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Cuando Pivovárov regresó al refugio, todo estaba en orden. Sólo flotaba el aire húmedo del vapor como en una casa de baños. Beriozkin yacía en silencio, adormecido. Pivovárov se inclinó sobre él.

«Tiene cara de hombre bueno -pensó Pivovárov-, Estoy seguro de que nunca ha firmado una delación.»

Durante todo el día a Pivovárov le había atormentado el recuerdo de su camarada de promoción, Shmelev al que cinco años antes había ayudado a desenmascarar como enemigo del pueblo. Durante esa siniestra y abrumadora calma le venía a la cabeza toda clase de tonterías entre ellas Shmelev, que durante la reunión pública le miraba de reojo con lástima y tristeza mientras escuchaba la lectura de la denuncia de su buen amigo Pivovárov.

A las doce en punto, Chuikov, pasando por encima del comandante de la división, telefoneó personalmente al regimiento acuartelado en la fábrica de tractores. Ese regimiento le daba muchas preocupaciones: el servicio de información le había comunicado que en ese distrito se estaban concentrando tanques y tropas de infantería alemanas.

– Y bien, ¿cómo están las cosas? -preguntó irritado-. ¿Quién dirige el regimiento? Batiuk me ha dicho que el comandante del regimiento tiene neumonía o algo así, y que quiere evacuarlo a la orilla izquierda. Una voz afónica le respondió:

– Soy yo, el teniente coronel Beriozkin, el que está al mando del regimiento. He tenido un resfriado, pero ahora estoy bien.

– Perfecto -dijo Chuikov como si se alegrara de la desgracia ajena-. Estás muy ronco, ya se encargarán los alemanes de darte leche caliente. Lo tienen todo preparado, no tardarán en atacar.

– Comprendido, camarada -dijo Beriozkin. -Ah, ¿has comprendido? -preguntó amenazante Chuikov-. Conviene que sepas que si se te pasa por la cabeza retroceder mí ponche de huevo no tendrá nada que envidiar a la leche de los alemanes.

13

Poliakov había acordado con Klímov dirigirse al regimiento durante la noche: el viejo deseaba tener noticias de Sháposhnikov.

Poliakov expresó sus intenciones a Grékov, que dijo en tono alegre:

– Vete, vete, padre, así descansarás un poco en la retaguardia y después nos explicarás cómo van las cosas por allí.

– ¿Con Katia? -preguntó Poliakov, imaginando por qué Grékov había dado tan rápido su consentimiento.

– Ya no están en el regimiento -dijo Klímov-. He oído que el comandante los envió al otro lado del Volga. Probablemente ya hayan visitado el registro civil en Ájtuba.

– ¿Es preciso que aplacemos el viaje? -preguntó Poliakov a Grékov con mordacidad-. ¿O quiere mandar una carta?

Grékov le lanzó una mirada rápida, pero respondió con voz calma:

– Ya lo habíamos acordado. Puede irse.

«Muy bien», pensó Poliakov. A las cinco de la madrugada salieron a través del estrecho pasadizo. A cada paso Poliakov se golpeaba con la cabeza contra los soportes y maldecía a Seriozha Sháposhnikov. Se sentía irritado y desconcertado por la intensidad del afecto que profesaba al muchacho.

El pasadizo se ensanchó y se sentaron a descansar un rato. Klímov le dijo, tomándole el pelo:

– ¿Qué llevas en la bolsa, un regalito?

– Que se vaya al infierno ese mocoso -dijo Poliakov-. Debería haber cogido un ladrillo para estampárselo en la cabeza.

– Sí, claro -dijo Klímov-. Por eso has querido venir conmigo y estás dispuesto a cruzar el Volga a nado. ¿O es a Katia a la que quieres ver? ¿Te estás muriendo de celos?

– Vamos -dijo Poliakov.

Pronto salieron a la superficie y tuvieron que caminar por tierra de nadie. Todo estaba completamente silencioso «¿Es posible que haya terminado la guerra?», pensó Poliakov, y le vino a la cabeza con una vivacidad extraordinaria su habitación: un plato de borsch sobre la mesa mientras su mujer limpiaba el pez que él había pescado. Le embistió una ola de calor.

