía en la casa sitiada no podía disminuir el hecho ni sofocarlo. Krímov sabía que acabaría con él.
Al caer la noche Krímov se acercó de nuevo a él y le dijo:
– Grékov, quiero hablar seriamente con usted, sin rodeos. ¿Qué quiere?
Éste, que permanecía sentado, lanzó una rápida ojeada de abajo arriba a Krímov, que estaba de pie frente a él, y le dijo en tono despreocupado:
– Quiero la libertad, eso es por lo que lucho.
– Todos queremos la libertad.
– ¡Basta! -cortó Grékov-. A usted tanto le da la libertad. Lo único que le importa es dominar a los alemanes.
– No es momento para bromas, camarada Grékov -dijo Krímov-. ¿Por qué tolera las declaraciones políticamente incorrectas de algunos soldados, eh? Con la autoridad de la que goza podría ponerles fin igual de bien que un comisario. Pero la impresión que tengo es que los hombres sueltan sus fanfarronadas y le miran, esperando su aprobación. Por ejemplo, el hombre que se pronunció sobre los koljoses. ¿Por qué lo ha apoyado usted? Déjeme que le sea sincero. Si usted quiere, podemos arreglar todo esto juntos. Pero si no está dispuesto, debo advertirle que no estoy para bromas.
– En cuanto a los koljoses, ¿qué tiene de extraordinario lo que ha dicho ese hombre? A la gente no le gustan. Usted lo sabe igual que yo.
– ¿Qué le pasa, Grékov? ¿Es que quiere cambiar el curso de la historia?
– ¿Y usted quiere que todo vuelva a ser igual que antes?
– ¿A qué se refiere con «todo»?
– Justamente a eso: todo. Volver a los trabajos forzados. Grékov hablaba con voz indolente, dejando caer las palabras a regañadientes y con una buena dosis de sarcasmo. De repente se levantó y dijo:
– Ya basta, camarada comisario. No estoy maquinando nada. Sólo le estaba tomando un poco el pelo. Soy tan soviético como usted. Su desconfianza me ofende.
– Muy bien, Grékov. Entonces, hablemos en serio. Debemos eliminar el mal espíritu anárquico y antisoviético que reina en la casa. Usted lo ha generado; ayúdeme a eliminarlo. Tendrá más oportunidades de combatir con gloria.
– Ahora tengo ganas de dormir. Y usted también tendría que descansar. Ya verá lo que sucede aquí mañana por la mañana.
– De acuerdo, Grékov. Continuaremos mañana. No tengo ninguna prisa, no voy a irme a ninguna parte. Grékov se echó a reír.
– Encontraremos la manera de ponernos de acuerdo ya verá.
«Está claro -pensó Krímov-. No es momento para curas de homeopatía. Trabajaré con el bisturí. A los jorobados políticos no se les endereza con la persuasión.»
– En sus ojos hay bondad -soltó de repente Grékov-. Sin embargo usted sufre.
Krímov se quedó de una pieza, pero no dijo nada. Considerando que su reacción confirmaba sus palabras, Grékov confesó:
– Sabe, yo también sufro. Pero no es nada, un asunto personal. No es algo de lo que se pueda dar parte en un informe.
Por la noche, mientras dormía, Krímov fue herido en la cabeza por una bala perdida. La bala le desgarró la piel y le arañó el cráneo. La herida no era grave, pero la cabeza le daba vueltas y no podía ponerse en pie. Todo el rato sentía náuseas.
Grékov ordenó que improvisaran una camilla y el herido fue evacuado de la casa sitiada.
Krímov, tumbado en la camilla, sentía que la cabeza le zumbaba y le daba vueltas y tenía punzadas constantes en las sienes.
Grékov acompañó al herido hasta la entrada del subterráneo.
– Mala suerte, camarada comisario -dijo. De repente una sospecha asaltó a Krímov: ¿y si hubiera sido Grékov el que había disparado contra él aquella noche?
Al anochecer comenzó a vomitar y el dolor de cabeza se le intensificó. Pasó dos días en un batallón de sanidad de la división; luego fue trasladado a la orilla izquierda del Volga y alojado en un hospital de campaña.
22
El comisario Pivovárov se abrió paso por las estrechas cuevas donde estaba instalado el batallón de sanidad y vio los heridos que yacían hacinados. No encontró allí a Krímov, que había sido evacuado la noche antes a la orilla izquierda.
«¡Qué extraño que le hayan herido tan rápido! -pensó pivovárov-. No tiene suerte, o tal vez tenga mucha.»
Pivovárov también había ido al batallón de sanidad para valorar si valía la pena trasladar allí al comandante del regimiento Beriozkin.
Mientras recorría el camino inverso hacia el refugio del Estado Mayor, Pivovárov, que por poco no había muerto durante la marcha a causa del casco de una granada alemana, explicó al artillero Glushkov, el ayudante de campo de Beriozkin, que en el batallón de sanidad no había las condiciones necesarias para la cura del enfermo. Allí se amontonaban por doquier gasas ensangrentadas, vendas, algodones; sólo verlo daba miedo.
– Por supuesto, camarada comisario -dijo Glushkov-. Está mejor en su refugio.
– Sí -asintió el comisario-. Además, allí ni siquiera hacen distinciones entre un comandante de regimiento y un soldado raso: todos están en el suelo.