Aquella noche el general Paulus dio la orden de atacar el sector de la fábrica de tractores de Stalingrado. Dos divisiones de infantería debían avanzar a través de la brecha abierta por los bombarderos, la artillería y los tanques. Desde medianoche los cigarrillos habían resplandecido en las manos ahuecadas de los soldados.

Noventa minutos antes del amanecer los motores de los Junkers empezaron a zumbar sobre los talleres de las fábricas. Una vez hubo comenzado el bombardeo no se produjeron suspensiones ni treguas, y si había una brevísima pausa en medio de aquel fragor incesante enseguida se llenaba con los silbidos de las bombas que impactaban contra el suelo con su carga de hierro. Daba la impresión de que el estruendo continuo y denso, como el hierro fundido, podía partir el cerebro a un hombre, partirle la columna vertebral.

Comenzaba a clarear, pero en el sector fabril la noche persistía. Parecía que fuera la tierra misma la que lanzara relámpagos, estruendo, humo y polvo negro.

El golpe más violento cayó sobre el regimiento de Beriozkin y la casa 6/1. En todos los lugares donde el regimiento estaba desplegado, los hombres ensordecidos se levantaban sobresaltados, comprendiendo que esta vez los alemanes habían desatado su vandalismo con una potencia inusitada, sembradora de muerte.

Klímov y el viejo, sorprendidos en el bombardeo, se precipitaron hacia tierra de nadie, donde había cráteres producidos por bombas de una tonelada que habían explotado a finales de septiembre. Algunos soldados del batallón de Podchufárov habían tenido tiempo de escapar de las trincheras cubiertas de tierra y corrían en la misma dirección.

La distancia entre las trincheras rusas y alemanas era tan ínfima que el bombardeo cayó en parte sobre la primera línea alemana, donde tropas de asalto aguardaban el ataque.

Poliakov tuvo la impresión de que a lo largo del Volga encrespado se había desencadenado, con toda su fuerza, el viento bajo de Astraján. Poliakov cayó de bruces varias veces y, al caer, olvidaba en qué mundo se encontraba, si era joven o viejo, qué había arriba y qué abajo. Pero Klímov continuaba arrastrándolo y dándole ánimos. Al final se refugiaron en un cráter enorme y se deslizaron hasta el fondo, húmedo y pegajoso. Allí la oscuridad era triple: se mezclaban la negrura de la noche, del humo y del polvo. Era la oscuridad de una cueva.

Yacían el uno al lado del otro; en la cabeza del viejo y del joven vivía una dulce luz, la sed de vivir. Y aquella luz, aquella conmovedora esperanza, era la que ardía en todas las cabezas, en todos los corazones, pero no sólo en los de los hombres: también en los corazones sencillos de las fieras y los pájaros.

Poliakov renegaba en voz baja, echando toda la culpa a Seriozha Sháposhnikov, y musitó: «Aquí es donde me ha traído ese Seriozha». Pero en su corazón era como si rezara.

Aquella explosión de violencia parecía demasiado extrema para poder prolongarse. Pero el tiempo pasaba y el rugido de las explosiones no cesaba; la niebla de humo negro en lugar de despejarse se espesaba, uniendo cada vez más estrechamente cielo y tierra.

Klímov encontró a tientas la áspera mano de trabajador del viejo soldado y la apretó, y el movimiento afectuoso que obtuvo como respuesta le consoló por un instante en aquella tumba descubierta. Una explosión cercana hizo que cayera sobre sus cabezas una lluvia de terrones y piedras. Varios fragmentos de ladrillo golpearon al viejo en la espalda. Cuando grandes capas de tierra se desprendieron de las paredes del agujero, les entraron náuseas. Allí estaban, en el agujero donde habían ido a esconderse para no volver a ver la luz; pronto los alemanes vendrían del cielo a cubrirlo de tierra, nivelando los bordes.

Por lo general, cuando iba en misión de reconocimiento, a Klímov no le gustaba llevarse compañía y se alejaba hacia la oscuridad lo más rápido posible, como un experimentado nadador parte de la orilla arenosa y se lanza a la lúgubre profundidad del mar abierto. Pero allí, en la fosa, estaba contento de tener a Poliakov a su lado.